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may 5, 2015

Enviado por en Blog Resultados NBA | 0 Comentarios

Soy Currysta

Soy Currysta

Hay imágenes que valen más que mil palabras (qué frase tan original para empezar). Hay fotografías que por sí solas explican media vida, toda una carrera profesional. Y si no se lo creen no tienen más que echar un vistazo a esa que tienen ahí un poquito más arriba, ya sé que muchos la habrán visto hasta la saciedad durante estos últimos años pero aún así contémplenla una vez más, repásenla conmigo, háganme ese favor. El sujeto que vemos a la derecha no creo que necesite ninguna presentación ni siquiera para aquellos que no llegaran a conocerlo en vida, de hecho la mera mención de su nombre debería hacer que nos pusiéramos todos en pie. El que está en el centro tampoco requeriría de mucha presentación pero aún así puede generar más dudas, por lo que habré de recordarles que se llamaba (y se seguirá llamando a día de hoy) Mitch Richmond y que había sido estrella en los Golden State Warriors si bien para aquel entonces ya jugaba en los Kings de Sacramento. Detrás de él, de perfil, en un discreto segundo plano, precisamente el que había sido su entrenador en esos Warriors y había llevado a esa franquicia a cotas ciertamente impensables (a las que por cierto volvería a llevarla más de tres lustros después), el amigo Don Nelson a quien hoy imaginamos disfrutando de su dorada jubilación en las no menos doradas playas de Hawaii. Y finalmente, a la izquierda de la foto (prescindamos del periodista de los cascos, a quien no tengo el placer de conocer) podemos intuir a uno de los mejores triplistas que haya conocido este juego, aquel implacable alero llamado Dell Curry a quien años más tarde Montes apodaríaMuñequita Linda, pocos motes hubo mejor puestos; pero digo intuir porque apenas se le ve, porque está medio tapado por la criatura que tiene sobre su regazo, un niño ligeramente cabezón y con cara de bueno que parece mirarse su manita y sus cinco deditos como diciendo veréis la que voy a liar yo con esto cuando sea mayor. Aquel crío era su primer hijo, llevaba por nombre Stephen y aún no había cumplido cuatro años cuando se tomó esa foto, allá por el Concurso de Triples del Fin de Semana de las Estrellas de (supongo que) febrero de 1992.

Hubieron de pasar más de quince años para que conociéramos a ese niño, para que supiéramos siquiera de su existencia. Nunca había oído hablar de él hasta que de repente, hacia mediados de julio de 2007, se me fue a aparecer dos veces en el mismo día por una de esas casualidades de la vida (y de los calendarios televisivos). Por la tarde me senté como tantas otras veces a ver un partido cualquiera de primera ronda del Torneo Final universitario, uno de esos que el Plus acostumbraba (supongo que seguirá acostumbrando, aunque ahora ya no lo trabajo) a ofrecernos cada verano con sólo cuatro meses de diferido no fuera a ser que nos enteráramos del resultado antes de tiempo; y esa misma noche me senté de nuevo ante el televisor para ver (supongo que ya en directo) un partido cualquiera del Mundial Júnior de aquel mismo año, uno de los pocos que tuvo a bien oçfrecernos Teledeporte. Y allí estaba él, por la tarde y por la noche, ensartando triple tras triple exactamente de la misma manera, como si entre un partido y otro no hubieran transcurrido esas quince o veinte semanas que ante mis ojos resultaban ser sólo unas pocas horas. Los de la tarde (o sea, los del Plus) nos dieron pelos y señales acerca de aquel liviano freshman de la Universidad de Davidson, nos contaron que de casta le venía al galgo y que de tal palo tal astilla ya que era hijo de etc etc etc. En cambio los de la noche (o sea, los de Teledeporte) nos contaron bastante menos (más bien nada) acerca de aquel liviano base de la selección USA sub19: el marrón (si no recuerdo mal) le cayo al ínclito JavierMetelmicroahí López, ese cuyo verbo grácil y chispeante puede convertir cualquier apetecible espectáculo baloncestero en una pura ruina, véase por ejemplo su paso por la LEB; no es ya que no nos contara que era hijo de Dell Curry, es que si a alguien se le hubiera ocurrido mencionárselo seguro que él habría preguntado ¿y quién es ese Delcarri?, que ya decía mi abuela que de donde no hay no se puede sacar

Fue como una puesta de largo. Steph Curry no pasó ronda en aquel Torneo Final NCAA ni ganó aquel Mundial Junior pero se quedó ya para siempre en nuestras vidas, convertido de repente en un jugador a seguir. Dicho así ya parecía mucho pero créanme que no era nada en comparación a lo que viviríamos apenas ocho meses más tarde (y esta vez ya en directo, por fin, MMOD mediante), en aquella inolvidable March Madness de 2008. No fue mi caso porque yo ya venía abducido de serie, pero sí sé de unos cuantos que se hicieron adictos a este baloncesto universitario en general (virus que una vez te lo inoculan ya se te queda ahí dentro para toda la vida), y a este jugador en particular, gracias precisamente a lo que vivieron en aquella March Madness de 2008: Davidson, universidad modesta donde las haya, firmó un impresionante Torneo Final de la mano de un Curry de leyenda, el verdadero jugador del Torneo aunque no llegara a la final ni a la semifinal, así se lo conté entonces por si les apeteciera recordarlo. Partiendo del número 10 de su región estos Wildcats fueron cargándose (por este orden) a la número 7 Gonzaga, a la número 2 Georgetown y a la número 3 Wisconsin, cada campanada aún mayor si cabe que la anterior. Y no contentos con ello aún tuvieron contra las cuerdas a la número 1, a esa imponente Kansas en su mismísima Final Regional, territorio prohibido, palabras mayores. Sonará muy grandilocuente pero créanme que no exagero si les digo que aquel simple partido pudo cambiar la historia: de haber entrado aquel tiro postrero (que hubo de jugarse Richards por estar sobremarcado Curry) Davidson se habría convertido en el más insospechado finalista (de Final Four, entiéndase) de la historia (sí, aún más insospechado que George Mason dos años antes, aún más insospechado que Butler, VCU o Wichita State después); de haber entrado aquel tiro Kansas habría hincado la rodilla y dado por finalizada su temporada quedándose sin aquel glorioso título que alzaría luego brillantemente, apenas ocho días más tarde; de haber entrado aquel tiro los Jayhawks habrían defenestrado injustamente más pronto que tarde a Bill Self… Así se escribe la historia. O no.

Aún quedaría un tercer año de Curry en Davidson, que no fue peor que los anteriores sino más bien todo lo contrario según contaron todos aquellos que lo vieron. No fue mi caso: por aquel entonces casi todas mis opciones de ver baloncesto universitario (y tanto más tratándose de una universidad tan pequeña) se limitaban al Madness y justo aquel marzo una mala derrota les dejó finalmente fuera, algunos aún soñamoscon que en el último momento les llegaría una invitación del Comité de Selección pero no coló, tratábase de una conferencia demasiado menor como para meter dos equipos en el Torneo, no hubo excepciones. Curry se apuntó al draft, y de inmediato se inauguró un interminable debate público sobre sus aspiraciones en dicho draft y por extensión en toda su carrera profesional. De un lado la opción romántica, es un jugador fascinante y de calidad excelsa que lo tiene todo para triunfar en la NBA etc etc, del otro lado la opción (llamémoslo así) escéptica, un dos en un cuerpo de ni siquiera un uno, un cuerpo que no responde en absoluto a los cánones físicos que se estilan en aquella Liga, en cuanto salte a cancha se lo van a comer, se va a estrellar, no tiene ninguna posibilidad… De entrada ganaron los escépticos, como no podía ser de otra manera: Curry cayó hasta el puesto 7 del draft, por delante de él valores tan presuntamente seguros como Hasheem Thabeet o Johnny Flynn (¿dónde andará Johnny Flynn?), y aún los Warriors hubieron de tragarse un enorme chorro de críticas acerca de la barbaridad que supuestamente habían cometido escogiendo tan arriba a este tío. Vamos que para completar el cuadro ya sólo faltaba lo que efectivamente sucedió pocos días después, que la estrella de aquellos Warriors Monta Ellis montara en cólera al grito de (traducción libre) esta franquicia no es lo suficientemente grande para los dos, forastero

Curry jugó ya muy bien su primera temporada, se quedó casi a las puertas de ser el rookie del año (algunos siempre pensaremos que debió compartir aquel premio con Tyreke) pero aún así los apóstoles de lo físico siguieron encontrando argumentos en su contra. El chaval se nos fue a romper por donde menos pensábamos, sus defensores no le quebraban las costillas ni le arrancaban de cuajo la cabeza ni le sacaban de un plumazo de la pista (más que nada porque no les daba tiempo) pero sus tobillos empezaban a flaquear. Un esguince llevaba a otro, y éste a otro a su vez, casi siempre en el mismo tobillo pero a veces también en el otro para variar, y un verano decidió operarse pero fue peor el remedio que la enfermedad, y de perderse semanas pasó a perderse meses y en la bahía de San Francisco empezaron a echarse las manos a la cabeza, y hasta los más agoreros pensaron que no aguantaría, que su físico no estaba hecho para jugar a esto, que lo tendría que dejar… Más quirófanos, más tratamientos, más fortalecimiento y mire usted por donde el jugador que volvimos a encontrarnos en el otoño de 2012 pareció ya un hombre nuevo, ya no era aquel guadiana que en los dos años anteriores entraba y salía (más salía que entraba) de las alineaciones cada dos por tres, ya sus tobillos aguantaban y ello a su vez repercutía en su confianza, ya volvía a ser aquel Curry de Davidson o del primer año en Golden State pero ahora ya por fin corregido y aumentado, más hecho, más sabio, más adaptado (no sólo físicamente) a la Liga. Aún hoy le veo jugar y pienso que puede troncharse a cada paso, aún hoy me asusto cuando sale renqueante tras alguna penetración, ya son ganas de asustarse porque la realidad no responde en absoluto a esos temores, durante estas dos últimas temporadas sus ausencias (rara vez relacionadas con sus tobillos) pueden contarse con los dedos de una mano y aún sobrarían dedos. Hoy esa frágil y quebradiza estructura de cristal de bohemia esconde a un sujeto cada vez más fuerte; y también (aún por imposible que parezca) cada vez mejor jugador, si cabe. El equilibrio perfecto entre estética y eficacia, entre plasticidad y efectividad, entre hacerlo bonito y hacerlo bien. El equilibrio perfecto entre el corazón y la razón.

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Y es que hay otros jugadores que te epatan, que te abruman, que te ganan casi por aplastamiento. Otros hay que te gustan, claro que sí (cómo no te habrían de gustar), que puede que hasta te entusiasmen, que los veas y digas joder qué bueno es, qué clase, qué maravilla, qué bien lo hace todo, lo que usted quiera, te gustan pero no te enamoran, vaya por dios, les falta justo ese último escalón. Otros hay que te impactan pero a la vez te dejan frío, qué poderío y qué dominio pero también qué falta de gracia, qué poquita capacidad de seducción. Otros hay que lo tuvieron todo para enamorarte, que te enamoraron justo hasta ese día en que se creyeron más grandes que ellos mismos, hasta que se les rebosó el ego, el equipo es un mal necesario, me importo yo y yo y yo y nadie más que yo. Y finalmente hay algunos que te entran por los ojos, que (éstos sí) te seducen, te vuelven loco, tanto más loco te vuelven cada día que pasa, cada partido que los ves; justo esos son los imprescindibles, que diría Bertolt Brecht si aún viviera y le gustara el baloncesto (ustedes disculpen la herejía). Los encantadores de serpientes, los que te hipnotizan, los que te devuelven a otro tiempo en el que el talento aún era mucho más importante que el músculo. Curry es imprescindible porque nos reconcilia con el baloncesto que una vez soñamos, aquel juego (nunca mejor dicho) en el que lo lúdico convivía en armonía con lo táctico, la magia atravesaba el cemento y ganar (aún siendo lo más importante) no era tan importante como disfrutar. Curry de alguna manera nos devuelve a la infancia, a la adolescencia. A la suya, sí, pero también (y sobre todo) a la nuestra.

Creo que se me nota, soy currysta, pondré buen cuidado en escribirlo con y griega porque una vez lo tuiteé con i latina y se me empezaron a aparecer fans de Curro Romero por doquier (a mí, que tengo de taurino lo que de monje trapense poco más o menos). Soy currysta, no es ya una debilidad sino algo que está más allá de eso, practico el currysmo como practico elchachismo o el ginobilismo pongamos por caso, cada uno a su manera, cada uno en su justa medida, cada uno a su debido tiempo. Soy currysta y sé que no soy el único, sé que el currysmo es una religión cada vez con más adeptos pero ello no lo hace menos especial, más bien al contrario. Soy currysta desde hace ya casi ocho años, desde antes que (casi) nadie, desde que aún no sabía que lo fuera, desde que muchos que hoy son currystas casi ni sabían que existiera. Soy currysta y me colma de dicha y regocijo (o me llena de orgullo y satisfacción, como prefieran) que aquel niño que se miraba los deditos sobre el regazo de su padre y a la vera de Don, Mitch y Drazen, que aquel post-adolescente que nos enamoraba (deportivamente) en Davidson sea oficialmente a día de hoy (y con todos los respetos a Harden, LeBron, Davis y tantas otras maravillas) el mejor jugador de la NBA, que es tanto como decira día de hoy el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la tierra. Soy currysta y lo mejor es que es sólo el principio, que sólo son 27 años, que aún caben másemvipís en esa carrera, que hay ya un anillo esperándole a la vuelta de la esquina, si así no fuera no se preocupen porque habrá muchas más esquinas tras las que esperar. Soy currysta, si usted aún no lo es será o porque no le gusta o porque no lo ha probado, si es lo primero me parece perfecto (sobre gustos no hay nada escrito), si es lo segundo déjeme que le diga que no sabe lo que se está perdiendo. Avisado queda.

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José Díaz Tenorio en Twiiter: @Zaid5x5

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