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oct 7, 2015

Enviado por en Blog Resultados NBA | 0 Comentarios

Media vida

Media vida

Sucedió hace media vida, no tanto en sentido figurado (que también) como literal. Tenía yo la mitad de años que tengo ahora, sabía de todo aquello (de todo, en general) cien veces menos de lo que sé ahora, sentía por todo aquello cien veces más fascinación de la que aún siento hoy, de la que espero no dejar jamás de sentir por el mero hecho de que se nos haya vuelto cotidiano todo lo entonces era sencillamente (maravillosamente) excepcional. Sucedió hace media vida, el tópico diría queparece que fue ayer, qué más quisiera yo que fuera sólo un tópico. Veintisiete años, media vida. Tan lejos y tan cerca.

Sucedió un 24 de octubre de 1988. Apenas año y pico después de que la NBA hubiera empezado a entrar a cuentagotas en nuestras vidas gracias a la aventura de Fernando Martín en Portland, apenas unos cuantos meses después de que nos hubiéramos acostumbrado a vivir cerca de las estrellas, apenas cuatro meses después de que nos hubiéramos vuelto locos con los siete partidos de aquella histórica (e histérica) Final entre Lakers y Pistons. Hoy nos puede parecer irreal pero créanme que entonces no se hablaba de otra cosa, créanme que en los colegios, institutos y trabajos (y tanto más en mi trabajo de entonces, todos aún jóvenes por aquel entonces) se formaban corrillos para comentar ese quinto, sexto o séptimo partido que acababa de jugarse en la madrugada anterior, si llegabas a tu oficina confiado en no enterarte del resultado para verlo luego en diferido estabas muerto, era científicamente imposible que no te lo reventaran, ni aún aislándote del mundo evitarías ese espóiler que entonces aún no se llamaba espóiler. Era otro mundo, quién iba a imaginar que en apenas unos meses se rebajaría a bajar a nuestro mundo.

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Aquel 24 de octubre de 1988 el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El verbo eran los Celtics, los mismísimos Boston Celtics, rechace imitaciones. No, no eran los vigentes campeones pero como si lo fueran, al fin y al cabo lo habían sido sólo dos años antes (quién nos iba a decir que habrían de pasar veinte años más para que volvieran a serlo), al fin y al cabo eran los campeones por antonomasia, sabíamos aún poco pero sí lo suficiente como para saber que estábamos ante la franquicia más grande sobre la faz de la Tierra, acaso el equipo de baloncesto más legendario del mundo, digno representante de la mejor competición deportiva del mundo. Podíamos recitar su quinteto de carrerilla casi mejor que el de muchas alineaciones de fútbol de entonces, Dennis Johnson, Danny Ainge, Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, se nos llenaba la boca con sus nombres, nos poníamos metafóricamente (y a veces hasta físicamente) en pie con su mera enunciación. Habíamos soñado muchas veces con ellos y ahora de repente los teníamos aquí, a punto de jugar contra el mismísimo Real Madrid (una vez que ambos cumplieron con su respectivo trámite semifinal). Hay otros mundos pero están en éste, decía (quizás por aquel entonces) un anuncio. Nunca fue más verdad.

Aquel 24 de octubre de 1988, domingo por más señas, me llevé a la que ya era mi pareja pero aún sólo mi novia a pasar la tarde al bar, mi única tabla de salvación posible por aquel entonces. Hoy algo así sería impensable, hoy (matrimonio mediante, bodas de plata cumplidas) me diría que no hombre que no, que a mí qué me va a apetecer, de eso nada, vaya rollo, si tanta ilusión te hace te vas tú pero a mí no me líes. Pero en los noviazgos de entonces a veces hacíamos cosas así, sacrificios insospechados, también en eso eran otros tiempos. Me la llevé (más bien nos llevamos mutuamente) a un bar vallecano que hoy ya hace muchos años que no existe (de hecho por no existir ni siquiera existe la manzana que lo sustentaba), de nombre HO (sí, sólo esas dos letras, no me pregunten por qué) y sito en la calle Carlos Martín Álvarez, casi esquina con la Avenida Martínez de la Riva. El típico bar de barrio de toda la vida con un minúsculo televisor en blanco y negro en su parte superior (muy superior, que el techo estaba bien alto), lo suficiente como para que nos dejáramos el cuello en el empeño todos los que allí estuvimos mirándolo sin parar durante las dos horas largas que duró el evento. No nos dolió, y si nos dolió no nos acordamos. En cambio lo que vimos lo recordaremos siempre, siempre y cuando aún nos quede memoria para recordarlo.

Johnson vs Drazen Petrovic, Ainge vs Biriukov, Parish vs Romay, McHale vs Fernando Martín, Bird vs Johnny Rogers. Visto así el quinteto del Madrid parecía algo (parecía mucho, de hecho) pero visto al lado del otro se quedaba en nada, un mero juguete en manos de cinco hombrecillos (hombretones, más bien) verdes recién aterrizados de otra galaxia. La duda no era que los Celtics fueran a ganar, la única duda era por cuánto (o como decíamos en baloncesto, de cuánto). Los más optimistas situaban la diferencia en veinte o treinta, los realistas en cuarenta o cincuenta, los pesimistas no bajaban de sesenta. Claro está que hoy jugamos con ventaja, hoy sabemos ya que la NBA de octubre nada tiene que ver con la de mayo, que la pretemporada NBA es tan pretemporada como cualquier otra o más si cabe, a las estrellas unos pocos minutitos no se vayan a cansar, el resto un mero campo de pruebas para comprobar quién se gana el puesto o quién lo pierde, quién se queda y quién se va. Hoy bien sabemos todo esto pero entonces lo ignorábamos, o acaso lo intuyéramos, o acaso sí lo supiéramos pero tampoco nos importara los más mínimo. Aquellos eran los Celtics, no necesitábamos saber nada más.

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Imagino que (dado el típico ambiente de todo bar que se precie, tanto más en aquellos tiempos) aquel partido lo vimos pero no lo oímos, quizás por eso no fuimos muy conscientes de la poca pasión que TVE le puso al evento, o quizás sí lo fuéramos pero como era lo de siempre tampoco nos llamara la atención. En la narración Pedro Barthe, un Pedro Barthe que así de primeras transmitía la inequívoca sensación de preferir estar en cualquier otro sitio, como si en vez de ofrecerle la oportunidad de narrar un encuentro histórico le hubieran puesto un castigo insoportable. Y en los comentarios técnicos Nacho Calvo, la mera enunciación de los conceptos comentarios técnicos y Nacho Calvo en la misma frase representa un oxímoron de proporciones bíblicas, no hace falta decir nada más. Ni rastro de nadie que conociera siquiera mínimamente aquel otro baloncesto, ni rastro de un Ramón Trecet al que ni siquiera necesitaban contratar porque ya era de la casa y que habría sido de lejos la solución más lógica para hacer aquel partido por parte de TVE (no, lógica y TVE tampoco deberían ir nunca en la misma frase), solo o en compañía de otros. Eran así, tampoco es que hayan evolucionado mucho desde entonces.

Barthe y Calvo decían en repetidas ocasiones que el griterío era ensordecedor y a fe que lo era, no lo notaríamos entonces (bastante tendríamos con el ruido del bar) pero bien que lo apreciamos hoy volviendo a ver el partido para la ocasión. Hoy viene la NBA a Europa y el ambiente de cualquier global game de esos está a medio camino entre un espectáculo teatral, un happening de centro comercial y una merienda campestre: plas plas plas (onomatopeya de aplausos) tras cualquier jugada,oooooohhhhh tras alguna cabriola. jijí jajá en las chorradas de los tiempos muertos y luego ya si acaso nos ponemos las pilas en los últimos minutos siempre y cuando el resultado conserve algo de emoción, si no ni eso.real-madrid-boston

En cambio en 1988 aquello no parecía tanto un Madrid-Celtics como un Madrid-Maccabi por ejemplo: locura colectiva, pasión absoluta, clamor tras cada canasta propia, pitos en cada subida de balón ajena, ovación de reconocimiento cuando anotaban pero sin que ello rebajara ni por un momento la intensidad, la tensión. Cómo hemos cambiado.

Quizás también por la propia evolución del partido, porque los madridistas del Palacio (y los de fuera) se creyeron legítimamente con derecho a soñar. El mero hecho de plantar cara ya era sueño, sólo 5 abajo tras el primer cuarto (titulares vs titulares), 5 que apenas un rato después iban a ser 18 cuando los Celtics se pusieron a tirar de fondo de armario: Jim Paxson, Reggie Lewis, Brian Shaw, Acres, Lohaus… Y entonces sucedió: de las profundidades del banquillo madridista emergió un espigado mocetón gerundense, Pep Cargol, que iba a dejar asociado ya para siempre su nombre a aquella mítica noche: un canastón por aquí, un arrebato por allá, alguna que otra defensa por acullá haciendo incluso enfadar al mismísimo Bird, mala cosa porque en cuanto te descuidabas se ponía a jugar como él sabe. 14 de diferencia al descanso, parecía evidente que lo mejor estaba aún por llegar. Aunque no imagináramos de qué modo.

Y es que a la vuelta del vestuario a los Celtics se les rompieron por completo los esquemas,vale que allí tendréis la ley no escrita de empezar el tercer cuarto con los titulares pero yo no concibo esa razón, yo soy Lolo Sáinz y sabes que no tengo por costumbre hacer cambios salvo cuando no me queda más remedio pero mira tú por donde hoy me voy a dar el gusto, que aquí leyes no escritas no tenemos: meto a Cargol de tres, a Antonio Martín de cuatro y a You Llorente de base pasando a Drazen al dos, chúpate esa mandarina Jimmy Rodgers.real-madrid-boston-celtics--644x362

Y de repente aquel tercer cuarto era un delirio, una locura, un Madrid que plantaba cara, una catarata de baloncesto por ambos lados, ya la gente gritaba este partido lo vamos a ganar como si en verdad lo creyera (quizás porque en verdad lo creía), ya hasta Pedro Barthe estaba entusiasmado (ya era Barthe en estado puro, de hecho: se están dando cuenta de que existe un continente que se llama Europa y un baloncesto europeo de categoría, si pensaban que venían a tomar el sol, a pasearse y a ganar de 40 ya se están dando cuenta que no va de eso), ya hasta el mismísimo Nacho Calvo estaba entusiasmado (ya, ya sé queentusiasmo y Nacho Calvo tampoco deberían ir nunca en la misma línea), créanme que si en aquel momento hubiera aterrizado un extraterrestre en el Palacio (o cualquier ser humano que no hubiera visto jamás un partido de baloncesto, que para el caso viene a ser lo mismo) se habría quedado prendado de aquel juego para siempre. Ocho de diferencia al final del tercer cuarto, que aún habrían podido ser menos si Drazen no se hubiera creído más importante que su equipo, si no se hubiera jugado las suyas y las de los demás, si no hubiera escogido cuidadosamente aquel momento para presentarse al mercado norteamericano, si hubiera procesado a tiempo que aquellas defensas de Dennis Johnson o Brian Shaw nada tenían que ver con las que acostumbraba a encontrarse por aquí. Pero con todo y con eso eran ocho puntos de diferencia, lo que venía a significar que el Madrid había ganado de 6 aquel tercer periodo. Hoy nos puede parecer una nimiedad, pero entonces fue un dato que quedó para la historia.

¿Tú que crees, Pedro, que los Boston (sic) creen que están jugando contra el Madrid, o que se están jugando el anillo en una final de la NBA contra Los Angeles Lakers?, preguntaba Calvo. ¡¡¡Pocos partidos tan difíciles tienen a lo largo de la temporada los Celtics!!!, respondía Barthe. Ingenuidades aparte, los Celtics por fin entendieron que se habían acabado los experimentos, las probaturas y las pretemporadas y finalmente obraron en consecuencia: fue ponerse Bird a gobernar elchou en su insigne papel de puto amo y antes de que nos diéramos cuenta se habían ido de 25 para nunca más volver. O tal vez sí, pero ya en los minutos de la basura (aunque aún no nos acostumbráramos a llamarlos así), con Quique Villalobos de blanco y Ramón Rivas de verde, con un Pep Cargol que aún quiso poner la guinda final al pastel. Ni sesenta ni cincuenta ni cuarenta ni treinta ni veinte, Barthe dixit. Quince, ni más ni menos. 96-111 para ser exactos. Eran otro mundo, aún seguirían siéndolo por mucho tiempo. Pero empezaban a no estar tan lejos como siempre habríamos creído imaginar.

Y de nuevo al día siguiente no se hablaba de otra cosa, y el medio país que se lo perdió se tiraba de los pelos por habérselo perdido, y recuerdo bien a madres de mi trabajo mendigando el vídeo a todo aquél que hubiera tenido la ocurrencia de grabarlo, déjamelo esta tarde por dios, por caridad, que quiero poder enseñárselo a mi hijo… Era una fascinación que iba más allá del baloncesto mismo, más allá del choque entre dos mundos, más allá de las chorradas de los tiempos muertos o de todas esas cheerleaders que ni siquiera eran de los Celtics (que aún no tenían, ni puñetera falta que les hacía) sino de los Tigers de la Universidad de Memphis State (hoy Memphis a secas), contratadas ex profeso para la ocasión. Una especie de fascinación global que hoy, volviendo a contemplar aquel partido media vida después, nos deja (a mí, al menos) un cierto poso de amargura. No ya por quienes nos dejaron prematuramente (obviamente Drazen yFernando, pero también Dennis Johnson y Reggie Lewis… y ese número 11 del Madrid que la inmensa mayoría de lectores ni recordarán quién era, Carlos García Ribas, quede aquí merecida constancia), sino también por todo aquello que se nos perdió por el camino: la ingenuidad, la capacidad de alucinar con cosas nuevas, la pasión tal vez. La juventud, seguro. Recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver.

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Hoy media vida después tampoco veré in situ a los Celtics, no culparé a nadie de ello salvo a mi propia torpeza, la que me hizo ir dejándolo durante el verano y acordarme ya en septiembre cuando todas las entradas estaban vendidas. Es decir, vendidas en la web oficial a un precio medianamente razonable (entre 19 y 58 euros), hoy dicha web te informa que están todas agotadas pero al mismo tiempo te remite amablemente a otra web donde puedes encontrarlas al módico precio de entre 75 y 115 euros, alguna otra web hay por ahí donde puedes encontrarlas aún más caras todavía. No estoy tan desesperado como para eso. Lo siento porque me habría gustado reencontrarme con viejos conocidos (y admirados) NCAA como Evan Turner, Marcus Smart, Jared Sullinger, Isaiah Thomas, incluso Kelly Olynyk, Terry Rozier, RJ Hunter o Jae Crowder; lo siento porque me habría gustado reencontrarme con un entrenador como Brad Stevens por quien profeso franca devoción desde sus tiempos de Butler; lo siento simplemente porque son los Celtics, porque ya vi hace años in situ a Grizzlies, Raptors y Jazz pero esto no es lo mismo, no puede ser lo mismo. Por lo que representa esta franquicia en sí misma, por lo que representó aquel partido de 1988, porque aplicando estos mismos parámetros temporales ya no volverán por aquí hasta dentro de otra media vida, pongamos por ejemplo octubre de 2042, a saber dónde y cómo estaré (o si estaré siquiera) para entonces. Otra vez (no) será.

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Don’t cry for me, hasta ahí podíamos llegar. Obviamente ya no me hará falta buscarme la vida en ningún bar, obviamente veré la primera mitad cómodamente arrellanado en mi sofá (no sin arduas negociaciones previas para resolver el tema de la cena), para la segunda probablemente me echarán del salón pero no teman, como tantas otras veces encontraré acomodo ante el ordenador o ante el televisor del dormitorio, más pequeño pero no por ello menos confortable. Será para mejor (como es el caso) o para peor pero nada será igual a como fue hace veintisiete años, nada nos sorprenderá como entonces, hoy tenemos ya a los Celtics hasta en la sopa, de hecho algunos hasta catamos los ingredientes antes de que los echaran a la sopa. Hace media vida algo tan cotidiano como un partido de baloncesto se nos convirtió en excepcional, hoy algo tan (presuntamente) excepcional como tener aquí a la NBA se nos ha convertido en cotidiano. Si será cotidiano que hasta el presidente del anfitrión anda repitiendo por ahí cada lunes y cada martes que quiere jugar en aquella Liga como si en verdad se lo creyera… No, nada será ya igual, ni parecido siquiera, y sin embargo quién sabe: quizás aún quede por ahí alguien que no tenga donde verlo y encuentre finalmente refugio con su pareja en un bar perdido (donde además lo pondrán por no haber competencia jurbolística esa noche, si no de qué), alguien lo suficientemente virgen como para que la experiencia aún le pueda dejar huella, como para volver a recordarla y contarla media vida después. Sólo por eso ya habría merecido la pena.

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José Díaz Tenorio en Twiiter: @Zaid5x5

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