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abr 4, 2016

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Gustavo Ayón y la beca que cambió la vida del chavo del rancho

Gustavo Ayón y la beca que cambió la vida del chavo del rancho

“Hay un chavo allí en Zapotán que está grandote”. Con aquellas palabras, Javier Ceniceros, entrenador de la prestigiosa UPAEP (Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla), supo por primera vez de Gustavo Ayón. Como centro de referencia en el deporte universitario mexicano, era obligatorio para los responsables del equipo echar un vistazo a cualquier joven con supuesto potencial. Así que cuando Ceniceros escuchó al padre de uno de sus jugadores, Arturo Valderrama, originario de Nayarit, hablarle de aquel espigado mozo de Zapotán, localidad rural de 1000 habitantes a más de 800 kilómetros de Puebla, tuvo clara la respuesta: “tráelo y lo probamos, le damos hospedaje y alimentación y vemos de lo que es capaz”. Quizá no había muchas opciones de sacar algo exitoso, pero las pruebas de UPAEP están abiertas a cualquier joven con cierta aptitud deportiva, sepa baloncesto o no. Aunque los menos habilidosos no suelen pasar de la primera criba,cualquiera puede aspirar a una beca deportiva, en un sistema, salvando las distancias, similar al de la NCAA estadounidense.

Y allá se presentó, tal día como un 15 de mayo de 2003, en Puebla, Gustavo Alfonso Ayón Aguirre. 18 años. Desgarbado. Larguísimo. Y con evidentes carencias técnicas, tácticas, y muy especialmente, físicas, como recuerda hoy Ceniceros: “no podía correr la cancha dos veces, no sabía. Eso sí, era grande, tenía envergadura y estaba más o menos coordinado”. Al que hoy llaman el Titán de Nayarit era por aquel entonces un “chico del rancho”, cuyo bagaje deportivo no pasaba de cierto contacto con el baloncesto y el voleibol, lejísimos en todo caso del nivel de exigencia mínimo para ganarse, a priori, una beca total en UPAEP. Sin embargo, el entrenador vio algo, pese a las dificultades, tomando una decisión quizá suicida desde algún punto de vista: “pensé que le podíamos enseñar y apostamos por él. Mi jefe no quería darle la beca al 100%, que incluye hospedaje, alimentación, y estudios, porque no tenía nivel suficiente, pero le convencí”. Aquello, de hecho, pasó de apuesta a exabrupto: “nos peleamos un poco y me atreví a decirle que en dos o tres años Ayón sería el mejor jugador del equipo. En aquel momento teníamos un jugador llamado Víctor Thomas y le dije que sería el Víctor Thomas de tres temporadas después”.

No en vano, la apuesta era un todo o nada para ambas partes. Tras la disputa para becar a Ayón, Ceniceros ponía sobre la mesa su prestigio como captador de talento. Para el hoy jugador del Real Madrid, era sencillamente la única opción de coquetear con un cierto nivel baloncestístico. De al menos empezar a entrenar. En ese aspecto, el técnico de UPAEP no puede ser más rotundo: “Si no le dábamos al beca al 100% no se quedaba porque venía del rancho, y volvería a casa con su familia”. Enormemente arraigado a los suyos, con toda una vida echando una mano a las labores ganaderas del hogar, la de UPAEP era la única opción para salir de una vida, en la que, por otra parte, Gustavo Ayón era feliz. En Zapotán, en su rancho, con sus padres, y con una vida de enorme humildad. La misma con la que sigue actuando años más tarde, convertido en una estrella del Real Madrid, pero añorando a sus padres como el primer día, y con dudas sobre su renovación por la lejanía de su hijo Álvaro.

Amor por su familia entonces, hoy, y mañana. Sin ella, el Titán de Nayarit pasa de ser rocoso a mucho más maleable. Y claro, las dudas aparecieron, cuando apenas llevaba unas semanas en Puebla, y llegó un día, casi en la medianoche, en que con las maletas ya preparadas para volver a casa, Ayón descolgó el teléfono y llamó al entrenador, para comunicarle que abandonaba y volvía con sus padres. “Estaba muy arraigado al rancho, lo pasó muy mal, pero logré convencerlo de que se quedara, de que su futuro estaba aquí”, recuerda Ceniceros, no sólo su entrenador, sino su tutor a todos los efectos en la gran ciudad: “trabajamos mucho, en la cancha y en la escuela, porque su nivel académico era malo. Le motivaba a que hiciera tareas y cumpliera con los maestros, para que vieran que le ponía interés y ganas. Y así logró sacar la preparatoria en UPAEP“. En el sistema académico mexicano, la preparatoria son los tres años previos a la universidad. El nayarita llegó a UPAEP en el segundo de ellos, y salió tras un año de universidad en el mismo centro, tres cursos en total. Pero el camino, claro, no fue fácil.

Viendo el nivel actual del pívot del Real Madrid, es difícil imaginar lo que era aquello hace poco más de una década. Imposible pensar en el brillante presente, pues Ayón “no podía hacer transiciones rápidas, yo siempre le estaba gritando que corriera, pero sencillamente no podía. Y ahora corre la cancha como el mejor”, señala Ceniceros, que recuerda otro momento delicado en los inestables inicios del norteamericano, cogidos con alfileres: “en el primer partido que jugó se lesionó el tobillo, un esguince de grado 3, muy feo. Pensé que no querría volver. Lo bueno es que tenía unos parientes en Puebla, vino un tío suyo y se lo llevó, y estuvo unos días con él y luego volvió, se recuperó poco a poco y volvió a jugar con los juveniles”. Otro potencial punto de no retorno, salvado por los más cercanos al hogareño Ayón. Su futuro, de no haber sido por sus familiares en Puebla había sido el mismo que de no obtener la beca: el rancho.

No podía ser de otra forma, y el primer año se hizo eterno. Sufriendo en las aulas, con pocos minutos en la cancha, con los suyos muy lejos. Ayón compartía equipo con jugadores de un nivel muy superior, con mucha más experiencia competitiva. Y sin embargo, pese a tener un rol muy secundario, comenzó a ganarse progresivamente un cierto peso en el equipo. Cuando el físico mejoró, la intensidad fue el reflejo de sus ganas en la cancha. Ceniceros recuerda que “siempre lo usaba desde el banquillo pues me daba un plus entrando desde ahí”. Pero Gustavo distaba mucho de ser el Titán, y más aún de tener la confianza de sus compañeros, como recuerda el entrenador: “en juveniles perdimos un campeonato porque en la jugada decisiva, estando Gustavo solo, no se la quisieron pasar. Buscaron dársela a uno mejor y perdimos la bola y al final caímos por uno. Gustavo estaba totalmente solo”.

 

Un sonriente Gustavo Ayón, con la camiseta de UPAEP

 

 

La madurez física, el comienzo del éxito

Todo empezó a virar en la tercera temporada en Puebla, ya como universitario. Su físico empezó a responder, su extraordinaria actividad de manos, determinante hoy en Europa, comenzó a aparecer, y se convirtió en pieza clave para la UPAEP de Ceniceros, que ganó cuatro torneos aquella temporada, en una competición universitaria que le quedó corta demasiado pronto. Una progresión extraordinaria, recordando lo ocurrido apenas treinta meses antes. “Batalló muchísimo para lograrlo”, recuerda su entonces entrenador. No tardaría en asomarse al siguiente nivel.

Una nueva exhibición del espigado Ayón en un torneo en 2005 en Ciudad de México despertó el interés de la californiana universidad de San José State. Ceniceros tenía claro que había llegado el momento de dar un nuevo paso en la carrera de aquel chavo del que, de no haber mediado una beca, los estadounidenses nunca habrían escuchado su nombre, salvo que pasaran por un extraviado rancho en Zapotán, cosa harto improbable. “Le dije que si se iba de aquí tenía que irse a algo mejor y le apoyé para irse a San José”. Todo ello, porque Ayón, con su exigua carrera de apenas tres temporadas, tenía una fijación absoluta: la NBA. Un sueño que se tornó en objetivo, por más estrafalario que pareciera, desde sus primeros entrenamientos en Puebla, cuando apenas podía concluir las sesiones. “La NBA siempre fue su sueño. Se lo decía a los compañeros y se reían. Pero ya ves, terminó haciéndolo”. Y el mejor camino para alcanzar la liga estadounidense podía ser la NCAA, así que finalmente el mexicano hizo las maletas con destino a San José, la capital del Condado de Santa Clara.

 

Ayón (de azul), en un torneo estatal en México DF, del que fue MVP, jugando con el Estado de Puebla ante Chiapas

 

 

Sin embargo, la aventura colegial no fue todo lo bien que el de Zapotán, ávido por progresar cuanto antes, habría deseado. Dado que su nivel parecía insuficiente para el entrenador, George Nessman, se le asignó la figura de walk-on, con lo que en su primer año sólo podría entrenar, sin competir, comenzando un año más tarde el clásico periplo universitario de cuatro años, ése que hoy pocos de los mejores jugadores concluyen, deseosos de dar el salto a la NBA. Aquello fue demasiado para Ayón, que le había prometido a su entorno llegar al Olimpo baloncestístico más pronto que tarde. “Le dejaron congelado y él se desesperó, porque sólo entrenaba, no jugaba, así que tomó la decisión de regresar a México”, rememora Javier Ceniceros, poco menos que un padre deportivo para Ayón, que siempre le visita cuando regresa a Puebla, pues mantienen una relación muy activa y frecuente, por teléfono o email. No en vano, aquel empecinamiento en una beca imposible, cambió la vida del que hoy es uno de los mejores interiores en el baloncesto europeo.

La NBA, por la vía europea

Así que, cansado de no jugar, emprendió el viaje de vuelta a su país, firmando un contrato por los Halcones de Xalapa, su primer equipo como profesional, donde pasaría dos temporadas. Pero sentía que había malogrado la confianza de su mentor, al no superar con éxito su primera aventura estadounidense, algo que hoy Ceniceros recuerda con cariño: “me dijo que se sentía culpable, que me había fallado, por no llegar a la NBA por la vía de la NCAA, le costó unas semanas incluso hablar conmigo, darme la cara”. En todo caso, tan humilde como testarudo, Ayón debería emprender el camino más largo hacia la NBA. Y esta vez no iba a dejar escapar el tren.

No en vano, en las campañas 2007/08 y 08/09, Ayón se convirtió, llegando desde atrás, en uno de los grandes valores de los Halcones, que se proclamaron campeones mexicanos en ambas temporadas. Era un hecho que en apenas seis temporadas como jugador, el baloncesto desu país se le había quedado pequeño. Así, que, una vez que su profesionalismo le había cerrado la puerta de acceder al vecino del norte por la NCAA, no quedaba otra que abrir la puerta a Europa como paso previo al maná de todo jugador. Cuando recibió la llamada de Fuenlabrada, ya en el año 2009, hubo pocas dudas al respecto. “Asumió que era un camino más difícil y recuerdo que me mandó un SMS contándome que se iba a buscar la NBA por Europa. Yo estuve de acuerdo en que era lo mejor”, evoca Ceniceros.

Empero, claro, el camino del Viejo Continente no iba a ser ninguna bicoca, faltaría más. Un Ayón de 24 años, y con ninguna experiencia profesional reseñable más allá de dos años en México, no parecía un valor seguro como para que un equipo ACB `malgastara´ una ficha en él, extracomunitario además. Marchó cedido a Illescas (LEB Plata), donde se exhibió en una liga lejísimos del que empezaba a ser su nivel real. Jugó apenas cinco partidos, promediando 16.2 puntos, con escandaloso 81.8% en tiros de 2 puntos, y 10.2 rebotes que llamaron la atención de Tenerife (LEB Oro). Terminaría la temporada en las islas, donde demostró tener sitio para ingresar en una ACB en la que debutó en la 2010/11 y a mediados de la siguiente temporada, convertido en ese jugador arácnido en defensa y dominador de la línea de fondo, también se le había quedado ya diminuta.

 

Acto previo a un amistoso de México en UPAEP en 2015. De izquierda a derecha, Jesús González (jugador), Ayón, el Rector de UPAEP, Javier Ceniceros y Sergio Valdeolmillos, seleccionador mexicano.

 

 

Por fin, la NBA llamaba a sus puertas, concretamente los New Orleans Hornets, la primera de sus cuatro etapas en la mejor liga del mundo, donde pasó también por Orlando, Milwaukee y Atlanta. El sueño cumplido de un chaval de campo que nunca pareció tener patente de corso en su carrera, ni confianza plena en sus posibilidades por parte del entorno. Así lo menciona el entrenador de UPAEP, su gran valedor: “se ha sobrepuesto a todo, a ser suplente, a mejorar físicamente. Ha sido su historia en cada equipo. Siempre empezó como suplente, con 2-3 pívots antes que él. En UPAEP, en Halcones, en Fuenlabrada entró por los lesionados. También en la NBA, donde en Milwaukee fue desesperante,estuvo un poco depresivo. Y en el Madrid, en el que le costó arrancar, pero siempre se sobrepuso y desde atrás logró jugar”.

Así es la historia de Gustavo Ayón, un terreno minado en el baloncesto que le llegó a convertir en una estrella a la que nadie quería, en 2014. Incluso ahí tampoco hubo plena confianza en él. Quizá por eso, el Titán de Nayarit, tipo rocoso sobre el parqué, es poco dado al triunfalismoen su vida privada. Siempre serio, reservado, conocedor de su origen, amigo de sus amigos, que tampoco son excesivos, los de verdad, la mayoría sus ex compañeros en Puebla, con los que anualmente se junta en Puerto Vallarta u otras zonas paradisíacas, a gastos pagados por el jugador del Real Madrid en alguna casa veraniega con una buena piscina. Y por supuesto, agradecido a la universidad que le cambió la vida, en la que hoy día cursa Administración de empresas, de forma online, “con buenas notas el semestre pasado”. Por ello, el pívot acude de cuando en cuando a UPAEP, donde se forma y, donde especialmente, están sus mejores amigos, con los que es, sencillamente, uno más. Un par de anécdotas así lo demuestran: la primera la relata Javier Ceniceros: “en una reunión de ex alumnos, él ya jugaba en la NBA, y le pidió unos tenis a un compañero y se puso a jugar con todos. Anduvo echando la cáscara (lo que en España sería una pachanga) con todos, como una persona común”. La segunda, cuentan los que lo vieron que, también como jugador NBA, un día quiso entrenar en las instalaciones de UPAEP, pero al ver que la cancha estaba ocupada por unos chavales, cogió su bolsa y se marchó, esperando que la desalojaran para volver.

 

Gustavo Ayón, en una reunión con sus ex compañeros de UPAEP

 

 

En definitiva, una sencillez y humildad con escasas comparaciones en el mundo del deporte, pero que parece razonable cuando se descubre el origen, allá en Zapotán, de un adolescente larguirucho y con dificultad para correr sin asfixiarse que era mucho mejor trabajando en su rancho que en una cancha de baloncesto, y al que sólo un pirado sería capaz de darle una beca deportiva al 100%. Javier Ceniceros, entusiasmado con lo que hoy en día es aquel zagal, sonríe pleno de orgullo cuando le ve convertido en un referente del deporte mexicano, como si no pudiera olvidar aquellas palabras con las que un día el agradecido Machete, su otro mote, se le sinceró: “me dijo que si no lo hubiera traído estaría en el rancho ordeñando vacas y que no habría salido de allí. Me lo agradeció. Esa parte nos tocó a nosotros”.

Seguramente, hoy día, todo México, y buena parte de los aficionados al Real Madrid de baloncesto, y al deporte de la canasta en general, le agradecerán a Javier Ceniceros aquella insensatez de becar a un chavo de Zapotán que estaba grandote.

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José M. Puertas en twitter: @josempuertas

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