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oct 1, 2016

Enviado por en Blog Resultados NBA | 0 Comentarios

Memorias de un converso

Memorias de un converso


Foto: Philadelphia 76ers

 

Yo confieso, ante el que se disfrazó de Michael Jordan, y ante vosotros, lectores, que soy del Chacho, muy del Chacho, pero… que no soy del Chacho de toda la vida.

 

Y es que no, no puedo sacar pecho diciendo que he confiado en él ciegamente desde la primera vez que le vi, porque no sería verdad; de hecho, reconozco que allá por 2004 o 2005 ni siquiera bebía los vientos por aquel joven con peinado de orfanato de posguerra y sonrisa de conejo que, apenas un verano después de su designación como Jugador Revelación de la Temporada, de locura exprimió dorada esperanza al revolucionar, cerca del pueblo de Shin-chan, un partido fané y descangayado. Y lo digo a sabiendas de que ser del Chacho ahora, cuando no lo fui de inicio, no solo no me absuelve, sino que se convierte en motivo de que me tenga que ser impuesta una mayor penitencia. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, mi fe es sospechosa, una fe de converso construida a base de todos los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que el de La Laguna me ha hecho comer, uno a uno, en los últimos seis años.

Aunque en estos tiempos de carro absolutista pueda parecer inconcebible, que Sergio Rodríguez no se encontrara entre mis favoritos no quiere decir que pensara que era malo. Obviamente era buenísimo, un genio capaz de dejar jugadas de fantasía para los highlights y levantarnos de los asientos pero, uniendo sus carencias atrás a su tendencia a la irregularidad del caos, a mis ojos se trataba de un base que carecía aun de la consistencia necesaria para ser considerado un grande de verdad. En aquellos momentos, y a expensas de lo que pudiese ser su evolución futura, le veía solo como un posible revulsivo, una magnífica tarifa de último recurso para situaciones como la de Saitama, pero no alguien sobre el que yo haría recaer la responsabilidad de mi equipo. Simplemente se trataba de una cuestión de estilos: uno puede ser de los Lakers o de los Celtics, de Tomás o de Rafa y, en esa disyuntiva, el abuelo Theobald siempre ha preferido la sobria efectividad de la opción B a las alharacas de la A, por muy brillantes que estas sean.

 

Foto: NBA.com

 La marcha del tinerfeño a la NBA me produjo sensaciones ambivalentes. Por un lado, como jugador, me adscribía a la corriente mayoritaria de que era una equivocación irse tan pronto, y eso me reafirmaba en la idea que de él me había hecho y que más arriba he explicado: la misma impaciencia que lastraba su juego -y que solo se curaría, en su caso, con la madurez de la experiencia- amenazaba con acabar secando el proyecto de gran estrella, dejándole reducido a su peor versión, ser nada más que ese típico base “jugón” que a mi tan poco me gusta. Pero, por el otro lado, a nivel personal, me impresionó el valor que demostró al dejar a un lado la presión que supone, especialmente para alguien tan joven, una opinión pública en contra casi unánime, y que se la jugara por perseguir su sueño con tal de poder mirar a los ojos al tipo que, empecinadamente, se obstinaba en salir cada mañana en el espejo de su baño.

Con estos mimbres, y después de cuatro grises temporadas dando tumbos de costa a costa de los Estados Unidos, es de entender que cuando se anunció el fichaje de Sergio por el Real Madrid el cesto de mi entusiasmo no estuviese colmado. Y no ayudó a tapar los agujeros por los que el mismo se escurría que, al lógico periodo de adaptación a la competición europea y a la regularidad competitiva, se le añadiese que, cual oso polar en el desierto o jugador al poste en sistemas de entrenador vitoriano, el Chacho tuviera que jugar en un ecosistema que no le era favorable. De la misma forma que una sonrisa dulce, estirada hasta el extremo, llega a ser la terrorífica mueca sardónica del Joker, lo que tras su periplo americano podría haber considerado como signos de mejora, exagerados artificiosamente por exigencias del guión, parecían convertirse en defectos, dejando a Sergio Rodríguez en una tierra de nadie en lo que a estilo de base se refiere: ya no era lo que había sido, pero aun no era otra cosa.

 

Foto: www.libertaddigital.com

 El inicio de la siguiente temporada debió pillarme camino de Damasco, pues fue entonces cuando vi la luz y se produjo mi conversión. Mucho antes de que entrara en estado de gracia contra Baskonia, mientras sus pies ya liberados aun sufrían los callos producidos por los zapatos italianos de hormigón y se acompasaban en la calle Concha Espina el chirrido de la piedra de afilador contra la hoja del hacha y el rasgueo del bolígrafo de Dontaye Draper sobre el papel, me caí del caballo: el que se había equivocado de cabo a rabo era yo, los años NBA no habían pasado sin más, no habían sido una rémora. Sergio era mucho mejor jugador de lo que era cuando se fue. Cuando el Chacho se encontró por fin en un medio ambiente favorable, lo que habían parecido defectos se moderaron hasta demostrarse mejoras, y las virtudes de siempre volvieron a florecer.

Servirá para explicar mi iluminación la que probablemente sea la palabra más usada al hablar del juego de Sergio Rodríguez: magia. Para mí, hasta entonces, el Chacho había sido un ilusionista, un prestidigitador, alguien que con su espectáculo deslumbraba y nos hacía disfrutar pero, ahora, de repente, se había convertido en un mago. El mago no divierte, tiene una función en la tribu, una utilidad práctica; al mago se va a pedirle cosas, a que consiga un resultado. Nos maravilla porque usa métodos prodigiosos para conseguirlo, pero lo importante del mago es que cure, que haga llover. De una estrella lo que más admiro no es que sea muy bueno sino que, superando la comodidad que supondría escudarse en su mayor talento, ya sea táctico y/o físico, sea capaz de crecer. Y empecé a ser del Chacho por eso, porque creció, porque añadió templanza sin perder locura, porque mejoró puntería sin perder visión, porque buscó en la línea de pase lo que en la defensa de uno contra uno no podía parar, porque asumía responsabilidad sin perder generosidad. Porque dejó de ser un Globetrotter para convertirse en Isiah Thomas.

 

Foto: P. Castillo/ ACB Photo

Voy a echar mucho de menos al Papaloukas barbudo que sale del banquillo con el bote de 3en1 en la mano, ese bote alto por detrás de la espalda porque sí, cuando recibe de saque de fondo, mientras camina hacia pista contraria concentrado mirando al suelo como si estuviera diseñando cómo la va a liar, el Ctrl+Alt+Supr de penetrar hasta el fondo, correr la línea y volver a salirse porque ni hay tiro ni hay pase, la parada en seco a cuatro metros para tirar una suspensión, las entradas con rectificado que evitan manos gigantes, la seguridad que da cuando se levanta desde el triple, la implicación que supone el ceño que se frunce hasta juntarse con la barba y los hombros que suben hasta las orejas cuando es uno de esos días en los que nada parece salir bien; y, por supuesto, los pases imposibles. Mi baloncesto del día a día será mucho más triste, pero entiendo que al tipo del espejo no se le puede dejar tirado.

Chacho, que tengas mucha suerte a la sombra de la Campana de la Libertad: mientras, yo tendré que conformarme con mis memorias de converso…

 

Theobald Philips (en Twitter, @TheobaldPhilips)

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