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feb 19, 2013

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El zarpazo del Oso

El zarpazo del Oso

Cuando tus esperanzas de tener un buen arranque liguero no se cumplen, los implicados se preocupan. Esos mismos implicados habían sufrido aquella tragedia por actos, llamada playoffs de descenso. Y es que, lo que tenían claro en el seno de Estudiantes Caja Postal, era que aquel mocetón de 2.08, fornido, llamado Craig McCormick, no estaba dando la talla. Y que en aquella ACB 84-85, si eras americano, debía ser un prolífico anotador. La definición de “gris, pero efectivo”, no llegó a valer en el Ramiro.

Así que, un puñado de jornadas después, al tal McCormick se le sustituye por alguien que se presentó en la Ciudad Deportiva del Real Madrid en su debut, tirando a bajo para ser pívot, con aspecto fondón y algo despistado. En el límite entre “este no dura un mes” y el “algo tendrá para que haya llegado hasta aquí”. Pues sí, John Pinone tenía algo.

A la guardia que utilizaba Paco Garrido (los jovenzuelos Carlos Montes, Javier García Coll, Pedro Rodríguez, Imanol Rementería, recién cumplidita la veintena en todos, junto a un par de veteranos como Héctor Perotas y Vicente Gil), apareció aquel David Russell, que nunca supe por qué el maestro Aíto García Reneses no sacó el partido que podía dar, tras su paso por el Joventut de Badalona. Y para aspirar a no descender, a ganar al Real Madrid, a llegar a puestos de playoffs, apareció este Pinone.

Un año, dos, tres…Haciendo las delicias en Magariños. Pies colgando en aquellas gradas con forma de balcones y fondo demente al son de “El Gavioto”, con sus cánticos: “Siéntate, levántate” a los entrenadores, “Uno, dos, tres…diez, ooooonce: Es la ilusión de todos los días…” a los árbitros, “Sí, sí, sí, me mola Petrovic” a los madridistas, cuando tenían al genio de Sibenik como tortura. Pinone estaba tan integrado en el club como aquellos cánticos.

Ese espectáculo era demasiado grande como para encerrarlo en aquella caja de bombones llamada Magariños y se mudaron al Palacio de Goya, a ver éxitos. A que los vieran todos. Caja Postal se tomó un respiro como sponsor. Pero, qué demonios,  eran tiempos en que todos se pegaban por patrocinar aquello de la liga de baloncesto, que tanto atraía a todos: Todagrés, Bose…Cambio de colores, mismos protagonistas, que fueron diciendo adiós. El mítico Perotas se fue retirando, Paco Garrido firmó por Cajabilbao y se llevó a Vicente Gil de la mano, Russell y sus rodillas no aguantaban más de media temporada y se fueron cansando de sus sustitutos esporádicos. Y John Pinone vio cómo los oseznos que iban surgiendo, crecían a su alrededor. Con su sello y su carisma. El de un nuevo Estudiantes, al que dio gen competitivo, gen ganador. Aparece Antúnez, más tarde Azofra; Alberto Herreros, César Arranz, Pablo Martínez y se ficha a otro mozalbete que culminó en el “Estu” su itinerario madrileño: Juan Antonio Orenga, tras salir del junior del Real Madrid, viajó por Collado Villalba, Cajamadrid, acabando en el Ramiro.

Ya tenemos el bloque. Ahora manda “el Cura”, Miguel Ángel Martín. Bueno, Miguel Angel Martín y Pinone, por supuesto. Y esa casa, ese equipo de patio de colegio, con sus jerarquías y su idiosincrasia, John se lo va inculcando al nuevo: Ricky Winslow, que no tiene ni “papa” de hablar castellano, pero sí sabe que en aquel equipo se lo pasan todos pipa y se celebra cualquier cosa.

Antúnez era todo lo contrario a Vicente Gil: potencia, agresividad, menos calculador y dirección…La justa. Dolor de cabeza de los pívots rivales a los que enojaba porque un enano les metía una canasta delante de sus narices (prototipo del pívot ochentero: estadounidense, de raza negra, con pinta de ogro y ganando dólares haciéndose respetar), pero para coger la batuta de los estudiantiles (nuevamente apellidados “Caja Postal”), estaba el gran “Pinoso”. Recibía desde poste alto y marcaba, mandaba, dirigía. Un delicia. Por eso, cuando Antúnez consiguió su anhelo de fichar por el Real Madrid, el “base” del equipo, se mantenía. Porque era Pinone el que movía aquella maquinaria, nueva, pulida, reluciente. Si además, aparece el pequeño geniecillo de Nacho Azofra, pues es como que el fuego lento va culminando el guiso.

Rodeado de Herreros, Orenga, Winslow (que en buena dinámica de victorias, estaba motivado), todos son ganadores. John es feliz. Es el jefe de un equipo que suma victorias. Muchas. Y exhibiciones. Las de la Copa del Rey de Zaragoza, donde pierden una final que casi tenían ganada, tras apalizar al anfitrión CAI Zaragoza y el futuro campeón de liga, el Montigalá Joventut. Y llegó el año siguiente, el de la culminación.

Pinone ya era un veteranazo. De su mano caminaba Estudiantes hacia el éxito. No anota los puntos de antes ni rebotea lo mismo. Tiene el recurso de su “zarpazo”, ese mismo que dejaba los dedos marcados en los brazos de los rivales (que decían “¡joder, pero como es del Oso, no es falta!”) muy de vez en cuando. Pero era el líder. Como veterano, mira el dinero más que nadie. Su horizonte no tenía tantos años de baloncesto como el resto y hay que optimizar recursos y cuenta bancaria. Y claro, hay que mirar por la economía. Y toca negociar primas por las victorias…porque ya se ganaban muchos partidos.

Y cuando más cansados parecían, ganan una Copa del Rey (29 años después) y llegan a una Final Four de aquella recién nacida Liga Europea. Todo en 2 semanas. Y ahí quedó para la historia. Una historia que quiso que Pinone tuviese un año más en Estudiantes, para que lo degustásemos. Para que se despidiera. Para que, como recordó Guillermo Ortíz en el último programa de “Tirando a Fallar” (pincha aquí si quieres escucharlo) en la entrevista con nuestro protagonista, dijera adiós frente al, curiosamente, Real Madrid. Tal como empezó. Nueve años después había una Demencia que, media hora después del partido, cantaba “Si no sale Pinoso, no nos moverán. Si no sale Pinoso, no nos moverán. Porque en el Estu está toda su viiiida, noooo nos moveráaan”. Aquel barbudo del Mundial de Cali (que nos enteramos después), aquel despistado debutando en territorio madridista, aquel icono de la calle Serrano. Delfines sonriendo cuando lo recuerdan, porque en su honor vieron jóvenes jubilosos bañándose en su fuente. Los que vitoreaban el “Pi, Pi, Pinoso”. Los que se rindieron ante este tipo de Connecticut que nunca esperó cumplir una carrera baloncestística en un equipo de patio de colegio.

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Antonio Rodríguez en twitter: @tonystorygnba

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