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oct 11, 2016

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La Euroliga más imprevisible y el nuevo baloncesto europeo

La Euroliga más imprevisible y el nuevo baloncesto europeo

Real Madrid y Olympiakos alzarán este miércoles 12 de octubre el telón de la primera gran liga europea de la historia. Y es que, aunque pueda resultar paradójico, toda vez que la competición, fundada como Copa de Europa en 1958, se conoce como Euroliga desde el año 2000, tras uno de tantos cismas en el baloncesto continental, será este curso el primero en el que, al fin, sea una liga al uso, el gran objeto de deseo de su máximo dirigente, Jordi Bertomeu. Los dieciséis mejores equipos de Europa jugarán una competición a doble vuelta que concluirá con los ocho mejores jugando un playoff al mejor de cinco para determinar los cuatro que jugarán en Estambul la tradicional Final Four.

Hasta llegar a este punto, no ha faltado la polémica. Recurrente en el caso de las famosas licencias, que otorgan a once equipos la potestad de jugar la Euroliga sean cuales sean sus resultados nacionales, y que tanto enojan al aficionado medio y a aquellos equipos que no las logran. Es el caso de Unicaja, que tras gozar desde 2009 de un salvoconducto directo para la mejor competición europea, entró en cólera hace unos meses al perderlo debido a la reducción del número de participantes, aduciendo argumentos contrarios a los que había defendido para mantenerse en la elite durante seis temporadas. No estar en el selecto grupo en el que sí aparecen Real Madrid, Barcelona y Baskonia no gustó un pelo, claro, en la capital de la Costa del Sol, por más que para tomar la decisión se dijese que los andaluces eran el equipo español con peor ranking en las últimas temporadas. Pero no sólo de esas controversias vive la Euroliga, cuyo cisma con la FIBA, celosa de la gestión del torneo en el que participan las mejores escuadras europeas, alcanzó este verano un punto de ridiculez extrema, cuando se amenazó a varias federaciones, incluida la española, con impedir su participación en los Juegos Olímpicos si no se alistaban al lado de la FIBA.

Luchas de poder y tronos aparte, lo que es cierto es que lo que se le viene encima al aficionado al baloncesto es una contienda apasionante, y que genera no pocas incertidumbres entre los miembros del mundillo de la canasta, incapaces de predecir cómo afectará el nuevo formato continental al rendimiento en sus propias ligas, y, especialmente, a la planificación de las temporadas, toda vez que eso de ir de menos a más conscientes de que las primeras fases podrían ser tomadas casi a beneficio de inventario pasó a mejor vida. Ahora, dejarse derrotas por el camino hipoteca directamente la posición final, complicando de forma inmediata el acceso a la final a cuatro. Para mayor vuelta de tuerca, exceptuando en febrero, todos los meses tendrán al menos una semana en la que habrá dos jornadas europeas (lunes-martes y jueves-viernes), a sumar a los dos fines de semana de competición nacional. Ante tal tesitura, las plantillas de quince jugadores, rara avis hace unos años, se van a convertir lógicamente en habituales a partir de ya mismo, por más que en un partido sólo puedan jugar doce. La gestión de plantillas, desde el punto de vista físico con un calendario durísimo, y emocional, con jugadores no convocados de forma reiterada, empezará a ser ahora más importante que nunca antes, si cabe. Como duda final, quedará resolver la importancia que los equipos concederán a sus torneos locales, y cómo esto puede repercutir en el seguimiento doméstico de los mismos, pero ese es un debate más complejo.

Fuera de los despachos, y de las decisiones a medio y largo plazo, el escenario que se avecina es, a partes iguales, justo y trepidante. La larguísima liga regular asegura un componente de justicia para premiar a los mejores del año, mientras que el cruce final y, muy especialmente la final a cuatro de Estambul generarán esa imprevisibilidad que sólo el baloncesto puede generar cuando entra de lleno en las pulsaciones del aficionado. Y una vez erradicadas esas fases iniciales en las que apenas un par de equipos se quedaban por el camino tras muchísimas jornadas, fallar no estará permitido casi desde el minuto 0. Por ejemplo para el Real Madrid, perder ante el Olympiacos en el debut sería un problema serio, sabiendo que asaltar más tarde La Paz y La Amistad en El Pireo será tarea complejísima, por lo que ceder en el estreno ante los de Spanoulis sería casi entregar dos partidos a un rival directo. Y como ése, tantísimos otros ejemplos que hacen de este nuevo panorama un lugar donde apostar sólo será posible para los más valientes.

Arranca una nueva Euroliga en la que se pretende, al igual que en la Liga Endesa, castigar por fin la espantosa falta táctica, que tanto daño ha hecho al baloncesto moderno y su concepto del espectáculo. Una liza en la que Sergio Llull quiere seguir demostrando, al frente del remozado Real Madrid, que es el mejor compañero posible para el crecimiento de ese monstruo en ciernes llamado Luka Doncic, en la que Tyrese Rice promete darle una vuelta de tuerca demoniaca a un Barcelona que lleva años jugando al tran tran, en la que el Fenerbahce emerge como el gran favorito, tras mantener su sensacional bloque y con la Final 4 en casa, en la que el CSKA de Itoudis quiere volver a demostrar que el pupilo no sólo gana al maestro una vez y por casualidad, en la que Grecia volverá a ser el infierno habitual, y en la que el millonario Maccabi de Tel Aviv, tras la peor temporada de su historia, quiere volver al lugar que por presupuesto le corresponde, tras reforzarse de maravilla este verano. Allí estará el valiente Baskonia de Sito Alonso, con el vértigo de Larkin y la finísima languidez de Andrea Bargnani, como estará el Efes en la segunda aventura de Perasovic en la franquicia otomana, y no faltará el Darussafaka, al que David Blatt le asegurará la cordura sobre la cancha que el simple amontonamiento de dólares no puede generar. Atentos también a proyectos que buscan crecer, como Armani Milano o Brose Bamberg, que ya encandiló el curso pasado. Y es que el que se despiste un mes, empezará a ver Estambul desde demasiado lejos, entre tamañana jauría de lobos hambrientos.

Sobre la mesa, 30 millones de euros a repartir, a razón de 40.000 euros por partido ganado, 70.000 por alcanzar los cuartos de final, y un premio de gordo de un millón por ser el campeón. Pero, por encima de todo, el mayúsculo reto deportivo de ser el primer campeón de una Euroliga con todas las letras. Hagan juego.

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José M. Puertas en twitter: @josempuertas

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