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abr 2, 2014

Enviado por en Blog Resultados NBA | 0 Comentarios

Necesitamos el esfuerzo

Necesitamos el esfuerzo

Foto: Miguel Ángel Polo – Valencia Basket

A Valencia Basket todo le cuesta un esfuerzo.

Cuenta el mitógrafo que los dioses, por una terrible falta que ahora mismo no viene al caso, decidieron castigar a Tebas (la ciudad, no el tipo ese del deporte de las patadas, por mucho que pudiera merecerlo) enviándoles a la Esfinge, una criatura terrorífica con cabeza de mujer, cuerpo de león, cola de serpiente y alas de águila que, agazapada en las montañas, planteaba a los viandantes un enigma devorándoles en caso de que no lo resolvieran satisfactoriamente. La plaga, como todo el mundo sabe, duró hasta que Edipo resolvió el acertijo, desmoralizando a la pobre Esfinge hasta el punto de que decidió ponerse a dieta tirándose por un barranco. De este mito podemos deducir que los dioses, aunque caprichosos, son bastante benevolentes pues como castigo, en vez de a un grupo de tertulianos deportivos (o de prensa rosa) que atormentaran a los pobres tebanos con exasperantes gritos vacíos de todo contenido inteligente, enviaron a un simple monstruo hambriento, impertinente y algo listillo, capaz de inventarse un enigma ingenioso, sí, aquel del animal que cambiaba de número de piernas según avanzaba el día, pero, reconozcámoslo, de una dificultad media. Si los Olímpicos realmente hubieran querido que el sufrimiento de la ciudad de Cadmo fuese eterno les habría bastado con que la pregunta a plantear fuese “¿Qué tiene que hacer Valencia en ACB para poder jugar Euroliga el año que viene?” y Edipo, sin duda desconcertado por la imposible cábala, habría pasado inmediatamente a formar parte del McMenú Esfinge ahorrándose, eso sí, el desagradable compromiso de tener que sacarse los ojos con un alfiler por haber engendrado en su madre hijos que, en realidad, también eran sus hermanos.

 Y es que Valencia Basket, teniendo a día de hoy gracias a los descubrimientos del telescopio BICEP2 más evidencias del Big Bang que de la respuesta que, en ese hipotético escenario, salvaría a Edipo de las crueles fauces (por mucho que hace un par de semanas Javier Gancedo intentase -vanamente- explicar en Tirando a Fallar la cuestión), no le queda más remedio que, entregándose al lema que su presidente le ha puesto en la camiseta, esforzarse denodadamente por apurar todas las opciones que hay para encontrar la solución al enigma: la vía lógica, deductiva, que es explorar a fondo todas las variables de la Liga Endesa para ver si la combinatoria del puesto conseguido con las clasificaciones en no-se-qué ligas de no-se-cuales países despejan la incógnita de la ecuación, y el atajo corto, la lotería, la espada de Alejandro cortando por lo sano el nudo de Gordio, que es ganar la Eurocup. Es decir, el equipo de Perasovic se ve atrapado en un ritmo donde no le basta con solo estar en dos competiciones sino que, como los grandes, tiene que poner toda la carne en el asador y mantener el tipo en ambas; tiene que presentarse al examen habiendo estudiado para sobresaliente, pero con la chuleta en la bocamanga. Y todos sabemos el riesgo que eso conlleva que, como te pillen con la chuleta, a ver como convences al profesor de que no la estabas usando, de que te lo sabías todo…

Foto: Miguel Ángel Polo – Valencia Basket

Dubljevic no da un balón por perdido

La verdad es que en esta temporada, y no solo en la encrucijada relativa a la Euroliga, los taronja parecen condenados por su lema de la misma forma que el ciego del chiste aquel, que se llamaba Casimiro y vivía en el noveno B. Y es que desde que se lanzó el primer balón al aire, todo al Valencia parece costarle un gran esfuerzo. Así, a pesar de haber logrado construir por fin un gran equipo con un planteamiento de club cuando menos sorprendente, tanto por la apuesta organizativa como por el hecho de que es de los pocos de los que, ante la alfombra minilevantada por la esquina de Bilbao, no se rumoreaba que tuviera pagos pendientes, se han visto asolados por una plaga de lesiones, grandes y pequeñas, “enmascaradas” o de mayor calado, que nos han impedido tras unos siete meses de competición ver su potencial completo y han obligado a redoblar esfuerzos a los sanos en el parquet, y a los “corbatas” en los despachos. E incluso a triplicarlos, si cabe, a nivel mental, con el objetivo de mantener la química y la calma, pues cada vez que los valencianos no solo no bajaban el pistón, sino que nos regalaban con otra exhibición de juego, han tenido que aguantar el típico y desestabilizador aluvión de rumores sobre marchas, intereses, fichajes y otras zarandajas, que amenazaba con dar al traste con el proyecto, con tener una vez más que volver a empezar de cero.

Pero el reverso positivo de la maldición del nombre es que el esfuerzo parece haberse vuelto efectivamente cultura y el equipo de la Fonteta, tradicionalmente acusado de endeblez en los momentos clave, ha acabado reponiéndose de todos esos inconvenientes. Acaba de ganar al Nizhny Novgorod el primer partido de las semis de Eurocup (+9) y es el segundo equipo de la liga nacional, tras el intratable Real Madrid y tres victorias por delante del tardíamente devorador Barcelona ¿Es, como muchos afirman, el año del Valencia? Desde luego, puesto a puesto, el equipo es de campeonato, con una mezcla compensada de juventud y veteranía en la que, a la base que había (Doellman, Dubljevic, Lishchuk, Rafa… más la definitiva explosión de Pau Ribas, la “R” olvidada), se han unido unos fichajes con sentido y futuro (Aguilar, Van Rossom, Lucic…) y hasta algún verso suelto de nombre revolucionario (Lafayette), cuya guinda de lujo es Romain Sato. Además, Perasovic ha conseguido que ese grupo juegue como un reloj, combinando todas las posibilidades que nos ofrece este maravilloso deporte de nuestras entretelas en una dinámica francamente espectacular.


Foto: Miguel Ángel Polo – Valencia Basket

Lucic se ha esforzado por volver en plena forma

Sin embargo, puede que todo eso no baste. Hay un dicho popular que sostiene que, en la vida, no gana el mejor, sino el que sabe ganar o, como decía el maestro Zeljko de su Fenerbahce, que para ganar finales hay que perder algunas. A mi humilde modo de ver, el problema de las posibles alternativas al duopolio de nuestro baloncesto no es solo la diferencia de plantillas y presupuestos (que ya de por sí es bastante insalvable) sino que, además, en los momentos claves, la experiencia es un grado y donde a unos se les arruga la muñeca, a los otros se les ensancha el aro. Real Madrid y Barcelona, además de ser más grandes, saben ganar al límite y quizá por eso muy pocos, hablando con la cabeza, dan chance real a nada que no sea una final entre esos dos equipos, por mucho que haya pasado o pueda pasar durante la temporada.

A Valencia, como ya hemos señalado más arriba, este año se le están viendo trazas de un “carácter Perasovic”, algo que va más allá de la pizarra y que hace que, después de la resaca berlinesa, levanten un partido durísimo contra el corajudo Río Natura-Monbus; o que se repongan a un vendaval en la Copa y acaben poniendo en un brete a la armada de Pascual (a la que poco antes habían derrotado en similar remontada); o que, en aquel duelo de banquillos entre el francotirador sonriente y el pistolero ceñudo, gracias a una suspensión límite de Ribas salven el average ante un grandísimo Khimky. Podremos comprobar ahora, que llegan las citas importantes, hasta donde llega ese crecimiento y si supone un paso real adelante. Porque a mi modo de ver, necesitamos como agua de mayo que haya de verdad una alternativa, que aparezca alguien que, aunque no llegue a ser favorito (eso sería mucho), haga que una duda, una incertidumbre, un cierto enigma de Esfinge se plantee en nuestra liga. Necesitamos que Valencia, después de haber ganado la Eurocup no se contente con el premio y, entregado como está a la cultura de su camiseta, culmine su año fastidiando (o al menos amenazando seriamente con fastidiar) los titulares acerca del enésimo enfrentamiento del siglo. Necesitamos el esfuerzo.

 

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Theobald Philips en twitter: @TheobaldPhilips

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