Google+
jul 11, 2013

Enviado por en Blog Resultados NBA | 0 Comentarios

La canasta que venció al fútbol

La canasta que venció al fútbol

(Aclaración previa: lo que van a leer a continuación rememora un suceso acaecido el 4 de junio de 1983, razón por la cual este texto debió haber visto la luz el 4 de junio de 2013 para conmemorar su trigésimo aniversario. Pero se me fue el santo al cielo. En aquellos días andaba yo más pendiente de otros aniversarios, estaba además convencido de que esto que ahora les contaré había sido a finales de junio y no a primeros, cuando finalmente fui a mirar la fecha me quedé de piedra. En fin, en estos casos solían decir mi madre y mi abuela que todos los santos tienen octava, lo cual no sé muy bien lo que significa pero era su manera de explicar que tampoco pasa nada por conmemorar una efeméride unos cuantos días después. Me pongo a ello, ustedes me lo disculpen…)

Dado que antes de 1983 fue 1982 (parece obvio), quizá no estará de más que empiece dándoles un breve paseo por ese año para ponerles en antecedentes de lo que sucedió al año siguiente. En 1982 se celebró en este país un Mundial de Fútbol que de alguna manera significó un antes y un despuésantes fue la expectación, la parálisis total alrededor de dicho acontecimiento, la sensación de que nos disponíamos a asistir a un suceso irrepetible dado que no estábamos acostumbrados a organizar eventos de semejante calibre; después fue el hastío de fútbol, el hartazgo, el mal sabor de boca que nos quedó a todos tras un Mundial que fue un fracaso en lo organizativo y un fracaso aún más estrepitoso en lo deportivo, baste con recordar que nuestra selección ni siquiera fue capaz de ganar a Honduras o Irlanda del Norte. Por primera (y última, y única) vez la población parecía harta de fútbol, algo a lo que también contribuía el eterno caos que se había instalado alrededor de dicho deporte. En aquellos tiempos, por increíble que hoy nos pueda parecer, llegaríamos a vivir una temporada ciega: casi hasta el final no se televisaría ni un solo partido y durante buena parte de ella no se verían ni resúmenes siquiera, debido a la manifiesta incapacidad de las partes (Federación Española, Televisión Española) para ponerse de acuerdo. Y créanme que no hubo constancia de que nadie se suicidara por ello…

Y en éstas estábamos cuando en agosto de aquel mismo año de gracia de 1982 empezaron a llegar magníficas noticias de una lejana ciudad colombiana llamada Cali, donde otros jóvenes que no jugaban al fútbol empezaban a reconciliarnos con el concepto selección. Selección de baloncesto, en este caso. Toda la vida recordaré aquella madrugada de agosto que mi hermano y yo nos pasamos en vela en sabrá dios qué apartamento playero, escuchando (sí, escuchando, no se televisaba) cómo nuestra selección ganaba por primera vez en su historia a Estados Unidos en la voz de Juan Manuel Gozalo para Radio Nacional. Aquella noche (y las que vinieron después) finalmente supimos que otro deporte era posible, que había otros mundos que también estaban en éste, que había vida más allá del deporte rey. Aún tardaríamos bastantes años en caernos de la nube.

Así, con el fútbol todavía dudando de sí mismo y el baloncesto de repente encantado de haberse conocido, se apareció finalmente en nuestras vidas el Eurobasket de 1983. Tradicionalmente el Eurobasket, cualquier Eurobasket, venía siendo territorio prohibido para el baloncesto español. Salvo contadísimas excepciones (Barcelona 73, lo que pudo ser Italia 79) la historia de nuestras participaciones en los Campeonatos de Europa se resumía en que llegábamos, ganábamos algún partido insulso, perdíamos con Polonia, lográbamos alguna que otra victoria brillante, caíamos de paliza ante la URSS y/o Yugoslavia, fallábamos el día clave (o en su defecto nos era desfavorable el basket average) y finalmente acabábamos jugando por los puestos quinto al octavo, eso en el mejor de los casos. Ser séptimo era un buen resultado, ser quintos era ya un éxito apoteósico. Sé que esto chirriará a los más jóvenes, pero bien harán en interiorizarlo para cuando vuelvan las vacas flacas; que volverán, no les quepa la menor duda…

Pero estábamos en 1983, más concretamente en aquel 26 de mayo de 1983 en que un montón de aficionados al baloncesto (así los de toda la vida como los sobrevenidos) y de público en general nos sentamos ante el televisor para ver por fin el debut de nuestra selección ante Italia, en el Eurobasket de Francia… O eso creíamos nosotros. Llegó la hora del partido y aquello que no empezaba o mejor dicho, empezar se suponía que ya tendría que haber empezado pero nosotros no podíamos verlo. Minutos musicales, algún documental sobre la cría del somormujo en cautividad, cualesquiera otros contenidos que soliera utilizar el Ente (suponiendo que en aquel entonces ya fuera un ente) para entretener la espera mientras repetían la socorrida retahíla de costumbre, estamos a la espera de conectar con Limoges para ofrecerles el encuentro España-Italia, por favor, permanezcan atentos a sus pantallas. ¿Qué estaba pasando? No había Internet, no sé siquiera si había Teletexto (y tanto daría, aunque lo hubiera), quedaba irnos a la radio, dar una vuelta por el dial y descubrir por fin dónde estaba el problema: la FIBA y/o el Comité Organizador, como el gendarme aquel de Casablanca, habían descubierto que aquí se juega. La FIBA y/o el Comité Organizador, que tenían prohibida la publicidad en las camisetas (qué tiempos), acababan de descubrir que nuestra selección llevaba publicidad en las camisetas.

Y bien grande por cierto. Una letra B y dos letras E entrelazadas componiendo el inconfundible logo del patrocinador, el Banco Exterior de España, entidad financiera pública que años más tarde se fusionó con Caja Postal para formar Argentaria y aún años más tarde se fusionó con (o fue absorbida por, no sé) el Banco Bilbao-Vizcaya para formar lo que hoy conocemos por BBVA. Aquel banco pagaba una pasta por aparecer en esas camisetas, los organizadores decían que no se nos televisaría ni un solo minuto mientras aquella publicidad no desapareciera de las mismas… ¿Qué hacer? Los altos directivos de la Federación Española de Baloncesto decidieron que no les quedaba más remedio que ofrecer una explicación convincente y plausible, así que fueron a la FIBA y les dijeron que no, mire usted, publicidad ninguna, cómo se les ocurre siquiera pensar eso, hasta ahí podíamos llegar, esas siglas BEE en realidad no significan Banco Exterior de España sino Baloncesto Equipo Español, a ver qué otra cosa habrían de significar… No insultaré a la inteligencia de los altos ejecutivos de la FIBA diciendo que se lo creyeron (aunque eso fue lo que se nos vendió en su día), más bien diré que fue un bueeeeeeno, aceptamos barco como animal acuático (o pulpo como animal de compañía), aceptamos cualquier cosa con tal de desfacer este entuerto, si nos decís que esas siglas BEE significan Baloncesto Equipo Español haremos como que nos lo creemos y si nos decís que son la onomatopeya de un balido para ilustrar la actitud de lobos con piel de cordero que traéis a este Campeonato pues nos lo creeremos también, nos creeremos todo lo que haga falta para salir de este atolladero. Hacia el comienzo de la segunda parte la selección apareció por fin en nuestros televisores, por supuesto con el logo del Banco Exterior bien visible en su camiseta; ya no volvería a desaparecer.

Perdimos finalmente de 1 aquel partido inaugural contra Italia, quién nos iba a decir entonces que ya no volveríamos a perder con ningún otro equipo que no fuera Italia. Porque el siguiente escollo era más difícil todavía, Yugoslavia, jamás habíamos ganado en partido oficial a Yugoslavia, alguna vez habíamos estado cerca (por ejemplo un año antes, en el tercer y cuarto puesto de Cali) pero nunca lo habíamos conseguido y ahora nos veíamos abocados a conseguirlo si queríamos que el sueño de estar en semifinales pudiera hacerse realidad. Misión casi imposible, tanto más cuanto que en la primera mitad llegamos a estar 13 abajo (no es que lo recuerde, a tanto no llego, es más bien que me he documentado convenientemente volviendo a ver dicho encuentro) mientras Slavnic, Kicanovic o Dalipagic nos las ensartaban de todos los colores. En la segunda mitad cambió la tónica, apretamos, defendimos y llegamos prácticamente igualados a un final agónico, angustioso, 1 arriba para nosotros pero toda una posesión entera para ellos, falla Vilfan, cogen el rebote, se la dan a Petrovic (sí, a ese mismo Petrovic que está usted pensando, de nombre Drazen, apenas 18 añitos por aquel entonces, recién rescatado del banquillo para jugarse la bola final),  entra con todo pero también falla, rebote otra vez para Radovanovic ya casi sobre la bocina, aún le quedará tiempo para intentar una última bandeja, para que la bola se pasee sobre el aro haciendo una pavorosa corbata, para que finalmente se acabe saliendo… La locura.

Aquel Campeonato se jugaba de una forma rara (para lo que ahora estamos acostumbrados), dos grupos de seis equipos, no había cuartos de final, los dos primeros clasificados de cada grupo pasaban directamente a semifinales.
Es decir, nos bastaba con ganar a los otros tres equipos del grupo, Francia, Suecia y Grecia, tarea relativamente sencilla porque eran presuntamente más débiles (eran otros tiempos) pero que en realidad no lo fue tanto, de hecho con el anfitrión se pasaron serios apuros (todo el Torneo llevábamos al borde del infarto) y con Suecia tres cuartos de lo mismo, sólo a Grecia le ganamos con cierta holgura. Yugoslavia e Italia también fueron haciendo sus deberes, así que llegaron a esa última jornada abocados a jugarse el todo por el todo el uno contra el otro, en un partido a vida o muerte… Tan a vida o muerte fue que alguno se lo tomó al pie de la letra, de hecho aquel encuentro pasó a la historia (negra) de nuestro deporte como la Batalla de las Tijeras. Ganó Italia 91-76, Yugoslavia se quedó fuera de la lucha por las medallas por primera vez en muchos años, afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales, muy poco pasó para lo que pudo pasar.

Italia pasó como primera de grupo y España como segunda para cruzarse con los mejores del otro lado, la URSS por supuesto en primer lugar y una sorprendente Holanda (que jamás en su historia se ha vuelto a ver en otra parecida) en segundo lugar. Ni que decir tiene que ante semejante panorama la Unión Soviética quedaba ya como única e indiscutible favorita al trono, ni que decir tiene que precisamente esa misma Unión Soviética (la de dios: Valters, Khomicius, Iovaisha, Eremin, Myshkin, Lopatov, Tarakanov, Belosteny y hasta un fornido mocetón de apenas dieciocho tacos llamado Arvydas que acostumbraba ya a sembrar el pánico a tan temprana edad) habría de ser nuestro rival en semis… Toda mi vida recordaré aquella tarde, toda mi vida recordaré que un montón de amigos habíamos quedado (como si no hubiera otra tarde para quedar), que salí con gran dolor de mi corazón, que fuimos a parar a un pub del barrio de Moratalaz (en una zona de copas que llamaban La Lonja, que puede que hoy ya ni exista siquiera), que llegamos y (no sin disimulo) clavé mis ojos ante el televisor, que un rato después ya no era yo sino todos mis amigos (no especialmente aficionados al baloncesto) los que también tenían la vista puesta en el televisor, que cuando llegó aquel último minuto no quedaba ya un alma en aquel enorme pub de dos pisos que no estuviera mirando cómo se nos apagaba la luz, cómo los soviéticos nos recortaban y se ponían a 1 a falta de 40 segundos, cómo en los 30 segundos siguientes ni dios parecía atreverse a mirar el aro hasta que la bola fue a parar a Epi (más bien fue el propio Epi quien se la quitó de las manos a Andrés Jiménez), cómo nacería en aquel mismo momento (o acaso ya existiera) el concepto episistema, el susodicho que se levanta sobre el mismísimo final de posesión, la bola que entra limpia, tres arriba, quedan menos de 10 segundos pero ya da igual, aún no se ha instaurado el triple, Eremin cruza la pista de lado a lado pero su canasta postrera ya no sirve para nada, final, ¡¡¡FINAL!!! y en aquel pub de Moratalaz y en el país entero ya sólo nos faltaba pellizcarnos, ya nos mirabamos los unos a los otros como para confirmar que era cierto, como si cualquier cosa nos pudiera despertar… Epi con aquella canasta había sellado la victoria y había logrado además otra victoria; pero eso no lo sabíamos todavía.

Aquello era muy grande, era como alcanzar por fin la mayoría de edad de nuestro baloncesto, el justo premio a lo que ya se había apuntado en Cali’82 y el paso previo al colofón que supondría (quién nos iba a decir entonces) Los Ángeles’84. Íbamos a jugar la mismísima Final del Eurobasket, en Nantes, el sábado 4 de junio a las 8 de la tarde… día y hora que no tendrían nada de particular si no fuera porque ese mismo sábado 4 de junio a las 9 de la noche, en Zaragoza, debía disputarse la Final de la Copa del Rey de fútbol. Y no era una final cualquiera, no era un Betis-Osasuna ni un Celta-Levante (dicho sea con todos los respetos hacia estos cuatro equipos y hacia cualesquiera otros que se nos pudieran ocurrir), no… Real Madrid-Barcelona, Barça-Madrid, el acabose, el partido del siglo de ese año. Si en un mes hay dos acontecimientos que merezcan la pena ambos sucederán inexorablemente en la misma noche, dicen que dijo Murphy, y aquí estaba la prueba irrefutable. A partir de las 21:00 los telespectadores tendríamos que escoger entre la segunda parte del baloncesto y la primera del fútbol, ello suponiendo que pudiéramos escoger ya que no había más Televisión que la Española y no había más canales que La1 y La2, y en aquel entonces TVE tenía la rigurosa política de no dar jamás deporte por ambas cadenas a la vez para no perjudicar así los legítimos intereses de todos aquellos ciudadanos no aficionados al deporte. Vamos, que era más que probable que cortaran el baloncesto en cuanto empezara a sonar el himno en La Romareda, que ya no volvieran a él (en diferido, obviamente) hasta que el Rey hubiera entregado la Copa, eso en el mejor de los casos…

O no. O tal vez pudiera haber una solución. Evidentemente no puedes plantearte cambiar la hora de un evento internacional televisado a chiquicientos países como era la Final del Eurobasket, pero quizá sí puedas cambiar la hora de un evento de ámbito nacional como la Final de Copa. Con retrasarla sólo una hora sería más que suficiente… Ni que decir tiene que la Real Federación Española de Fútbol se negó en redondo, hasta ahí podíamos llegar. La RFEF podía sentir el aliento del baloncesto en el cogote y miraba con recelo todo lo que tuviera que ver con ese extraño deporte que amenazaba con subírsele a las barbas y osaba cuestionar su sempiterna supremacía, como para plantearse siquiera mover su finalísima, sí hombre sí, lo llevan claro, cambiar de hora nuestro principal evento del año por un simple partido de la mariconada esa de las canastas, sólo eso faltaba, pero qué se han creído, habrase visto tamaña atrocidad… Y además en este caso tenían una coartada sólida, mire usted, la Final de la Copa del Rey suele presidirla el Rey dado que el fútbol es el deporte rey como su propio nombre indica, a nosotros podría no importarnos ese cambio de hora, bien lo sabe dios, pero comprenderán que no vamos a modificar la sacrosanta agenda de su Majestad, tendrá ya toda clase de compromisos y obligaciones para esa noche como corresponde a alguien de tan alto rango y tan elevada condición, cómo habríamos nosotros (pobres mortales) de sugerirle siquiera que los cambie

En este punto de la historia entra en juego un personaje capital en aquellos tiempos, un volcánico periodista deportivo que sin duda les resultará familiar (incluso aunque no nacieran a tiempo de conocerlo), un sujeto que casi nunca fue santo de mi devoción pero a quien al menos por esta vez habremos de estarle eternamente agradecidos: José María García, también conocido entonces como Supergarcía o como Butanito según las simpatías (o antipatías) que despertara en cada cual. Uno de los mantras que solía repetir García a cada rato es que el periodista debe ser un simple notario de la actualidad, él lo decía como si se lo creyera pero luego se esforzaba repetidamente en incumplirlo, en demasiadas ocasiones no se limitó a dar testimonio de esa actualidad sino se esforzó en ser parte de ella, una moda que por desgracia prosperó y llegó hasta nuestros días, ya no necesariamente (o no sólo) en el ámbito del deporte. A García le encantaba ser protagonista. Asumió aquella causa como suya propia (dado que además y para más inri se llevaba a matar con los dirigentes de la RFEF) y pidió la mediación del Consejo Superior de Deportes (o como se llamara ese organismo entonces) para que interviniera, para que obligara a la Federación a retrasar tan solo una hora el comienzo de su Final. Pero ni por esas. Haría falta picar más arriba… Años atrás, en otra final de Copa, García se había metido en el antepalco durante el descanso, micrófono en ristre, con la insana intención de entrevistar a todo bicho viviente que se le pusiera por delante. Poco a poco fue viniéndose arriba, tan arriba se vino que en un momento dado debió plantearse (o quizá lo tuviera ya pensado de antemano), anda ¿y por qué no al Rey? Entrevistar a Su Majestad era algo impensable por aquel entonces (casi sigue siéndolo ahora), evidentemente los guardaespaldas no le dejaron ni acercarse. Pero entre aquella marabunta de brazos de alguna manera debió apañárselas para colar el micrófono, y así de repente y sin previo aviso emergió por nuestros transistores una voz que no resultaba tremendamente familiar, ese tono tan campechano, te ezcucho muchaz nochez, Jozé Madía, bastaron esas seis palabras para
que García se esponjara, debió crecer como veinte centímetros de alto y otros tantos de ancho aquel día.

Es decir, García contaba con la complicidad de la Casa Real, se sabía escuchado en La Zarzuela y apeló en antena a la sensibilidad de dicha Institución para que no se privara al pueblo español de la posibilidad de presenciar íntegros ambos espectáculos deportivos. Fue suficiente. No sé quién llamó a quién ni cómo se desencadenó el proceso, sí sé que finalmente llegó la conformidad Real y a partir de ahí ya todo fue mucho más fácil: el Consejo Superior de Deportes (o como se llamara) se lo dijo a la Federación y a ésta (ya sin coartada) no le quedó otra que ceder, a ver cómo iba a ir en contra de los expresos deseos de Su Majestad. Eso sí, a regañadientes, tan rabiosos estaban que aún se reservaron el derecho al pataleo, en la casa de todos tendremos que hacer lo que nos manden pero al menos en la nuestra podremos hacer lo que nos dé la gana: retrasaron una hora el comienzo del fútbol para dejar sitio al basket (a la fuerza ahorcan) pero se negaron tajantemente a que éste pudiera verse por los videomarcadores de La Romareda. Es decir, al final los únicos ciudadanos que no tuvieron posibilidad alguna de ver el baloncesto fueron precisamente aquellos que estaban en las gradas esperando que empezara el fútbol. Por si a alguno le hubiera podido apetecer.

Si esto fuera ficción requeriría un final épico a juego con la historia, pero aquello era la cruda realidad y ahí por desgracia las cosas no suelen acabar tan bien. España perdió aquella Final, la perdió como había perdido las anteriores y como perdería las siguientes, éramos como el chiste aquél del póker, - Me encanta jugar finales y perder… - ¿Y ganar? - Joder, ganar debe de ser la hostia… Aún nos llevaría veintitrés años comprobarlo en categoría absoluta, sólo dieciséis en categoría júnior. Aquella plata y (sobre todo) aquella otra que vendría catorce meses después en Los Ángeles contribuirían a inflar todavía más una burbuja que aún tardaría unos cuantos años en explotar (para ya no volverse a hinchar jamás). Pero que tampoco llegaría a poner nunca en peligro la supremacía del fútbol, no nos engañemos, a ellos la paranoia baloncestera aún les duraría un tiempo pero la supuesta crisis se les acabaría en apenas unos meses, 12-1 a Malta mediante. Eso sí, lo que ya nadie nos quitaría sería la satisfacción (ni a ellos el disgusto) por aquel hito que no tenía precedentes en la historia y que ya nunca jamás volvería a suceder: por primera (y última, y única) vez, un partido (y qué partido) de fútbol se vio obligado a retrasar su horario por culpa de un partido de baloncesto. No, no ganamos aquella Final, pero puede que lográramos otra victoria mucho más grande. Aunque entonces casi no nos diéramos cuenta.

———————————

José Díaz Tenorio en Twiiter: @Zaid5x5

468 ad
Plugin from the creators of Brindes :: More at Plulz Wordpress Plugins