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may 27, 2015

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El hombre en la sombra

El hombre en la sombra

Veinte años son muchos para una trituradora como es el Real Madrid, una bestia tan ávida de alimento triunfal para su sala de trofeos (y su tienda de camisetas) que ha llevado a Pablo Laso a decir tras la consecución de la novena Copa de Europa que “a veces en este club ganar es más un alivio que una alegría”. No son solo muchos, sino demasiados si consideramos además que, de esos veinte, los últimos son de auténtico suplicio de Tántalo, con un equipo ganador viendo cómo en el último suspiro no era posible saciar su sed de copa a orillas del Támesis, o cómo el viento de Judea apartaba de sus bocas los frutos del éxito. Es normal pues que, cuando el bocinazo final cayó sobre el Olimpiacos como la prensa hidráulica sobre el endoesqueleto de Schwarzenegger, impidiendo su penúltima recuperación, la alegría estallase en el parquet, en el banquillo, en la grada, los asientos VIP y el palco, y llenase el aire como el confeti que acompañó la subida al podio de los gladiadores blancos al son del “We are the champions”.

 Foto: twitter Sergio Llull

En la onda expansiva de esa explosión familiares primero, que lo merecen por aguantar los sacrificios y sinsabores del día a día, y amigos, veteranos y directivos después, dificultaron con una barricada de abrazos que los jugadores, Sergio Llull a la cabeza, acudieran a la confluencia del fondo Jorge Juan con el lateral Felipe II, aquel donde las gargantas moradas se impusieron a los decibelios pireotas (faena de no menos mérito que la de los baloncestistas), para festejar con los suyos en un gesto de rabia liberada, grito en pecho, rodilla semiflexionada, puños cerrados y músculos tensos, la victoria recién conseguida. Florentino sonreía beatíficamente en su asiento junto a su hija, sabedor de que su día de gloria era el siguiente, el de la celebración institucional en Ayuntamiento y Comunidad de Madrid, dejando que fueran los corpachones de Juan Carlos Sánchez, Luyk y Emiliano los que disfrutaran a nivel de directiva de la cosecha europea y agasajaran a Laso y los suyos, en pista y vestuarios.

La alegría era tanta que desbordó los límites del Barclaycard Center, calando el techo del autobús del equipo al filo de la medianoche, transmitiéndose al día siguiente desde el Palacio de Telecomunicaciones hasta llegar hasta la altura de un balcón en el mismo Sol, inundando las redes sociales y los medios que, desde entonces, se han hartado de confeccionar retratos y loas del corazón del MVP Andrés Nocioni, de la capacidad del Pájaro Loco para sacar tiros imposibles, de la solidez de Maciulis, Ayón o Rivers, de la magia del Chacho, del estilo de juego que ha impuesto y de los sufrimientos que ha debido acarrear sobre sus espaldas Pablo Laso. Ha sido tanto tiempo, ha sido un camino tan largo y tortuoso, que prácticamente todos los aspectos de la estructura del Real Madrid de Baloncesto han tenido su sitio en la foto, su línea en los créditos, su cuota de protagonismo, su minuto ante el micrófono o bajo los focos. Repasando imágenes fijas y en movimiento, la hemeroteca y los resultados de búsqueda de Google (la hemeroteca del siglo XXI), solo echo en falta una figura, solo se me ocurre una ausencia: Alberto Herreros.

Foto: ACB Media

 

El director deportivo se ha mantenido en un segundo plano, como un fantasma, haciendo de la revisión de las fotografías de la apoteosis madridista una especie de “¿Dónde está Wally?”, sabiendo por los textos que estaba allí, que es además una de las piezas clave del éxito, pero sin lograr vislumbrar su pelado cráneo entre la marea de sonrisas. Ha pasado por la celebración de puntillas, como cuando ve los partidos de su equipo, quizá agazapado en una esquina, lejos del centro de las miradas, comiéndose las uñas. Dicen los que saben de esto, entre los que no me cuento, que suya es gran parte de la culpa (extraña frase para definir el mérito) de que Pablo Laso no fuera defenestrado el pasado verano, que era su único valedor en unas oficinas de Concha Espina empecinadas en la búsqueda de una figura que alimentase a la bestia hambrienta que, a falta de títulos, fagocita entrenadores, siendo además el primero y único que, públicamente, cerró el debate sobre la sustitución en el banquillo. Dicen también que, incluso en algunos casos en contra del criterio del vitoriano, suyos son los fichajes de hormigón que han apuntalado la Fortaleza Europa eligiendo, sin ser Laso, a los que mejor se ajustaban al estilo Laso, del que es acérrimo defensor. Si era, es, el momento de sacar pecho, de pasar facturas pendientes y resarcirse (él también) de las críticas recibidas desde muchos sectores por su gestión en los últimos años, entonces… ¿dónde está Herreros?

 

 

La pregunta me retrotrae a casi diez años atrás, a finales de junio de 2005 cuando el postrero tapón de Fotsis a Calderón hizo que los focos de la historia y la justicia baloncestística se centraran sobre el último golpe de muñeca como profesional de ese mismo Alberto, haciéndole acaparar todos los titulares y convirtiéndole definitivamente en una leyenda. Me lo recuerda porque también entonces se venía de una larga sequía que terminaba en una gesta, y había igualmente una multitud de protagonistas que compartían luces con el alero de Fuencarral, aquí el ego mayestático de Boza Maljkovic, allí el presidente Florentino abrazando a Justin Hamilton y llamándole –cándidamente- “Bullock” mientras Sweet Lou celebraba su trofeo de MVP sacudiéndose el sambenito de ser “el que no mete la última”, en otro lado el sempiterno Felipe Reyes acallando por fin los cantos de su sequía de títulos desde que abandonó la calle Serrano… Mucha luz sobre muchas figuras, mucha alegría desbordada y una sola ausencia, la del hombre discreto que, desde hacía unos años, de forma silenciosa, había ido diseñando un proyecto de recuperación del baloncesto madridista, llevándolo paso a paso hasta la cima de forma tan meticulosa que hasta llegó a declarar que le sorprendía ese título, pues en sus planes estaba que fuera un par de años después.

Sí, me refiero al inconfundible pelo cárdeno, a Lolo Sáinz que, como Herreros ahora, en una exhibición de señorío y discreción dio un paso a un lado durante la celebración de aquella liga para, desde la sombra, contentarse únicamente con la satisfacción del trabajo bien hecho y del deber cumplido, méritos que no evitaron que un solo mes después, deslumbrado por la rutilante luz de un Maljkovic que capitalizó el éxito en exclusiva, el ser superior le pagara con una resolución contractual que, nobleza obliga, en un último gesto de devoción hacia sus colores el de Tetuán vistió como de mutuo acuerdo.

Alberto Herreros, que por entonces era apuntado por todos los focos, fue casi simultáneamente nombrado director deportivo y quizá, usando en la vida la misma inteligencia que mostraba en la cancha, aprendió de Lolo Sáinz el mérito de la humildad, de la discreción y de cómo debía desempeñarse en su nueva labor de “corbata”, que ya no era el número 11, que era el momento de salirse del encuadre de la foto. Muchas veces se ha dicho que la grandeza de los clubs se basa tanto en sus logros como en la historia de las leyendas que vistieron sus colores; es cierto, pero también lo es que esos ladrillos deben cimentarse sobre los pasos a un lado de los hombres de club que, como Sáinz, como Herreros, son capaces de quedarse a trabajar en la sombra, incansablemente, para que la mezcla fragüe, aunque su labor no sea suficientemente reconocida. Al hombre en la sombra, Alberto Herreros, muchas felicidades; la novena es también suya.

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Theobald Philips en twitter: @TheobaldPhilips

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