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abr 2, 2014

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Crónicas de marzo (IV)

Crónicas de marzo (IV)

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Aunque el calendario diga que ya estamos en abril, para mí sigue siendo marzo. Para mí y para todos los que amamos (en exceso, incluso) este baloncesto universitario seguirá siendo marzo hasta que el próximo lunes 7 (que para nosotros será ya martes 8) se entregue el trofeo al ganador, hasta que se apaguen finalmente las luces del gigantesco estadio de los Cowboys de Dallas, hasta que en los televisores norteamericanos (y poco después en los youtubes del mundo entero) suene por fin ese imprescindible one shining moment, la catarata de escenas inolvidables de cada torneo final. Sí, en nuestros corazones y en nuestras vidas sigue siendo marzo, seguirá siendo aún March Madness aunque ya sólo nos queden tres partidos, ese maravilloso colofón de cada temporada que solemos llamar Final Four. Los cuatro finales, los cuatro únicos supervivientes, los cuatro grandes. Aquí los tienen.

FLORIDA

Una vez más perdí una magnífica oportunidad de permanecer callado. Fue aquí mismo, hace apenas dos semanas, cuando en lugar de dejarme llevar por la vía fácil y conceder el favoritismo a Florida como hizo casi todo dios preferí meterme en camisas de once varas y decirles que Florida era el principal favorito de esta edición sin favoritos (o con demasiados favoritos) (…) Se ha beneficiado de una conferencia como la SEC que pasa por ser grande pero que anda un poco sobrevalorada en estos últimos tiempos (opinión muy personal que no tienen por qué compartir, faltaría más); ganó en casa y fuera, ganó a todos los que se encontró pero también lo pasó mal por el camino (…) Equipo muy completo, muy veterano, muy profundo pero que a mí con todo y con eso me deja alguna duda, qué le vamos a hacer. Si algún aficionado gator tuvo la infeliz ocurrencia de leerse esta solemne sarta de tonterías creo yo que debió quedarse muy tranquilo, dadas mis conocidas habilidades pronosticadoras. Dicho y hecho, hoy Florida está ya en Final Four y yo a la altura del betún. Cada cosa en su lugar.

La cosa no es ya que Florida esté en Final Four, la cosa es que está en Final Four sin despeinarse, sin dar casi un palo al agua ni hacer el más mínimo esfuerzo más allá de lo estrictamente necesario. Obviamente contó con la ventaja de que le fueron limpiando el camino, obviamente se lo fue limpiando Dayton que les quitó del medio a Ohio State, Syracuse y Stanford la cual a su vez se había cargado previamente a Kansas. Así las cosas, rivales de postín como si dijéramos Florida sólo se encontró a Pittsburgh y UCLA y a ambos los despachó con solvencia, con suficiencia incluso. Todo ello antes de jugarse la Final Four con la sorprendente Dayton, esos modestos Flyers que juegan como los ángeles (no me refiero a los Lakers precisamente) y que hasta osaron oponer un atisbo de resistencia pero hubieron de acabar claudicando ante la maquinaria pesada Gator como no podía ser de otra manera. La maquinaria pesada de un talentazo (a la par que portento físico) como Scottie Wilbekin en la dirección (no es propiamente un director, pero se las apaña), de un interior sólido y efectivo (aunque no alcanzó a ser todo lo que yo esperaba en su primer año) como Patric Young, de la intendencia de un Will Yeguete, de un sumamente mejorado Casey Prather y de un jugador del que apenas se habla (quizá por ser el único sophomore entre tanto sénior) pero que cuenta con una de las muñecas más prodigiosas de la Liga, Michael Frazier. Llevan mucho tiempo juntos (salvo Frazier, obviamente), se conocen como si se hubieran parido, juegan de memoria y defienden como lobos (o como caimanes, sería más apropiado en este caso). He ahí su principal valor.

Patric Young (#4) y Michael Frazier (#20)

Llevan sin perder desde que allá por el 2 de diciembre Connecticut (precisamente Connecticut) les ganara gracias a un canastón sobre la bocina de Napier (precisamente Napier). Podríamos pensar entonces que han tenido un año fácil pero nada más lejos de la realidad, de hecho sus dificultades fueron más fuera de la cancha que dentro y empezaron ya en verano con alguna historia extradeportiva que hizo dudar de la presencia de Wilbekin y/o Yeguete en esta temporada. Y eso sólo fue el principio, lo siguiente fueron las dificultades para incorporar a su debido tiempo a sus dos más rutilantes freshmen, Kasey Hill y Chris Walker, por haber incumplido sabrá dios cuál de las doscientosmil millones de normas de la NCAA. Hill pudo jugar por fin desde mediados de temporada (y bien que lo agradece Wilbekin, a quien a menudo libera de sus responsabilidades en la dirección permitiéndole dedicarse casi por entero a lo que mejor hace, la anotación) y Walker desde febrero, más vale tarde que nunca, ambos aportan desde el banquillo (sobre todo el primero) aunque quien más aporta desde el banquillo (el verdadero sexto hombre de este equipo, de hecho) es otro sophomore que llegó vía transfer desde Virginia Tech, Dorian Finney-Smith, quédense con ese nombre (aunque sea largo) porque seguro que oirán y leerán hablar de él largo y tendido en los próximos años. Equipo sólido, sin grandes estrellas (Wilbekin, si acaso) pero sin fisuras, al que es dificilísimo hincarle el diente como lo prueba el que sólo se lo hayan hincado dos veces en esta temporada, la ya comentada de Connecticut (precisamente Connecticut) y anteriormente Wisconsin (precisamente Wisconsin), contra su tercer compañero de viaje a Dallas (o sea Kentucky) ya no perdieron pero también las pasaron canutas (o cualquier otra cosa que acabe en utas) en las tres ocasiones en que les tocó enfrentarse, especialmente en la tantas veces mencionada Final de la SEC. También es casualidad, tiene pocas bestias negras este año Florida pero todas han ido a juntársele en esta Final Four, ya veremos si ello les aporta un plus de motivación o más bien les supone una complicación.

CONNECTICUT

En 2011 tocaron el cielo. En 2011 los Huskies de Connecticut, guiados desde el banquillo por el reputado a la par que veterano técnico Jim Calhoun y desde la cancha por ese milagro llamado Kemba Walker, ganaron el campeonato universitario. Ganaron a la meritoria Butler de Brad Stevens, ganaron 53-41 en una Final infame pero ganaron, fueron felices, comieron perdices y colorín colorado que este cuento se ha acabado, entre otras cosas porque el cuento que empezó a continuación fue más bien una especie de pesadilla. En la temporada 2011/2012 Kemba ya era historia, las sospechas de amaños académicos se cernían sobre la universidad, Calhoun (entre enfermedades y sanciones) estaba ya casi más fuera que dentro y el equipo en sí mismo era una jaula de grillos, a mayor gloria y miseria de un sujeto llamado Shabazz Napier. Si el año anterior nos habían encantado los relevos que le daba a Kemba, en éste resultaba pavoroso verle ir por libre tirándose lo suyo y lo de los demás. El equipo soy yo parecía decir, y el equipo que era él, ante la aparente dejación de funciones por parte de Calhoun, se encaminó paulatinamente hacia el desastre. Sólo fue el principio. La NCAA confirmó las sanciones que ya se venían barruntando desde tiempo atrás, la más importante de las cuales fue castigarles sin postre o lo que viene a ser lo mismo, que aún por bien que lo hicieran durante toda la temporada regular 2012/2013 no les sería permitido disputar el Torneo Final. Calhoun acabó por fin de irse y además no se fue solo, ante semejante panorama hubo unos cuantos pesos pesados del vestuario que no se recataron en pedir también el transfer. De repente el equipo era un solar. Sin futuro, casi sin presente, sin más clavo ardiendo al que agarrarse que un jugón egocéntrico y una panda de colegas desestructurados… ¿quién demonios querría lidiar con semejante situación?

Quiso Kevin Ollie. Sabíamos que había jugado también en los Huskies en sus años mozos, le habíamos conocido luego ejerciendo labores de intendencia en no sé cuántas franquicias NBA (resulta casi más fácil enumerar los equipos en que no jugó que aquellos en los que jugó), finalmente tras retirarse encontró cobijo a la vera de Calhoun en su alma máter… hasta ahora. Ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Le ofrecieron el cargo y lo aceptó, probablemente muchos fans de Connecticut pensaran que era una locura darle las llaves del reino a un tipo con tan escaso bagaje como técnico, probablemente muchos amigos de Ollie pensaran que era otra locura meterse en un marrón de semejante calibre… Unos y otros se equivocaron de medio a medio, afortunadamente. Ya ese primer año de Ollie fue estupendo, no tendrían derecho al Madness pero nadie les podría quitar el derecho a jugar bien y a ser competitivos y a fe que lo fueron, de principio a fin. De repente los Huskies volvían a parecer un equipo, de repente incluso Napier pareció haber encontrado el punto exacto de equilibrio entre su felicidad y la de sus compañeros, el ser por fin capaz de ayudar a su equipo (o de no ser contraproducente, al menos) sin tener que renunciar por ello a su espontaneidad y su frescura. Todo eran buenas noticias en UConn pero claro (siempre hay un pero claro), al fin y al cabo era un año sin presión, cuando llegue la 2013/2014 y se tengan que jugar las habichuelas de cara al Madness ya veremos lo que pasa…

Pues pasó que hicieron un año sumamente irregular, con grandísimas victorias como esa (tan cacareada ya) ante Florida pero también con derrotas impropias de su condición, pongamos por ejemplo ante Houston o ante la SMU de Larry Brown (dos veces) en esa nueva American Athletic Conference. Pasó que subieron y bajaron, que entraron y salieron del Top25 y que finalmente lograron meterse en el Torneo Final (lo cual está muy bien) pero con un seed 7 que casi les convertía de inmediato en carne de cañón. Nadie dio un duro por ellos más allá del campus de Storrs, pero hete aquí que Shabazz y sus amigos (su alma gemela Boatright, el termómetro DeAndre Daniels, el alemán Giffey, el repescado del JuCo Kromah o el descomunal freshman ghanés Brimah pongamos por caso) tenían otros planes: de entrada ganaron con muchísimas dificultades a esa St. Joseph’s que venía de campeonar en su Conferencia y seguidamente se cepillaron a la mismísima Villanova, uno de los gallitos de esta temporada desde la nueva Big East. Claro está que con el atrevimiento que nos caracteriza todos nos lanzamos a interpretar dicho resultado en base a los deméritos de Villanova y no a los méritos de UConn, así que Ollie y sus chicos nos hubieron de dar un par de veces más (y de qué manera) en las narices, nada menos que ante Iowa State y ante la favoritísima (para casi todo dios) Michigan State. Hoy son ya Final Four y el resto es historia, y creo yo (aunque no tenga datos al respecto) que no habrá por ahí muchos entrenadores que puedan presumir (como presume ya Kevin Ollie, y a mucha honra) de haberlo logrado en su primera oportunidad. ¿Carne de cañón? Pues qué quiere que le diga, yo no volvería a pensar en ellos en esos términos, más que nada porque no tienen nada que perder. Y nadie es más peligroso que Shabazz Napier cuando no tiene nada que perder.

 Shabazz Napier  y Kevin Ollie

WISCONSIN

Tiene cara de pardillo, de pringao como si dijéramos. Ese típico crío patoso y bonachón al que le dirían que no las chicas cuando las invitara al baile, ese al que le quitarían el bocata en los recreos, le meterían porquería en la taquilla y le pondrían la chincheta en el asiento cuando fuera a sentarse. O no, vaya usted a saber. Las apariencias engañan, vaya que si engañan. Si hubo hace muchos años un presidente del gobierno que a la hora de nombrar ministros del interior valoraba que tuvieran cara de represor, igualmente hubo un entrenador que a la hora de buscar pívots valoraba que tuvieran cara de intimidadorLa mirada del tigre, ya saben. Frank Kaminski no es ya que no tenga cara de intimidador ni mirada de tigre sino que por no tener ni siquiera tiene pinta de haber roto jamás un plato en su vida, muchos se quedarían sólo en eso pero Bo Ryan supo ver aún más allá. Bo Ryan no dudó en reclutarle aún a pesar de que no parecía responder en absoluto al típico patrón germánico y cabezacuadrada de tantos otros Badgers de antaño (Leuer, Bruesewitz, Berggren, Krabbenhoft, Nankivil, Butch…), Bo Ryan llamó a filas a aquel escuálido sietepiés quizá porque supo ver que más allá de su frágil apariencia había mucho baloncesto en su interior. En sus dos primeras temporadas en Madison no pasó de ser un jugador más, uno cualquiera, esos promedios de apenas 4 puntos y 2 rebotes no hacían presagiar grandes cosas pero se ve que el talento permanecía ahí agazapado esperando sólo el momento adecuado para aparecer. Apareció por fin en esta 2013/2014 y fue como si hubiera pasado de la nada al todo de un día para otro, si de noviembre a febrero ya nos maravilló lo que ha hecho en marzo roza casi lo paranormal: envidiables movimientos de espaldas, talento igualmente para atacar de cara, buena mano desde donde sea (de tres, incluso), rebotes a espuertas, buenos pases desde el poste, defensa insospechada, carácter en los momentos decisivos y sobre todo esa lectura del juego, ese tomar siempre la decisión más adecuada para ocasión. El verdadero MVP de lo que llevamos de Madness, no les quepa la menor duda.

Pueden estar seguros, el cénter arizónico Kaleb Tarczewski ya no podrá olvidar jamás en lo que le quede de vida a Frank Kaminski [En este Torneo Final tuvimos (que yo recuerde) un Tarczewski, dos Kaminskis, un Bachynski y un Karnowski... de los que sólo este último es polaco, por cierto].Tarzewski no podrá olvidar a Kaminski como Arizona entera no podrá ya olvidar a estos Badgers que se les presentaron casi a las puertas de su casa (Annaheim, California) para levantarles a la chica y llevársela al huerto, es decir a la Final Four (ruego me disculpen si la metáfora no les parece adecuada). ¿Que cómo lo hicieron? Pues utilizando una estrategia muy vieja, muy gastada, que cada vez está menos de moda pero no por ello resulta menos efectiva: jugando muy bien (qué digo muy bien, extraordinariamente bien) al baloncesto. En este mismo Torneo hemos visto unas cuantas universidades pequeñas que interpretan maravillosamente bien este juego (pequeño detalle que a igualdad de calidad es el que te permite marcar diferencias), pero entre las universidades (digamos) grandes no creo que haya ninguna otra que lo interprete como lo hace Wisconsin. Kaminski podrá ser medio equipo (literalmente, a veces) pero de ninguna manera me dejen de lado al otro medio: Decker, Gasser, Traevon Jackson y el tirador Brust más la interesante aportación desde el banquillo del prometedor freshman Hayes y el alero (con nombre de dieta) Dukan. Acaso la mayor concentración de talento que haya tenido jamás entre manos Bo Ryan, un talento que no le impide seguir siendo una de las mejores defensas de la nación pero que le permite además regalarse desacostumbradas alegrías en ataque: ya no necesitan tirarse necesariamente treinta segundos por jugada moviendo la bola hasta encontrar finalmente ese resquicio por el que clavársela al rival, ya su calidad les permite intentar cosas que antes no intentaban o jugarse (y hasta meter) tiros que antes ni por asomo se jugaban. Y hasta correr, cuando se les presenta la ocasión. No les voy a engañar, si buscan un baloncesto trepidante y vertiginoso Wisconsin no es (o no tiene por qué ser) su equipo; pero si buscan un baloncesto bien jugado y que explote como ningún otro las debilidades del contrario difícilmente encontrarán otro equipo que les satisfaga tanto como Wisconsin.

 

Frank Kaminski  (#44)

Tras acabar esa Final Regional ante Arizona vimos a un Bo Ryan visiblemente emocionado, con voz rota y que apenas podía contener las lágrimas ante el micrófono de Craig Sager (y no, esta vez no se trataba de la lógica reacción ocular ante el deslumbramiento producido por los estrafalarios trajes que acostumbra a lucir el susodicho). Emoción plenamente justificada porque sólo Bo Ryan sabe lo que le ha costado llegar hasta aquí, la de generaciones que han pasado por sus manos durante todos estos años, las veces que lo ha rondado y las que se ha quedado literalmente a las puertas… Clasificarse para la Final Four es un fin en sí mismo, es incluso un título (el de campeones regionales) en sí mismo, pero puede ser también un principio, el principio de algo mucho más grande todavía: Wisconsin casi es novata en estas lides, miren que en esta Final Four tendremos tres equipos que fueron campeones ayer como quien dice mientras que en cambio los Badgers no llegaban tan arriba desde el 2000, cuando aún les entrenaba Dick Bennett (padre del actual técnico de Virginia Tony Bennett), cuando aún Bo Ryan se ganaba la vida en la vecina Wisconsin-Milwaukee. Es así, Wisconsin tiene menos experiencia en estas lides que los demás pero tiene tanto baloncesto como el que más, si no más (valgan las redundancias). Sólo hará falta que se lo crean.

KENTUCKY

Miren que se lo vengo diciendo, que este año perdí unas cuantas oportunidades de permanecer callado. Esta vez fue en diciembre, cuando me despaché a gusto sobre aquel Gabinete Calipari de mis pecados: dos obviedades, que les falta experiencia y que un equipo acostumbra a ser mucho más que la mera suma de sus miembros. El talento lo tienen, la cohesión (aún por secundaria que a su técnico le parezca) tendrá que llegar también tarde o temprano. (…) qué duda cabe de que volverán a estar entre los favoritos… pero eso, a estar entre, no a ser, no sé si captan la sutil diferencia: hoy ya nadie apuesta que esta Big Blue Nation vaya a llevarse necesariamente el gato al agua… lo cual tampoco significa que no pueda llevárselo a poco que se lo proponga. Mimbres tienen para ello, más que nadie. Ya otra cosa será que acaben de hacer el cesto… Todo eso y más escribí yo en diciembre sin reparar precisamente en ese pequeño detalle de que aún estábamos en diciembre. En este juego (y no digamos ya en esta competición, y no digamos ya si además tienes un equipo casi enteramente nuevo y plagado de chavales recién salidos del insti) las realidades de noviembre o diciembre muy poco tienen que ver con las de marzo, menos aún con las de abril para aquellos privilegiados que aún pueden darse el gusto de seguir jugando en abril. Como estos Wildcats, precisamente.

Al final Calipari hizo el cesto, y como los mimbres son buenos pues resulta que el cesto no puede tener mejor pinta. Los mimbres no hace falta que se los presente porque ya se los conocerán de sobra, pero como el saber no ocupa lugar (y menos en Internet) permítanme que les recuerde que el principal se llama Julius Randle, portento físico adobado con nada desdeñables virtudes técnicas, cuatro de libro que rebotea que es un primor y cuya mera fuerza centrífuga (amén de su habilidad en los reversos) hace que los rivales vayan cayéndose a su paso cual bolos al paso de la bola. Un monstruo que debería salir revalorizadísimo hacia el draft (aún más si cabe) por méritos propios pero también por deméritos ajenos, los de Wiggins mayormente. Y a su alrededor pues ya saben, sus egregios compañeros de promoción, el alero James Young y esos gemelos Harrison que parecen mejores cada día que pasa, Andrew cada vez mejor director de juego y más agresivo de cara al aro rival, Aaron cada vez mejor tirador y más clutch, más decisivo en esos momentos en que a otros les tiembla el pulso, pregúntenselo a los Wolverines si les queda alguna duda. El quinteto titular lo completa el quinto freshman (no recuerdo otro caso igual desde aquellos Fab 5 del 92) Dakari Johnson, por méritos propios (cada día que pasa tiene mejor pinta este cénter) pero también por deméritos y achaques varios de Willie Cauley-Stein (pedazo de examen tendrá que pasar mi amigo Kaminski ante este tremendo juego interior). Y no me perdonaría acabar el párrafo sin hacer siquiera una mínima mención a un actor secundario al que hubo de recurrir Calipari cuando los problemas le crecieron por dentro: se llama Marcus Lee, es también freshman (para variar), apenas había jugado en todo el año pero de no haber sido por su portentosa demostración ante Michigan (10 puntos y 8 rebotes -7 de ellos ofensivos- en apenas 15 minutos) hoy los Wildcats no estarían en Final Four. Así de sencillo.

Los gemelos Harrison

Ya les conté muchas veces que si no ganaron la Final de la Southeastern a Florida fue sólo porque Young tuvo la fatalidad de resbalarse en la jugada clave, algo que por sí solo debería haberme bastado para revalorizar a Kentucky pero que yo en cambio interpreté al revés, minusvalorando a Florida en particular y a la SEC en general, ya me vale. Mal de muchos consuelo de tontos, el Comité de Selección (o como se llame) de la NCAA hizo lo propio y colocó a los Wildcats en el seed 8 de la Región de la Muerte, para empezar cárgate a Kansas State y luego ponte en el trance de tener que cepillarte a la invicta (y aún más revalorizada ahora si cabe, visto el éxito de su rival) Wichita State, aquel milímetro que faltó para que entrara el triple de VanVleet bien pudo cambiar la historia. Luego tendrás que acabar también con tu eterno rival Louisville y ni tiempo tendrás siquiera de recrearte viendo a Pitino sobre la lona porque a la vuelta de la esquina te esperarán Stauskas y sus Wolverines, acaba con todos, métete en Final Four y a ver quién demonios se atreve ahora a no darte como favorito para todo lo que te queda por delante, tan sólo mirando a lo que ya dejaste por detrás. Que nadie tiene unos mimbres como los de Kentucky ya lo sabíamos, ahora sabemos también que finalmente Calipari hizo el cesto, y qué cesto. Que sea además el mejor cesto aún está por demostrar.

Pues ya está, presentada queda la Final Four, por una vez no me dirán que se lo he puesto difícil, cuatro universidades cada una con el mero nombre de su respectivo estado, sin apellidos ni State ni otros palabros raros, sin aditivos ni conservantes ni colorantes, más fácil no puede ser. Ahora bien, ¿qué va a pasar? Buena pregunta (que es lo que se suele contestar cuando no se tiene clara la respuesta). Con el corazón me encantaría una final Connecticut-Wisconsin pero con la cabeza mucho me temo que tendremos una final Florida-Kentucky, una reedición corregida y aumentada de la pasada Final de la SEC. De todos modos creo que en los renglones precedentes ya les he dejado pruebas más que abundantes de mis portentosas habilidades como pronosticador, así que casi mejor no me lo tengan en cuenta…

 

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 Zaid en Twiiter: @Zaid5x5

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