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nov 7, 2014

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30 años del gen egoísta

30 años del gen egoísta

Foto: http://home.messiah.edu/

El 24 de noviembre se cumplirán ciento cincuenta y cinco años de la publicación de “El origen de las especies”, el libro que dio forma a la selección natural como motor del nacimiento y evolución de las distintas formas de vida. Es una fecha importante pues, al igual que desde Isaac Newton las manzanas ya no pudieron escoger entre caer hacia arriba, hacia abajo o quedarse suspendidas en el aire (no sabemos lo que pasaría antes), al menos a partir de la obra de Charles Darwin los seres vivos tuvieron que dejar de ser generados espontáneamente por voluntad divina, debiendo pasar por el duro proceso de derivar de otras especies anteriores. La selección natural, como decía el título completo del libro, es un nombre que cristaliza el principio de la “preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”: en un entorno con recursos escasos, aquel organismo que tenga alguna característica que le haga más apto, más adecuado al medio, tendrá más probabilidades de reproducirse y transmitir dicho rasgo a su descendencia. Y, extendiendo dicha acumulación de “diferencias y variaciones individualmente favorables, y la destrucción de las que son perjudiciales” a lo largo del tiempo, tendremos que se van originando poquito a poco las diferentes especies.

Esta idea de la supervivencia de los más aptos, simple y poderosa como todas las grandes ideas, ha trascendido las fronteras de la biología siendo rápidamente aplicada como ley universal (muchas veces tergiversada como supervivencia de los más fuertes, con los nefastos resultados que todos recordamos), al funcionamiento de cualquier entorno donde haya competencia, es decir, de casi todos los aspectos de la vida. Podríamos, por ejemplo, hacer sin demasiado esfuerzo una extrapolación de las teorías darwinistas al baloncesto y encontrar rápidamente como, en un medio cerrado y de alta competencia, las sucesivas variaciones ambientales que se han ido produciendo desde que James Naismith colgó de la pared la cesta de melocotones han originado la aparición de diferentes especies que, por un mero proceso de selección natural, han ido dejando paso a otras más aptas para sobrevivir en las nuevas condiciones, viéndose obligadas a asumir otro papel muy distinto.

Foto: nytimes.com / Associated Press

Aunque evidentemente en cada nicho del campo siempre ha habido grandísimos baloncestistas que han destacado, incluso disputando la primacía total del juego, normalmente siempre ha sido una especie la que, gracias a sus características diferenciales que les hacían estar mejor adaptados al medio imperante, han sido considerados dominadores y alrededor de los cuales ha girado la competición. Así, en un deporte en el que el tamaño otorgaba una gran ventaja, fueron inicialmente los gigantes (Mikan, Russell, Chamberlain, Jabbar…) los que dominaron la tierra, hasta que un meteorito compuesto por una amalgama de mejora de la preparación y condición física, ajuste en el juego y gusto del público, provocó su declive como reyes de la cancha. Y es que de los pequeños mamíferos que hasta entonces habían vivido a la sombra de los dinosaurios evolucionó una nueva especie cuya mayor fuerza y complexión, sin perder rapidez y versatilidad, hizo que la diferencia de centímetros ya no supusiese una ventaja esencial. Esa nueva especie dominante que, iniciada por el Doctor J y consagrada por el binomio Magic-Bird, se ha propagado a través del Aire hasta nuestros días (Kobe, Lebron, Durant, etc.).

Así pues en la lucha por la vida en el parquet, como en la sabana o en la selva, cada especie ha prosperado o se ha visto relegada a un plano secundario en virtud de que sus condiciones (altura, fortaleza, movilidad, rapidez, coordinación, talento…) estuvieran más o menos adaptadas a las condiciones imperantes. Y, dentro de cada especie, incluso a igualdad de cualidades técnicas o físicas con sus congéneres, han sido las características individuales de algunos especímenes, especialmente su ambición, capacidad de trabajo y de asumir responsabilidades, las que han hecho que por selección natural alcanzasen la cima de la pirámide y sean considerados superestrellas; tú a lo mejor eres tan “bueno” como yo” pero, si el balón quema, es a mí a quién tienes que dársela…

Foto: espn.go.com / Henny Ray Abrams/AFP/Getty Images

Por todo lo dicho, la comparación de jugadores de distintas épocas para dilucidar quién es mejor es un ejercicio rayano en la sofística, porque nunca podremos saber, sino solo imaginar, cómo habría evolucionado de verse inmerso en unas condiciones diferentes. ¿Quién es el mejor jugador de la historia? ¿Lebron o Jordan? ¿Kobe? ¿Un Jabbar que a lo mejor hoy día sería un imparable alero de 2,18? ¿O…? Parece que la selección natural no puede darnos esas respuestas, al igual que el bueno de Darwin se encontró con que su teoría del origen de las especies parecía contradecirse con algunas situaciones de la naturaleza, ocasionándoles serios quebraderos de cabeza.

Por ejemplo, una de las principales dificultades fue la existencia de comportamientos “altruistas” que se compadecían mal con el sacrosanto principio de la lucha por la vida, donde el egoísmo (incluso de hasta 37 tiros en un partido) parece conceder una ventaja. Si por muy fuerte y bien adaptado que estés, cuando aparece un depredador atraes su atención sobre ti para avisar a los de tu manada, o si compartes con estos tu comida, al final estás elevando las posibilidades de supervivencia del menos adaptado y, consecuentemente, disminuyendo la prevalencia de los más aptos. En el año 1976 Richard Dawkins (nada que ver con “Baby Gorilla”) completó la teoría de sir Charles (Darwin, no Barkley) en su libro “El gen egoísta”. Este científico cambió el foco de la selección natural, diciendo que la misma no se producía a nivel de individuo sino de genes y que aquel (el individuo) no era más que un instrumento que este (el gen) usa para prosperar y expandirse a través de los procesos reproductivos. Así, en la medida en que el aviso de peligro o el compartir la comida ayude a la supervivencia de un mayor número de individuos que tengan un determinado gen, normalmente los más cercanos a él, mayores probabilidades tendrá dicho gen de propagarse. O sea, que el altruismo ayuda al plan de ese gen egoísta, cuyo único fin es su mayor gloria.

Y por esta vía, al igual que empezábamos este artículo con una efeméride por llegar, podemos irlo dando por terminado con otra recientemente pasada (el 26 de octubre), el debut en la NBA, hace treinta años, de Michael Jordan. Quizá considerando únicamente sus facultades, talento y ambición, sus vuelos acrobáticos, escorzos imposibles y tiros fantásticos, no podamos dilucidar las cuestiones que un poco más arriba planteábamos y nos encuentre la mañana discutiendo aún si es mejor tirar talco al aire o sacar la lengua. Porque, de nuevo quizá, lo que haya marcado la diferencia con el resto en el caso del más egoísta de los genes egoístas que jamás han encontrado con un balón el hueco de la cesta de melocotones haya sido precisamente, para mayor gloria propia, darse cuenta de que solo llegaría a ser el más grande adoptando comportamientos altruistas. Combinar habitualmente las categorías de máximo anotador y defensor o, sobre todo, ceder la gloria del momento a las muñecas de John Paxson o Steve Kerr, para escribir en oro su propia leyenda…

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Theobald Philips en Twitter: @TheobaldPhilips

 

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