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mar 13, 2017

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Kevin Garnett, el corazón delator (I)

Kevin Garnett, el corazón delator (I)

“¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? […] Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia”.

Edgar Allan Poe, “El corazón delator” (trad. Julio Cortázar)

Hace meses que se retiró pero, si escuchas atentamente, todavía puedes oírlo. Un bombeo sordo, repetitivo, como el tictac de un reloj envuelto en algodón, que surge de debajo de las tablas de ese parquet sobre el que, desarraigadas del poste, chirrían las fosforescentes zapatillas de gigantes que, como golondrinas, cazan al vuelo los más diminutos insectos; una nueva clase de acorazado ligero que dispara misiles de largo alcance en vez de cargas de profundidad, y que solo había podido ser soñada hasta que la intensidad de aquel corazón, cual bosón de Higgs, dotó de masa al sueño,convirtiéndolo en una realidad tan corpórea que el niño Chris Bosh no tuvo más remedio que decirse a sí mismo “nunca he visto nada igual; si quiero jugar en la NBA, tengo que hacer eso”.

Es el eco de aquellos mismos latidos que después de la presentación de los equipos, durante veintiuna temporadas, se intuían debajo de la canasta acompasando el murmullo de una letanía, la frente golpeando con autista insistencia el acolchado muro de las lamentaciones, los ojos almendrados mirando al suelo, los dedos ajustando meticulosamente la camiseta por debajo del pantalón. Que, según se acercaba el momento de poner el balón en juego, iban poco a poco acelerándose, primero con los dos vigorosos cabezazos que seguían al último nudo en la vestimenta, a continuación con el manotazo seco que daba la salida a una carrera cuyo final, tras la meta volante de un frenético revoloteo y entrechocar de manos en el banquillo, lo marcaban unas sonoras palmadas que, como cañonazos en un campo de batalla, dejaban la mesa de anotadores envuelta en una nube de talco. Que alcanzaban su paroxismo cuando, justo antes del salto inicial, se arrojaba sobre la línea de fondo golpeándose el pecho con violencia y lanzando a la grada un grito desgarrado, un exabrupto casi animal (Moth*******rs!!!), como si le quemase por dentro el loco desenfreno de aquel corazón delator.

No, él ya no está, pero la larga sombra de sus inacabables brazos y la intensidad de ese ritmo taquicárdico que aconsejaba a Doc Rivers no darle jamás la primera pelota, temeroso de que la jugada acabase en un bochornoso tablerazo, todavía pueden sentirse en los despachos, las pizarras y las canchas. Es difícil no ver el éxito de Da Kid detrás la fiebre que puso una calificación por edad a la película del draft; el impacto de Da Man en la revolución sistémica de las posiciones de juego; el pantagruélico contrato de The Big Ticket como primer peldaño de la escala salarial; la decisión de KG inflando la burbuja de construcción de superequipos. Y, aunque es más que posible que su figura haya sido únicamente un catalizador de cuestiones que estaban en el ambiente, que era inevitable que se precipitaran de una forma u otra, lo cierto es que, por encima de sus números y de sus logros, de sus luces y de sus sombras, el destino ha querido que, en la excepcionalidad de Kevin Garnett, hayan confluido varios de los antes y “despueses” que han configurado el baloncesto moderno.

Un destino que, por otra parte, le ha convertido en un personaje trágico -en el más clásico sentido del término-, castigando con dureza lo excesivo de su figura al permitirle alcanzar la dicha solo de forma tardía y momentánea, para ser apartado de ella inmediatamente a continuación, condenando a quien estaba llamado a marcar una época a quedar ensombrecido, a ojos de muchos, por el oro y los diamantes que visten los dedos de Kobe Bryant y Tim Duncan. Garnett, igualado a ellos en talento, ética de trabajo y competitividad, con un boxscore equivalente y unas estadísticas de impacto incluso superiores (especialmente en las distintas variantes y reducciones del +/-), en parte por decisiones propias, en parte por inoperancia ajena y en parte por mala fortuna, huérfano durante sus mejores años de los Shaq, Odom, Gasol, Robinson, Ginobili o Parker que ahormaron los anillos del escolta de Filadelfia y del nadador de las Islas Vírgenes, tuvo que pagar con la moneda de unas rodillas desgastadas por tantos kilómetros de lucha solitaria la factura que la envidia de los dioses le presentó por su éxito de 2008, quedándose sin los fondos suficientes como para poder costearse algún entorchado más que hiciese indiscutible su posición dentro del gobierno que ha marcado el interregno entre Jordan y Lebron, más allá del carácter simbólico de cierre de una época que ha tenido la coincidencia del portazo a sus carreras (algunos sostienen que, en la tardía decisión de KG, tuvo mucho peso que jugar una temporada más le habría impedido ser entronizado en el Hall of Fame junto con Vino y The Big Fundamental, allá por 2021).

Especialmente perjudicado se ha visto Garnett en el inevitable paralelismo que, dentro de ese mágico triunvirato, por mera cuestión posicional se ha establecido siempre entre él y Duncan, decantando el peso de los anillos en favor de este último el referéndum de la opinión pública sobre a quién corresponde el título oficioso de mejor 4, quizá de la historia. KG, tan consciente de la relevancia de ese duelo directo desde el mismo momento en que el de Wake Forest cambió su camiseta por la de San Antonio, tanto que durante el calentamiento anterior a su primer enfrentamiento llegó a hiperventilar de la excitación, hizo de cada partido entre ellos algo especial, una batalla campal que divertía y sacaba lo mejor del ala pívot de los Spurs. Timmy y Kevin han vivido ese cara a cara permanente, desgraciadamente sin que se llegase a consolidar una rivalidad tipo Russell-Chamberlain dado que solo llegaron a cruzarse dos veces en playoff, ambas en una primera ronda donde, a pesar de todo el empeño que puso, Garnett no pudo evitar que el colectivo de espuelas acabasen prematuramente con su exigua manada de lobos, compartiendo sobre todo una misma forma de ver el baloncesto, la de poner el nosotros antes que el yo, el equipo por encima de la individualidad, algo en lo que ambos, tanto en la cancha como en el vestuario e incluso a la hora de retirarse, se han diferenciado claramente de la personalidad de la estrella de los Lakers.

Puede sorprender que se diga que Tim Duncan, con su monolítica imagen de niño bueno y discreto insertado en el solidario ecosistema de Gregg Popovich, comparte carácter con el vociferante jugador rey del trashtalk que a mucha gente se le viene a la cabeza nada más hablar de KG pero, lo cierto, es que ambos son las caras callada y ostentórea de una misma moneda (aunque, según Doc Rivers, Duncan hablaba más de lo que parecía, lo que pasaba es que no se le veía tanto), siendo esa es una de las muchas contradicciones que caben en el poliédrico corazón de Garnett, capaz de contener al mismo tiempo la más grandiosa de las generosidades y el más trastornado de los comportamientos. “This ain’t golf. This ain’t tennis. It ain’t about me. It’s about us”, así expresaba nuestro protagonista su concepción del mundo, quebrada la voz y entrelazando significativamente los dedos para enfatizar el “us”, en el emotivo cara a cara que sostuvo con John Thompson durante la misma triste época en la que el otro Kevin, McHale, veía como su número 21 se torturaba impotente diciéndose una y otra vez “tengo que hacer más”, cuando realmente no había nada más que pudiera hacer para evitar que, noche tras noche, las derrotas fuesen paletadas de tierra arrojadas sobre la tumba del sueño de los Wolves.

Es un compromiso innato en él, que sorprendía ya cuando era un crío y Rick Callahan, ojeador de la Universidad de South Carolina, contemplaba asombrado como siendo la absoluta estrella del equipo de Farragut Academy, tras una simple suspensión desde la esquina lo primero que le preocupaba era esprintar como un poseso para que le diera tiempo a agradecer el pase a su compañero sin perder posición en defensa. Que seguía sorprendiendo cuando era ya una estrella veterana y, en uno de los primeros entrenamientos de la temporada 2007/2008, cogió aparte a los jóvenes pívots verdes y les dijo “¿ves a este tío? Este tío es Paul Pierce, es tu anotador. Y este otro es Ray Allen, tu otro anotador. Conseguir que se queden solos, ese es vuestro trabajo. Eso es lo que hacéis; si cogéis un rebote y la encestáis, estupendo. Pero no buscáis la bola ni pedís la bola. No me veréis a mi pedir la bola, así que vosotros tampoco (…) así que, ¿quiénes son vuestros anotadores?”. Y que incluso cuando sus rodillas hacía tiempo que se habían retirado, aunque él siguiera en plantilla tutelando a los Towns, Wiggins, Lavine, Rubio y compañía, sorprendía al hoy jugador de Fenerbahçe Anthony Bennett, que no daba crédito al ver cómo cuando en los entrenamientos alguna pelota salía disparada fuera del campo, daba igual quién la hubiese tirado, el que iba casi siempre a por ella era el tipo que más dinero ha ganado en toda la historia de la NBA.

Feliz con la defensa y el bloqueo porque si tienes dos tíos a los que los puntos se les caen de las manos hay que jugar para ellos, aunque seas un All Star (no digo nada si eres un joven meritorio), enseñando con el ejemplo que cada entrenamiento cuenta y que todos somos importantes en el grupo, esa es la actitud que cimentó el Ubuntu y que KG ha exhibido con los suyos a lo largo de su carrera. La misma que está detrás de, como su ídolo Magic Johnson (es muy gracioso ver cómo, al cruzarse con el base de Michigan en los pasillos durante su primer All Stars Game, KG se miraba alucinado la mano tras hacer un high five, musitando “no me la voy a lavar nunca, no me la voy a lavar nunca…”), preferir dar un pase antes que jugársela él mismo, mantiendo siempre una estadística de asistencias por encima de lo esperable para un hombre alto, como ya anunció recién llegado a Chicago para su último año de High School (“desde que he llegado, en cuanto me llega la pelota todos me dicen que tire; pero hay más formas de pasar que de tirar”). Curiosamente, en una nueva jugada del destino, Garnett ha sido el último jugador en activo en poder decir que llegó a enfrentarse al mítico 32 de Los Lakers.

Pero ese corazón abierto ha ido incluso más allá del propio parquet, haciendo que pagase de su propio bolsillo en un avión, sin que nadie lo supiera, una cena especial a sus compañeros porque no entraba en el presupuesto del equipo, o que le comprase trajes de Ralph Lauren a todo el staff técnico de los Celtics porque, cuando fueron a presentar el título a la Casa Blanca Brian Doo, preparador físico, no tenía nada que ponerse. Un extraño sentido de la generosidad que le hacía encariñarse con los jugadores de la plantilla hasta el punto de que, según Flip Saunders, tuvieran que explicarle detalladamente por qué cortaban hasta al que estaba más al fondo del banquillo, y que fue el abono de esa lealtad que le ató a Minnesota durante tanto tiempo y que, según le susurró al oído a Lebron James, puede hacerte daño.

Pero no, no nos engañemos. Kevin Garnett no es un santo sino un ser humano que, como el doctor Jekyll, tiene cabida en su corazón para el más oscuro de los Hydes…

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Theobald Philips en twitter: @TheobaldPhilips

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