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mar 14, 2014

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Hace 25 años…

Hace 25 años…

Nadie lo dice, pero hacía frío. Muy lejos de la Atenas luminosa y calcinada que imaginamos los esclavos del descanso veraniego, que la visitamos solo cuando los griegos huyen de ella en busca del frescor de las islas, hacía un tiempo parecido al que hemos tenido hasta hace apenas unos días en nuestro país, de cielo plomizo y cubierto de nubes errantes, como rebaños de ñus grises que atravesaran la sabana a todo correr azuzados por un viento helador. A pesar de lo desapacible de la noche, multitud de grupos de jóvenes atenienses recorrían los barrios de Plaka, Monastiraki y Anafiótika organizando al encontrarse jocosas batallas, armados con espráis de nieve artificial y una especie de as de bastos de plástico, que sonaba como un muñeco de goma al golpear al improvisado enemigo. Era una fiesta de celebración de la Pascua ortodoxa, que empezaba al día siguiente, o algo así me pareció entender entre mis nulos conocimientos de griego y las risas de los que me obsequiaron con una pequeña rociada de nieve y un leve cachiporrazo; la guerra en serio parecía ser solo entre griegos, respetándose dentro de unos límites la neutralidad del turista.

El Madrid aterrizó aquella misma noche, alojándose en el vetusto hotel Hilton, más allá del estadio olímpico, lejos del bullicio del centro. Venía rodeado de una gran expectación mediática que, como polillas a la luz, se arremolinaba alrededor de la figura de Drazen Petrovic. La temporada estaba siendo fantástica, y todo era miel sobre hojuelas: habían venido los Boston Celtics a Madrid, la afluencia al Palacio crecía, las victorias se sucedían una tras otra, se hablaba del 5-0 y Aíto aun no había declarado la guerra psicológica con la famosa consigna de “la bula de Petrovic”… Hasta la suerte respetaba al equipo, siendo el aparatoso vendaje de la mano de Fernando Martín la única preocupación de Alfonso del Corral, recién retirado y con mucho más pelo. Sí, nada amenazaba aparentemente el futuro de este equipo en su intento por reverdecer glorias pasadas frente al dominio del eterno rival, pues a esas alturas de año nadie, absolutamente nadie, hablaba o rumoreaba acerca de las supuestas disputas en el vestuario; como los economistas con la crisis, todos los expertos acertaron con sus predicciones emitiéndolas una vez que los hechos habían acaecido.

El Real Madrid de aquella época, hijo de su tiempo, jugaba de otra forma y a otra velocidad, casi al paso, pero jugaba muy bien. Tenía un equipo muy equilibrado en los juegos interior-exterior, con algunos jugadores de puesto fijo (Llorente, base; Romay y los Martín, pívots) y varias piezas polivalentes, cosa novedosa en el baloncesto europeo, que le daban variedad (Biriukov y Drazen base-escolta, Rogers y Cargol alero-pívot). Evidentemente el genio de Sibenik absorbía mucho juego, pero es que el dominio que tenía era tal que, yo por lo menos, no he visto nada igual; si el Madrid entraba en los últimos cinco minutos de 10 abajo, podías relajarte en tu asiento y dar el partido por ganado ya que sabías que Petrovic cogería la manija y, triple a triple, entrada a entrada, tiro a tiro (preferentemente a tabla), personal a personal tras el inevitable resoplido, no lo dejaría escapar. Mas, a pesar de ese lógico peso específico de la estrella, Lolo Sáinz conseguía que la aportación del resto de jugadores fuese importante, no siendo el juego de su equipo un monólogo croata, siendo prueba de ello la aportación de John Rogers en la Copa, los puntos de Biriukov en esta misma final o el hecho de que Snaidero hubiese organizado su defensa para parar a un Fernando Martín que les había destrozado en Caserta (quizá, por eso, abriendo determinados espacios por donde se les colaron los 62 puntos de marras…).

La mañana del partido el cielo seguía siendo gris, y el viento frío arrastraba los restos de confeti de la noche anterior, arreciando tanto un momento dado, durante la obligada visita a la Acrópolis, que pareció llevarse por los aires a todos los visitantes y guardias del recinto convirtiéndome quizás en el único turista de los últimos 150 años que (helado, eso sí) ha paseado entre las ruinas completamente solo. Tras ese privilegio, al bajar entre los olivos hacia la ciudad, tuve el de encontrarme con el gran Óscar Schmidt, Esposito y un tercer jugador de Snaidero que tengo difuminado, que aprovechaban que la ventolera había amainado para relajar tensiones con la cultura o, a lo mejor, para ir a hacer un sacrificio a Niké (la Victoria) que, visto lo visto, no agradó demasiado a la diosa. Todos los demás, como ellos, teníamos que gastar nervios, hacer tiempo conociendo esa increíble ciudad hasta que llegase el momento esperado de ir al Pireo y ver, por fin, el balón lanzado al aire.

 

El Palacio de la Paz y la Amistad, sentado al borde del mar en medio de un gigantesco nudo de comunicaciones, era ya un recinto mítico para los amantes del baloncesto gracias al sudor de aquella selección griega que había hecho posible lo imposible, alcanzando la gloria ante la U.R.S.S. Parecía tremendamente más grande que el viejo Palacio, con su velódromo escondido debajo de las gradas móviles, que ya de por sí era una elefantiásica excepción en el tamaño de los pabellones españoles. El despliegue de seguridad para la final, algo que llamaba la atención en Grecia desde que bajabas del avión y veías la tanqueta de la policía aparcada en la puerta del aeropuerto, era aparatoso, pero altamente ineficiente. Los policías armados hasta los dientes se limitaban a estar entre la cancha y la grada, sin hacerte mucho caso; de hecho, dado que no había separación entre los asientos y la pista, podías levantarte, pasar tranquilamente entre ellos e ir al pie del parquet o a la bocana de vestuario sin que ninguno de ellos se inmutara, sobre todo si llevabas una cámara en la mano.

Tras el frenético partido, cuyas circunstancias y vicisitudes todos conocéis, y la entrega de aquella Copa de porcelana que más parecía un jarrón feo de los chinos que un trofeo continental, había que volver a Madrid. Como ya he contado en otra parte, si durante todo el viaje la constante había sido que la atención mediática estuviese focalizada casi exclusivamente en Drazen, perennemente rodeado y solicitado mientras que sus compañeros vivían algo más al margen de los focos, tras la final aquello alcanzó su paroxismo, especialmente por la aparición del presidente de la entidad que, copa de champán en mano, quería capitalizar como prestigio propio el éxito de su jugador estrella, en un deporte al que, a lo largo del año, habría acudido a ver una o ninguna vez. Tenía la ventaja Ramón Mendoza, respecto al Florentino Pérez de 2005 abrazando a Hamilton mientras decía “ven aquí, Bullock”, de que el de Sibenik era un jugador inconfundible…

A mi modo de ver, y vista la evolución del ambiente a lo largo de aquel vuelo, fue aquel desprecio tanto institucional como mediático hacia el resto del equipo el que pudo romper el ambiente del vestuario, más que el individualismo de Petrovic, por mucho que el malestar se verbalizara con esta coartada. Como ya he dicho más arriba, aquel Real Madrid era bastante más coral de lo que en un principio podría pensarse, con la importancia capital y lógica que un jugador del talante y el talento del de Sibenik tiene que absorber, pero que los demás jugadores asumen sin perjuicio del calentón puntual propio del juego, que todos hemos visto y vivido cuando te ves solo y el otro no te la pasa, pero que no trasciende más allá. Tendríamos que imaginar, como ejercicio de ucronía, qué habría sido de esa posteriormente manifiesta ruptura si las lesiones y el señor Neyro no se hubieran cruzado en el destino del equipo blanco. Por supuesto, esto es solo una opinión que, como dicen los leguleyos, someto a cualquier otra mejor fundada en Derecho…

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Theobald Philips en twitter: @TheobaldPhilips

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