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abr 7, 2015

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El hombre tranquilo

El hombre tranquilo

Faltaban unos tres minutos para terminar el partido, Herbalife Gran Canaria ganaba de trece y Unics, en un último esfuerzo, encadenó tres canastas consecutivas que parecían poner en peligro la conquista de la fría Kazán, allí donde la palabra lejos adquiere un sentido tan profundo que hasta José Stalin pensó que la Wehrmacht jamás podría llegar. Las cámaras enfocaron por un par de segundos al banquillo salesiano, probablemente en busca de una imagen que reflejara la tensión del momento, descubriendo sin embargo a su entrenador jefe sentado, bebiendo con parsimonia un pequeño trago de agua y volviéndose después brevemente hacia su segundo para hacer alguna puntualización mientras enroscaba el tapón de la botella, sin alterar el gesto, casi sin volver la cabeza, como si fuera una conversación normal, como si estuviera hablando de algún partido en el que no se estuviera jugando nada, como si no estuviera en riesgo el magnífico esfuerzo de los treinta y siete minutos anteriores.

Veía probablemente el madrileño un poco más allá de lo que alcanzan los nervios de un aficionado, sin preocuparse en exceso quizá porque notaba que aquella pequeña reacción tártara era circunstancial, no originada por un atascamiento de su equipo, que seguía defendiendo con orden y moviendo bien el balón en ataque, sino únicamente a que tres balones bien tirados por los grancanarios no habían querido entrar, dando a sus rivales la oportunidad de acercarse. Analizaba sin duda el juego por encima de las pasiones, como un maestro de ajedrez que se anticipa a las próximas jugadas porque ha estudiado miles de partidas, más aún, porque las ha vivido. Y, aunque al segundo daba la impresión de que la camisa no le llegaba al cuerpo mientras su jefe le comentaba algo con aires de estar hablando del tiempo, el juego dió la razón a Aíto García Reneses, y su equipo terminó ganando aquel partido por trece puntos…

Probablemente esa sea la aportación fundamental de Aíto a la peripecia europea del Granca, por encima de fórmulas mágicas o de grandes libros de sistemas infalibles. El haber vivido antes situaciones como esa, situaciones mucho peores contra trasatlánticos aun más grandes y talentosos que el Unics Kazán. Haber llegado a ese punto donde sabes que las fórmulas nunca son mágicas, y que ningún sistema es infalible, que solo existe el trabajo y que el papel de un entrenador, por encima de las líneas que pueda pintar en una pizarra con tinta que se borra con apenas pasarle la mano por encima, está en la confianza, en el trabajo diario y en conseguir una química a base de confianza que haga que los jugadores, más que los gritos, atiendan a las sugerencias. Alquimia, más que magia. El supremo maestro de marionetas ha llegado a saber que no maneja los hilos, que él propone y los jugadores disponen, y que lo más parecido que tiene para que su labor se note en el campo es la fe que pueda insuflar en sus pupilos, incluso cuando sus corazones están a mil por hora y sus cerebros apenas pueden pensar en otra cosa que en recuperar el aliento.

Quizá por eso Aíto ha pasado de ser un conductor a ser un constructor, quizá por eso, conociendo que, salvo honrosas excepciones como las del curtido Oliver, la plantilla del Gran Canaria no se ha visto en cimas tan grandes como las puertas de una semifinal europea, se ha convertido en el hombre tranquilo, en la figura que insufla confianza y, para evitar la muñeca que se agarrota cuando la hermosa victoria está cerca, les convence de que salgan a ganar de veinte cuando tienen que defender una ventaja de diez, o de que sorprendan a las huestes de la lejana Kazán con una salida en tromba, como si no hubiera un mañana o fuera el último cuarto, después de cansarse de decir que esto es un partido de ochenta minutos.

Aíto se ha convertido en un constructor, en alguien que mide cuándo tiene que dar un grito o levantarse de la silla con el mismo cuidado con el que Essie Hollis, al final de su carrera, cuidaba sus saltos; porque hay que maximizar su eficacia, porque solo valen en momentos concretos y no como forma de vida baloncestística. Usa la leyenda que le sobrevuela como un arma, como un karate-press que no puede malgastarse porque pierde su eficacia. Ha dejado a un lado a los llamados grandes, convirtiéndose en un constructor de equipos, porque ha llegado a un punto en el que la notoriedad ya no le aporta nada, ya que la tiene toda, en el que puede darse el gusto de escoger los proyectos por lo que son, por el parquet, prescindiendo de otros cantos de sirena o asumiendo los riesgos de acudir a un entorno enrarecido por cuestiones ajenas a lo deportivo. Aíto ya ha vivido también fracturas mayores, ha paseado por arenas aún más movedizas y ha peleado también con esos enemigos. El hombre tranquilo mira solo el parquet, el proyecto, y los ladrillos que tiene para construir el futuro. El futuro, aún lejano a pesar de los setenta años; lleva tanto pasado a sus espaldas, que el futuro es suyo.

Como John Wayne a Inisfree en la película de Ford, Aíto García Reneses ha ido a una isla a reconstruir su vida, a olvidar su pasado porque tiene un nuevo proyecto que construir, porque tiene que revivir lo vivido con los Bellas, Tavares, Newley y compañía, y convencerles de que la gloria europea está a su alcance. Que solo tienen que ir a por ella, sin miedo, simplemente siguiendo el silencioso liderazgo de su hombre tranquilo. Porque solo es baloncesto, porque es nada menos que baloncesto, y él desde su banquillo sabe que puede uno acercarse hasta el sol sin quemarse las alas.

Aíto sabe que no hay sistemas infalibles ni fórmulas mágicas, que un entrenador no es un maestro titiritero que maneja unos hilos que controlan el juego. Pero, cuando al día siguiente de la gran victoria, uno de sus chicos escribe en Twitter “La primera parte ha terminado”, el Hombre Tranquilo sonríe entrecerrando los ojos, quizá frotándose las manos, con ese toque pícaro en el que el mentón parece acercarse a la punta de la aguileña nariz…

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Theobald Philips, en twitter: @TheobaldPhilips

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