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nov 3, 2014

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Penyazo

Penyazo

La palabra peñazo así escrita, con eñe, tiene en castellano evidentes connotaciones negativas. De hecho vendría a ser una especie de eufemismo, un sucedáneo para evitar usar la malsonante y sexista coñazo. Peñazo con eñe implicaría pesadez, hastío, insoportabilidad, aburrimiento, hartazgo. Pero eso, con eñe. Pruebe a cambiar la eñe por la enye, pruebe a decir penyazo en lugar de peñazo. Sonar sonará igual, no le digo yo que no, pero créame que su significado es radicalmente distinto, casi opuesto. Al menos en términos de baloncesto.

Porque penyazo (con enye) en términos de baloncesto significa pasión, buen juego, diversión, felicidad absoluta. Penyazo viene de penya, de la Penya, del Club Joventut de Badalona o lo que viene siendo lo mismo, FIATC Joventut, saben que no soy de citar patrocinadores pero no estará de más hacerlo siquiera por esta vez (aunque sea gratis) como reconocimiento a su aportación para mantener este tinglado. Joventut o Penya, acaso la institución baloncestística más emblemática que haya dado este país (o lo que quede de él). Otros querrán colgarse esa medalla pero nadie como ellos agita la verdadera bandera (verde y negra) de este juego. Rechace imitaciones.

Hubo una vez una Penya (que se creyó) grande, una Penya que vivió por encima de sus posibilidades porque creyó que esas eran realmente sus posibilidades, porque nadie le dijo nunca que no tuviera derecho a ello, porque la brecha entre los dos de siempre y el resto no era entonces tan abismal como lo es ahora. Hubo una vez una Penya setentera y ochentera que peleó (y a veces hasta ganó) títulos nacionales e internacionales, hubo una vez una Penya noventera que llamó a las puertas del cielo en 1992 y las atravesó finalmente en 1994. Y hubo una vez otra Penya pequeñita, la que entendió demasiado tarde que lo difícil no es llegar sino mantenerse, que si estás en lo más alto sólo cabe ir hacia abajo, que cuando un pobre triunfa siempre vendrán otros a recordarte que ese no es tu sitio, que te bajes de la nube y vuelvas a ese fango del que nunca debiste salir. Despertar de los sueños es difícil, despertar de un sueño convertido en realidad es particularmente cruel.

Y hubo también otra Penya que renació de sus cenizas, puso los pies en el suelo y entendió finalmente dónde estaba y cuál era su papel. Mantener las esencias, no un club de élite que además tiene cantera sino un club de cantera que además tiene un equipo en la élite. No traicionar las prioridades, no traicionar jamás a todos aquellos que se formaron, se forman y se seguirán formando en ese club, poner al primer equipo al servicio de la Institución como una pieza más del puzzle, nunca al revés. El primer equipo como estación-término, lugar de llegada pero también (a la fuerza ahorcan) puerta de salida, escaparate para esas ventas que permitan seguir viviendo. La taquilla es exigua, el reparto televisivo casi inexistente, los patrocinios ya no son lo que eran. Y mantener toda esa estructura cuesta una pasta. La cantera es cara, dicen, y es bien cierto. Por eso hay que rentabilizarla.

Por eso hay que lucir a los chavales en la élite. Sin prisa (pero sin pausa), todo a su tiempo, cada cual en su punto justo de maduración. Ahora bien, además hay que saberlo envolver: proporcionarles el caldo de cultivo para que sigan creciendo, un espejo en el que mirarse aunque estén ya en el primer equipo y crean que no les queda nada por ver. El delicado equilibrio, ese término medio en el que decían nuestras abuelas que estaba la virtud. Lucir a Pere Tomás o Guillem Vives estuvo bien, lucir a Alex Suárez está muy bien, lucir más pronto que tarde a Agustí Sans o Alberto Abalde estará francamente bien, lucir permanentemente (en tránsito de hacerse jugadores de club) a Barrera, Ventura o Llovet no puede estar mejor. Pero sólo con eso no basta, sólo con cantera te vas al carajo, hace falta algo más, unas pocas cucharadas de harina para espesar bien la salsa, un buen puñado de cemento para amalgamar la masa, algo así. Necesitas consistencia.

Necesitas tipos como Albert Miralles o Sergi Vidal, amigos (íntimos) y residentes en Badalona, que un día ya lejano salieron (cada uno a su manera) por la puerta de atrás y finalmente encontraron la manera de volver por la de delante, pelillos a la mar, ésta al fin y al cabo siempre fue nuestra casa aunque un día renegáramos de ella, aunque un día renegarais de nosotros por ello. Necesitas tipos como Demond Mallet, el primo pequeño de Shaq, otro hijo pródigo, acaso ya entrenador disfrazado de jugador a sus 36 tacos aunque semana tras semana y con la verdinegra puesta se esfuerce en disimularlo. Necesitas otro año más la efervescencia contagiosa de Tariq, necesitas un bosnio pasado por Michigan State como antes necesitaste una ametralladora pasada por Northwestern, hoy Suton, ayer Shurna, mañana quién sabe. Necesitas equilibrio pero también descaro, frescura, la portentosa desinhibición de un jugón como Clevin Hannah. Necesitas la grandeza (en todos los sentidos), la entereza y la integridad de Taph Savané, grande dentro de la cancha y aún más si cabe fuera de ella, aún hoy impartiendo incansables lecciones de baloncesto y de vida. Necesitas Maestros. No basta con que estén en el banquillo, hacen falta también sobre el parquet. Dicho y hecho.

Luego hará falta que mezclen bien, claro. Que los ingredientes jóvenes se complementen con los menos jóvenes, que las manos que mecen el guiso sean las adecuadas, que acierten con los condimentos… Y que hay generaciones y generaciones, claro. No todas las décadas te sale un Rudy, un Ricky, un Ribas o un Raül López, como no todas las décadas te saldrá un Montero o un Villacampa, unos hermanos Jofresa, una familia Margall. A finales de la primera década del presente siglo la Penya volvió a tocar el cielo, casi como aquella otra de quince años atrás. La Penya de la Erre que Erre, la de la riquirrubina, la del mejor Rodolfo que vieron nunca nuestros ojos, la de Aíto tejiendo los hilos con primorosa maestría. Pero contra la tentación de tirar la casa por la ventana supieron bien dónde pisaban, mantuvieron los pies firmemente asentados sobre el suelo, si quieres volar mejor será que tengas una buena base para tomar impulso y una buena red para cuando llegue la inevitable caída. No hubo traumas esta vez. Ya no hay rickys ni rudys, que esas cosas pasan apenas una vez en la vida. Ya hay un buen equipo, nada más (y nada menos) que eso.

Pero tampoco basta sólo con eso. Además es preciso enamorar. Creo que fue más o menos por aquel entonces cuando escribí que si el baloncesto es una forma de vida, el juego de la Penya parece la metáfora de la mejor vida posible. Algo así como un reconstituyente: acaba el partido y te sientes mejor, más a gusto contigo mismo y con los que te rodean, rebosante de energía, de vitalidad, de optimismo… Hoy suena a exagerado, porque lo es. Hoy no diría tanto (ni falta que hace), hoy simplemente diría que la Penya garantiza el espectáculo. Que si en un determinado momento he de escoger entre varios partidos en Orange Arena, no duden que a igualdad de condiciones escogeré el de la Penya. Porque más allá del resultado (y hasta del juego), un partido de la Penya no será nunca un partido cualquiera. Podrán ganar o perder, podrán jugar mejor o peor pero sabes de antemano que volarán, que te entretendrán, que la moverán al gusto, que harán que pasen cosas, que no entenderán de imposibles, así les pongas al Madrid de hace unos días o al Barça de hace unas horas tanto dará, juntas la inconsciencia de la juventud con la sabiduría de la madurez y ya tienes montada una revolución en cuanto te descuidas.

Claro está, toda revolución (triunfe o no) necesita un líder. Por alguna extraña razón que no alcanzo a descifrar, Salva Maldonado está entre los técnicos más infravalorados (o menos suficientemente valorados) de esta Liga. Nunca entra en las (por otra parte inútiles) quinielas para entrenador del año, nunca suena para dar el salto a un grande, nunca se habla de él como candidato para dirigir a la selección. Nada. Le conocimos en Manresa, supimos de su paso por LEB, de su vuelta a la élite en Gran Canaria y Fuenlabrada, de su retorno final a la Penya. Vemos semana a semana su corbata verdinegra y su extrema delgadez, apenas reparamos en él como si fuera sólo un entrenador cualquiera sin siquiera darnos cuenta de que eso es precisamente lo más difícil, ser nada más y nada menos que un (grandísimo) entrenador cualquiera. Uno capaz de entender (porque lo mamó) que la Penya no es una institución cualquiera, que tiene una idiosincrasia especial, que ganar o perder nunca importa tanto como jugar, como formar, como desarrollar. Como ser fieles a una idea. Nada es más importante que eso (en términos baloncestísticos), ser fieles a una idea. Aquellos (no verdinegros sino azules) que un día dejamos de serlo lo sabemos mejor que nadie.

Y atreverse a desafiar el orden establecido, también. Los pajaritos disparando a las escopetas, puede salirte por la culata como hace dos semanas en el Barclayleches (lo cual no restó un ápice a la inmensa belleza de haberlo intentado hasta el final) o puede salirte de cara como ayer en el Blaugrana, el pez chico comiéndose al grande, el mundo al revés. PENYAZO con todas las letras, puñetazo en la mesa del vecino y en la de la Liga, también. Recuperar, siquiera por unas horas, no ya el derecho a soñar sino el derecho a no despertar del sueño. Ya llegará el tiempo de volver a la realidad.

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José Díaz Tenorio en Twiiter: @Zaid5x5

 

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