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dic 13, 2016

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Luka Doncic, el niño de la mopa que quería ser Marko Milic

Luka Doncic, el niño de la mopa que quería ser Marko Milic

Si existe un país en Europa, junto a Lituania, en el que el baloncesto es primera plana, casi religión, es Eslovenia. Y si una institución en aquel lugar ha sido santo y seña del deporte de la canasta, es sin duda el Olimpija Ljubljana, el principal club de la capital y del país alpino, fuente inagotable de talento, y siempre tratando de meter la cabeza en el primer plano europeo, pese a las dificultades lógicas en un país pequeño como el esloveno, con apenas 2 millones de habitantes. Allá por el año 2007, en la primera plantilla de la entidad capitalina jugaban nombres de sobra conocidos. Goran Dragic, hoy estrella en la NBA, superaba escasamente los veinte años, pero su velocidad y fantásticas piernas ya empezaban a deslumbrar. El techo del equipo, un año mayor que Dragic, se hacía llamar Mirza Begic, y terminaría haciendo una notable carrera en Europa, pasando, entre otros, por Real Madrid, Baskonia, Olympiacos, o Bilbao Basket. Más veteranos eran los aleros Boris Gorenc, con también un amplio recorrido por el Viejo Continente, o Marko Milic, aquel portento físico capaz de hacer los mates más inverosímiles, por ejemplo saltando un coche, pero que pasó por el Real Madrid en dos etapas distintas con más pena que gloria. Y dentro de ese equipo de aceptable nivel, que disputaría con honor la Euroliga haciendo hincar el diente en Ljubljana a potencias como el CSKA o el Olympiakos, el nombre de otro de sus integrantes llama hoy poderosamente la atención: Sasa Doncic. Ya con 33 años, el veterano alero apuraba su vida profesional como jugador en su única temporada en el mejor equipo de su país.

Quizá por eso, en cada tiempo muerto o interrupción de los partidos del Olimpija en la mítica Sala Tívoli, un mozalbete, canijo por edad, pero largo como pocos a su edad, aparecía con entusiasmo en la cancha a lanzar unos tiros, aprovechando la interrupción en el juego de los profesionales. Un pingajo rubio de apenas ocho años e hijo del citado Sasa. Efectivamente, allí estaba, comenzando a relacionarse con el baloncesto, Luka Doncic, encargado, junto a sus compañeros de equipo, de pasar la mopa en los partidos de sus referentes, los ídolos que defendían la camiseta blanca y verde del Olimpija. Así, tal cual, le recuerda Matej Bergant, hoy jefe de prensa del club esloveno: ”tirando a canasta en los parones de los partidos. Y puedo decir que se le veía el talento ya, aunque sólo tenía ocho años”.

Fue justamente en 2007 cuando aquel joven de cara angelical ingresó en las escuelas del Olimpija, en un proceso que duró un suspiro, habida cuenta las capacidades que, con apenas esa edad, ya mostraba el hoy jugador del Real Madrid. Un proceso rápido, casi instantáneo, que rememora con cariño Grega Brezovec, viejo conocido de Sasa Doncic y su mujer, Mirjam, y efímero entrenador de Doncic en el club esloveno: “fue casualidad que yo llegara como entrenador a las escuelas exactamente cuando su padre estaba en el equipo. Un día Sasa me preguntó cuándo había entrenamientos para los niños de la edad de su hijo, y recuerdo que un lunes soleado de otoño, Luka vino a su primer entrenamiento”.

Brezovec, que hoy trabaja para la Federación Eslovena, no olvida ni mucho menos el impacto inmediato que le supuso su nuevo discípulo. “Para ser honestos, sólo le entrené 16 minutos“, evoca el técnico. Doncic compartió ese cuarto de hora con el grupo de 9 y 10 años del club, con los que no duró más tiempo. “Era mucho mejor y mucho más alto que el resto de niños. Enseguida le movimos al grupo superior de la escuela”. Y es que la progresión de la perla blanca que hoy aparenta ser imparable, fue tal cual desde el primer momento. De esa manera lo rememora Srecko Bester, director de la escuela del Olimpija desde 2004: “tras ese primer entrenamiento, le enviamos al equipo U12, donde jugaba con niños tres años mayores que él”.

 

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Doncic, segundo por la derecha, en pie, con el resto de niños de su equipo la escuela del Olimpija. A la izquierda, Goran Dragic. A la derecha, el entrenador, Grega Brezovec.

 

Empero, como suele ocurrir con tantos otros chavales, pese a comenzar a entrenar con el U12, Doncic jugaría algunos partidos con el grupo de su edad a las órdenes de Brezovec, donde sus puntos más destacados no fueron sólo su altura o su inaudita capacidad técnica, sino algo mucho más difícil de encontrar a según qué edades. “Aquel año jugábamos también una liga para niños de menos de 10 años, le entrené en esos partidos. Mostraba un talento excepcional. Era muy responsable para la edad que tenía, tanto dentro como fuera de la pista, lo que era realmente impactante, y aunque era mucho mejor que los otros fue un gran jugador de equipo y el auténtico líder del grupo. Era evidente que el baloncesto corría por su sangre”, apunta Brezovec, que añade que la pasión por la pelota naranja en la familia Doncic era casi algo genético, ya que “en su casa había muchos balones de baloncesto, y él siempre estaba correteando por las canchas. Se enamoró del baloncesto desde niño”.

 

 

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A la derecha del todo, en pie y mirando al suelo, Luka Doncic, con 12 años, celebra con su equipo el título de campeones nacionales sub 14. 

 

Precisamente ahí puede estar una de las claves del enorme desarrollo del hoy jugador merengue. Gestionar la explosión de semejante talento es crucial para no poner trabas a un potencial sin límite, más aún en edades tan precoces, en pleno periodo de maduración física y mental. Tuvo la suerte Doncic de que en el Olimpija Ljubljana se lanzaron a tumba abierta en su crecimiento, conscientes de lo que podían tener entre manos. Smolnikar siempre guardaba las dos últimas fichas de su equipo para el crecimiento de los jóvenes, y ahí encontró su espacio Luka. Más de un lustro más tarde, el entrenador analiza ese proceso: “siempre que había una posibilidad, en términos de reglamento, que le permitiera jugar en una categoría superior pese a ser más joven, allí estaba. En cuanto a horas de entrenamiento extra, hicimos algunos entrenamientos extras específicos, pero, sinceramente, entrenábamos mucho en ese equipo, así que había un tiempo limitado hacer horas añadidas”.

 

¿Cómo era la personalidad de aquel Luka Doncic de apenas una década de vida? Los que mejor le conocieron tampoco dudan en resaltar que el chico tenía, sin duda, algo especial, basado en esa mentalidad balcánica del trabajo y un amor descomunal por el baloncesto, casi patológico. Recuerda Jernej Smolnikar “su deseo por jugar, por entrenar, por competir. Si ponía una entrenamiento el domingo por la mañana, allí estaba el primero, esperando a que el pabellón se abriera”. A Srecko Bester tampoco le faltan elogios para la joya eslovena: “todo lo que puedo decir de él como jugador joven es superlativo. Su éxito no es una sorpresa para nosotros. Es un chico que vive por y para el baloncesto, y lo disfruta mucho, como puede verse en la pista”. Y como telón de fondo, esa enfermiza relación con el juego, como objetivo vital. El director de la escuela del Olimpija no duda en admitir que “Luka prefería ir a ver algún torneo de sus compañeros de otras edades como espectador antes que ir a alguna fiesta de cumpleaños de un compañero de clase”. Añade Smolnikar que su equipo era el encargado de pasar la mopa en los partidos del primer equipo en aquella época, y que Doncic “siempre quería ser el que lo hiciera, para poder lanzar a canasta en el descanso”. Pura genética balcánica, quizá más asociada a generaciones anteriores que a esta prole de la Play Station, Luka no se perdía ni un partido de su padre, aunque quizá más que para ver a su progenitor, para hacerlo con el que era uno de sus ídolos, Marko Milic, de regreso entonces en Ljubljana tras pasar por Madrid. El entonces entrenador de Doncic recuerda que “vestía la camiseta de Milic en los entrenamientos –retirada por el Olimpija en octubre de 2015, por cierto-, y trataba siempre de imitar sus movimientos“. Hoy, parece claro que el fan lleva camino de superar con creces al ídolo a poco que las cosas no se le tuerzan.

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Luka Doncic, junto a Jernej Smolnikar, sujeta el mural con el que el Olimpija le obsequió en su despedida.

 

En definitiva, baloncesto de cuna, como lactado de la madre. Y una forma de ser que encandilaba a los cercanos y, como suele pasar en los niños, provocaba alguna rencilla en los rivales. “Era un gran chico, todavía lo es, aunque ahora es un hombre. Todo el mundo le amaba por su personalidad. Excepto sus rivales claro, donde había bastante envidia”, admite Jernej Smolnikar. Sin embargo, no debía afectarle aquello mucho, pues su entrenador no duda en resaltar algo que parece patente en el Doncic actual, y que ya lo era en su momento: “era muy maduro en esos años“. Sorpresa, ninguna, a tenor del cuajo con el que el point forward del Real Madrid actúa a sus 17 años. No es de extrañar pues, que en el día de su despedida camino a Madrid, el propio club organizara un acto para despedir a Doncic, al que se le hizo entrega de un mural con recuerdos de su paso por el Olimpija, donde hoy todavía es enormemente querido, y donde se presume, como no podía ser de otra forma, de su etapa allí. “Me siento honrado de haber tenido la oportunidad de trabajar con él y verle desarrollarse como el jugador y la persona que es. Partido tras partido alucinaba con su progresión y rendimiento”, afirma Smolnikar.

Eran años en los que a aquella generación brillante Ljubljana, y Eslovenia, se le quedaban pequeñas. Resultaba imperioso testarse con equipos de países vecinos, ya desde la categoría U12. Italia, por la lógica vecindad de países, fue destino habitual. Y allí se recuerdan dos memorables exhibiciones del joven Doncic. En 2011 en Pordenone, muy cerca de Venecia, el Olimpija se llevó el torneo al vencer por 46-43 en la final al Leoncino Mestre, en un partido en el que el demonio rubio anotó 41 de los 46 puntos de su equipo, pese a ser dos años más joven que el resto. Meses más tarde, el prestigioso torneo Lido, en Roma, para categoría U13, vio como de nuevo su gran estrella joven llevaba al título al Olimpija, derrotando en la final al Lazio por 104-76, en un partido en el que al descanso, Doncic llevaba 39 puntos, y en el que cerraría su actuación con 54 tantos, 11 rebotes, y 10 asistencias. Pocos de los que vivieron aquello pueden olvidar la actuación “especialmente increíble” en palabras de Srecko Bester del jovenzuelo, que promedió 34.5 puntos en aquel evento. “Era alucinante lo bueno que era en aquel momento”, reseña Smolnikar. Por aquel entonces, ya medía 180 centímetros.

 

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Luka Doncic (dorsal 4), en el torneo sub13 de Roma, en 2012.

 

 

El crecimiento del jugador en la cancha era paralelo al de su antropometría. “Su apariencia era divertida, ¡Intenta imaginar a un chico de 10 años con un pie del 46 o algo así! Parecían aletas, y necesitaba una talla más cada 4 o 5 meses“, recuerda su entrenador del momento. Ante tal exposición internacional, no tardarían en llegar los cantos de sirena, pese a la teórica bisoñez del protagonista. Fichar al aljófar esloveno se convirtió en objetivo prioritario para los transatlánticos del Viejo Continente. Fueron días en los que, de nuevo, sorprendió la madurez de Luka y su entorno. Su primera salida fue en febrero de 2012, cuando el Real Madrid le invitó a jugar la MiniCopa en Barcelona. Tenía 13 años recién cumplidos y se las apañó, entre jugadores un año mayores que él, para alcanzar la final ante el Barça, campeón finalmente, anotando 20 puntos con 4 triples en el partido por el título, entre el progresivo incremento de una atención mediática que volvería loco a cualquier adolescente. “Se comportó con normalidad, sin ninguna reacción extraña, tanto antes como después de viajar a España. Seguramente fue muy elogiado, y acabaría satisfecho, pero nunca cambió su actitud con sus compañeros o entrenadores”, afirma Bester. Desde Eslovenia, a Jernej Smolnikar no le sorprendía su nivel en la MiniCopa española: “No esperó mucho para demostrar su capacidad y alucinar a todo el mundo. La gente empezó a amarle, eso no ha cambiado”, afirma. Y claro, a partir de ahí, se convirtió en la gran estrella de la cantera europea, y las llamadas a su entorno no cesaron hasta que terminó tomando la decisión, en agosto de 2012, de incorporarse definitivamente al Real Madrid.

 

A partir de ese momento, mucho se ha escrito sobre Doncic. Sobre su dominio en la cantera española, sobre su más que precoz debut en el primer equipo de Pablo Laso, sobre su irrupción descomunal en Bilbao, cuando la larva empezó a tornar en mariposa, y ni qué decir tiene de la actual temporada, donde ya es habitualmente titular en un equipo clarísimamente aspirante a estar en la Final Four, y donde ha empezado a coleccionar galardones de MVP en la Liga Endesa. Mientras, desde Eslovenia, aun conocedores de su ingente potencial, empiezan a quedarse anonadados. “Juega de lujo junto a Llull y otros, porque puede, literalmente jugar de 1, 2, o 3. Estoy alucinado por su capacidad para rebotear. Tuvo algunos errores de novato al inicio de la temporada en el pase, pero ganó la necesaria confianza y eso se ha acabado. Me deja sin palabras”, afirma rotundo Jernej Smolnikar.

Sin embargo, el cerebro de Doncic sigue pareciendo el de un tipo adulto, lejos de lo que su cara, todavía infantil, permitiría pensar. Se le sigue viendo en la grada de los partidos del equipo de Liga EBA del Real Madrid, mientras se cuece en su interior un jugador que amenaza con ser leyenda. Un nivel de madurez casi inaudito entre el aluvión de elogios y parabienes, que contrasta con el del que dicen que es su gran rival coetáneo en Europa, el bosnio Dzanan Musa, del que su entrenador en el Cedevita, Veljko Mrsic, no duda en reconocer su obsesión por Doncic. Musa, un talento desbordado de carácter polémico, capaz de encararse con Mirza Teletovic en un partido de su selección, y que analiza cada semana las estadísticas del de Ljubljana, y enloquece cuando éste le supera en minutos. Luka, mientras, trabaja, suda, escucha a sus compañeros sin un mal gesto. En definitiva, evoluciona, y demuestra que los que ya le colocan en el número 3 del draft de la NBA en 2018 podrían hasta quedarse cortos.

 

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Doncic, de blanco, en junio de 2012, dos meses antes de incorporarse al Real Madrid. 

 

 

Y claro, en su país se frotan las manos pensando en lo que está por venir. Tras algún rumor, quizá interesado, de que podría haber elegido jugar por España, el propio jugador dejó claro que su elección internacional será Eslovenia, como mandan los cánones. Un proceso que en el país ex yugoslavo se miró con cierto recelo, aunque con confianza, por ser donde mejor conocen al protagonista. “Nunca estuve preocupado por ello. Sus hechos en varias ocasiones siempre indicaron que iba a jugar con Eslovenia”, recuerda Grega Brezovec. Como no podía ser menos, en el país donde se habla de baloncesto en las calles, “los aficionados están felices y deseando que llegue el Eurobasket”. Motivos tienen para ello. “Luka Doncic y Goran Dragic al mismo tiempo en la cancha va a ser algo fantástico de ver. Estoy convencido de que Luka disfrutará vistiendo la camiseta eslovena, tal y como ha disfrutado en estos años”, afirma el hombre que entrenó 16 minutos de reloj a un Doncic que ya impresionaba con apenas ocho años. Luego llegaría, la mopa, la camiseta de Marko Milic, los torneos internacionales, y el Madrid. Todo de una informa insultantemente temprana, como su devastadora exhibición en el último minuto del partido ante el Zalgiris, que ya sólo es una muesca más en un revólver que empieza a estar bien curtido.

Lo que no podemos imaginar es lo que aún está por suceder. El futuro se está escribiendo ya, disfrútenlo.

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José M. Puertas en twitter: @josempuertas 

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