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mar 27, 2017

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Kevin Garnett, el corazón delator (II)

Kevin Garnett, el corazón delator (II)

1ª Parte de “Kevin Garnett, el corazón delator”

¡Ahí… ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!”.

Edgar Allan Poe, “El corazón delator” (trad. Julio Cortázar)

  

Pero no, no nos engañemos. Kevin Garnett no es un santo sino un ser humano que, como el doctor Jekyll, tiene cabida en su corazón para el más oscuro de los Hydes, una faceta de su personalidad que, como siempre, por lo intensa y desaforada, ha llegado a empañar su imagen hasta el punto de hacer de él uno de los jugadores más odiados y antipáticos de toda la NBA, por ejemplo para Adrian Wojnarowski, quien opinaba que su legado, por encima de MVP’s y títulos, era quedar retratado en la memoria como “un matón malvado, un capullo frío y cruel”. According to sources no creo, como el gurú, que KG tuviera un dolo especial, pienso más bien que su Mr. Hyde, como el de Stevenson, formaba parte de su ser, era un reverso oscuro, un efecto colateral construido con las mismas fibras sobre las que se edificaba el resto de su carácter.

Por ejemplo, el mismo compromiso y sentido de equipo, su capacidad de liderazgo tan proverbial e indiscutible, tenían la sombra de su falta de empatía para asimilar que no todo el mundo podía hacer lo que él hacía que, como dijo su amigo íntimo Chauncey Billups, “nadie puede ser KG porque nadie está tan trastornado”. Desde jóvenes como Wally Szczerbiak (con quien llegó a las manos después de que este le echase en cara que en un entrenamiento no le cantaba los bloqueos, a lo que contestó “tú a ver si defiendes”) a los más ilustres veteranos podían verse sin problema tan acosados como los rivales si su nivel de intensidad no estaba a la altura de las expectativas de Big Ticket, para quién no había diferencias entre las prácticas y los partidos, como pudo comprobar entre muchos otros compañeros el prometedor rookie Patrick O’Bryant, de quien cuentan que le hizo la vida tan imposible por no haberle mostrado la suficiente fiereza, que llegó a machacar su carrera. Respecto de los rivales, en la visión del mundo de Garnett darlo todo por los tuyos equivalía darlo todo contra el contrario y, para alguien como él, tan consciente de que el baloncesto es un deporte colectivo, conseguir meterse en la mente del enemigo y hacer que se ofuscara empecinándose en una disputa individual, era comenzar a cimentar la victoria. El trash talking, las peleas, no eran más que los restos quemados -carbonizados más bien, al no saber apartarla del fuego a tiempo- de toda la carne de competitividad máxima puesta en el asador porque, como decía su compañero y luego entrenador Sam Mitchell, “Kevin no quería ganar, necesitaba ganar. Esa es la diferencia. Hay mucha gente que quiere ganar”. Lo expuesto no le disculpa ni perdona su comportamiento, al revés, pero sí le pone en perspectiva y permite ajustar (es decir, hacer más justa) la sentencia sobre su figura: no era un santo, pero eso tampoco implica necesariamente que fuera un demonio. Era simplemente un hombre y, como tal, tendrá que asumir su responsabilidad por haber testado los límites de lo permitido.

 

Garnett hablaba, hablaba mucho, hablaba con todos. No se trataba de una táctica para los partidos, era el verbo hecho baloncesto. Durante el juego hablaba con los rivales, los compañeros, los árbitros e incluso el público y, al terminar, seguía perorando hasta sembrar hilarantes jardines frente a los micrófonos y las cámaras. Hablaba sin descanso en los entrenamientos, costumbre que ya en Farragut le valió  el apodo de “Mouth of the South” y que mantuvo intacta hasta la retirada; por hablar, hablaba hasta con la canasta, conversaciones que sus compañeros de High School también sorprendieron varias veces y que nosotros mismos hemos visto al describir su ritual pre-partido. Pero, sobre todo, Garnett hablaba con Garnett, tal y como sostiene Sam Mitchell (“la mayoría de las veces se lo dice a él mismo, Kevin esto, Kevin lo otro…”) y corrobora Steven Adams, aunque en este caso revelándonos el efecto ponzoñoso de ese soliloquio que, con solo oírlo, podía meterse debajo de tu piel y dentro de tu mente sin que bastara, para no terminar completamente desquiciado, conseguir que Big Ticket se abstuviera de dirigirte la palabra al haberle convencido de que no entendías nada de inglés.

Si ese trash talking indirecto era tan demoledor, podemos imaginar lo que ocurría cuando KG usaba el recurso de hablar directamente con su víctima, afilando las palabras con la misma punzante y surrealista creatividad que se le iba de las manos al adornar sus declaraciones públicas. Sabemos sin lugar a dudas, a través de un asombrado Paul Pierce, que en uno de sus primeros enfrentamientos con Joakim Noah se dedicó a picarle pidiéndole que le dejara acariciar su cabello, como si fuera una dama, y que cuando el novato le contestó que no se esperaba algo así de él, que le admiraba y que de pequeño tenía un póster suyo en su habitación, el 5 céltico le dijo que se… ¿cómo era la palabra con “f”? ¡ah, sí!… que se fastidiara, dejando planchado al francés y trocando a partir de entonces su mitomanía en desprecio. Hay más discusión sobre qué hay de cierto en la acusación que le hizo Charlie Villanueva, jugador que debido a una enfermedad (alopecia universalis) ha perdido todo el vello del cuerpo, de que le llamó “paciente de cáncer” en otro partido, al haberlo negado públicamente KG alegando que lo él había dicho al por entonces ala-pívot de los Pistons había sido que “era un cáncer para la liga y para su equipo”, versión que corroboró explícitamente Doc Rivers y que deja bien a las claras que para nuestro protagonista, aunque la guerra psicológica estuviera legitimada, también tenía sus límites. Y, finalmente, alguna de las malas artes que se le atribuyen han engrosado su leyenda negra sin haber pasado por el filtro de la confirmación, pues todo es creíble si hablamos de la desmesura de Garnett, como los bulos de que antes de un tiro libre espetó “Happy Mothers’ Day, moth*******r” a un Tim Duncan que a la edad de 14 años había perdido a su madre debido un cáncer, o de que comparó el sabor de la mujer de Carmelo con el de sus cereales favoritos, extremo que desmintió posteriormente la misma LaLa sin que ello dejara de dar lugar a un cántico en el Garden que ríase usted del “Era campo atrás”. Aunque a los efectos de lo que estamos hablando conviene aclarar que el desmentido de la señora de Anthony fue sobre los consabidos Honey Nut Cheerios, pero no sobre el hecho de que Garnett le dijo a Melo algo tan poco respetuoso que encendió a este hasta el punto de, tras el rifirrafe y la técnica recibida en la cancha, ir a pedirle explicaciones al autobús.

 

Pero el lado oscuro de Kevin no se limitaba a estocadas psicológicas con la lengua, también procuraba imponerse al rival físicamente, empleándose con suma dureza no tanto para causar daño físico, sino psicológico, para marcar territorio, como se dice habitualmente, e introducir en su rival un factor de inseguridad o hacer que se perdiera para los sistemas de su entrenador, sacándole del partido. Como ya hemos visto respecto del trash talking en su justificación del caso Villanueva, no se trata de algo que Garnett escondiera, lo consideraba tan parte de su repertorio, del repertorio de cualquier jugador, como la defensa, el tiro o el rebote; de hecho, hace muy pocas fechas reconocía abiertamente en su programa televisivo, ante un Kevin McHale que se mostraba totalmente de acuerdo (como buen jugador de los 80), que “una falta dura, tal y como lo entendemos en nuestra liga, con los estándares profesionales, significa únicamente proteger la pintura; marcar el tono, estar seguro de que todos entienden que esta pintura está protegida y que, si entras aquí, has de andar con cuidado”. Como ya dijimos más arriba, no estamos ante una cuestión de hipocresía, de un jugador de doble rasero que pretende ser bueno actuando mal, sino ante un problema de límites en el que lo que se juzga es si la intensidad del corazón del de South Carolina le hacía sobrepasar esos mismos estándares o entendimientos que en su declaración proclama que la liga tiene sobre hasta dónde se puede llegar con el “otro baloncesto”.

En ese juicio juegan como pruebas circunstanciales en su contra las acciones estrafalarias a las que se veía empujado por su desbocado entusiasmo y que, en las recensiones sobre su retirada, le han hecho correr el riesgo de verse reducido a ser recordado como una simple colección de anécdotas rocambolescas, como un personaje casi humorístico. Nos referimos a cosas como, literalmente, ponerse a cuatro patas y ladrar a su par mientras el equipo contrario sacaba de fondo, o estar toda una atosigante defensa gritando a pleno pulmón “¡Soy bueno, soy bueno, soy bueno…!”, como si el partido le fuera en ello, cuando quedaban solo cuatro minutos del último cuarto y su equipo ganaba de veinte. Cosas como soplar en la oreja de David West consiguiendo, al contrario que Lance Stepenson con Lebron, que el de los Pacers se revolviera para ganarse una técnica, o hacer como si fuera a dar un mordisco en la mano de -otra vez- Joakim Noah. O su costumbre de bloquear los típicos tiros hechos por el rival con el reloj parado mientras los árbitros marcan la jugada a la mesa, o aquella vez que persiguió a nuestro José Calderón por todo el campo restregándole que había encestado una suspensión sin que el brazo del extremeño, lógicamente, hubiera llegado a taponarle en la ayuda.

 

Pero más allá esas anécdotas, meros escapes de gas de la olla a presión que es el corazón de alguien que “a veces llora en los partidos pero no por miedo o felicidad; son lágrimas de intensidad” (Chauncey Billups) o que es capaz de hacer un agujero en la pared de un puñetazo porque su concursante televisivo preferido le ha decepcionado, las acusaciones más graves a las que tiene que enfrentarse Garnett son las de que solamente se atrevía con aquellos jugadores que entendía eran más débiles que él, con especial predilección por perseguir a novatos y europeos, y que cuando alguien se revolvía y le hacía frente, rehuía la pelea y escapaba con el rabo entre las piernas; la cobardía típica del matón, como Woj nos recordaba más arriba.

 

Respecto del primero de esos pecados, la conducta tiene su lógica dentro de la finalidad que hemos predicado del juego subterráneo de Garnett. Recordemos que nuestro protagonista no buscaba la lucha porque sí, sino debilitar al adversario, y un general ataca siempre el flanco más débil, no allí donde sabe que las fuerzas enemigas son capaces de rechazar su ataque. Como un niño que prueba a sus padres para ver hasta dónde puede llegar, Kevin lo intentaba con aquellos que eran más susceptibles de caer en su trampa. Algunos como Andray Blatche, después de estar destrozando inmisericordemente a los Celtics durante treinta y cinco minutos, dejaban que KG se les incrustara en las meninges y se olvidaban de anotar para ver, entre lágrimas, como los orgullosos verdes remontaban un partido perdido gracias a su número 5. Otros, sin embargo, respondían a las provocaciones plantando cara a la bestia y ganándose su respeto a partir de entonces, como Pau Gasol con ese famoso mate (que ha servido de único dato a destacar de toda la carrera de KG para muchos de nuestros medios llamados deportivos), o el mismo Calderón que, después de la jugada más arriba descrita, embocó un triple estando defendido por Garnett y le devolvió, uno por uno, los “in your face” que minutos antes había recibido. De cualquier forma, para valorar si entre los profesionales americanos esta conducta es tan reprobable como nos parece a este lado del Atlántico, conviene recordar que el mismo Carmelo Anthony al relatar a su mujer la verdad sobre el incidente de los supuestos cereales, le manifestó que Kevin le había dicho cosas que no se deben decir a alguien con quien tienes amistad y a quien respetas, pero que la contestación del propio Melo, con palabras más o menos gruesas, había sido “yo no soy un rookie; hemos estado juntos en esta liga mucho tiempo, así que no me trates como a un rookie“; esa era la verdadera falta de respeto…

 

En relación con la segunda de las acusaciones, no deja de ser curioso (y cuadrar perfectamente con alguien tan contradictorio como Kevin Garnett) que sea el único jugador de la historia al que se le critique por no usar la violencia y pelearse. Lo cierto es que es llama la atención cómo toda su trastornada intensidad tenía un freno justo al borde del abismo, como si se diera cuenta de que estaba a punto de cruzar una línea roja y redujera al mínimo sus pulsaciones para no perderse él mismo. Ese era realmente el mortífero efecto del trash talking y el “otro baloncesto” de Garnett, que mientras la víctima se desquiciaba y se iba del partido, él no perdía nunca la concentración y seguía jugando igual o mejor, te mataba. Blatche, por ejemplo, después de derribarle de un codazo en el enfrentamiento que hemos citado antes, tuvo que ver cómo KG se levantaba tranquilamente, sin aspavientos, incluso con una media sonrisa, para embocar los dos tiros libres, robar los dos siguientes balones y sentenciar el partido. En otra ocasión, cuando Zach Randolph tampoco pudo aguantar más la presión y le derribó sin contemplaciones, entre impotente y asombrado fue espectador de otra de las escenas que podríamos haber enumerado entre las excéntrica, aquella mítica en que Garnett se puso a hacer flexiones sobre los nudillos para reintegrarse a continuación al partido como si no hubiera pasado nada. Y quizá la vez en la que más de manifiesto quedó esa facultad de no perder el sentido del juego fue cuando Anthony Peeler, en el sexto partido de las semifinales de conferencia, casi le rompe la mandíbula, devolviendo KG el golpe no con sus puños, sino con 32 puntos, 21 rebotes, 5 tapones y 4 robos de balón que sentenciaron la serie.

 

Pero no dejemos que la sombra esconda todas las luces del Kevin Garnett jugador…

 

1ª Parte de “Kevin Garnett, el corazón delator”

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