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ago 7, 2012

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Partituras Olímpicas (VII): El partido más polémico de la historia

Partituras Olímpicas (VII): El partido más polémico de la historia

Durante el verano de 2012, Antonio Rodríguez publicará en www.tirandoafallar.com una entrega semanal relacionada con la historia de los Juegos Olímpicos, ante la inminente llegada de la esperada cita en Londres’2012. Poco a poco, nos irá acercando a personajes estelares y situaciones particulares que se dieron alrededor de esta gran cita que han llenado páginas doradas de la historia de nuestro deporte.

              “Yo he ganado MVP’s, campeonatos, tomado drogas…y éste fue el mayor subidón que jamás he tenido: ganar la medalla de oro”. Estas declaraciones proceden de Spencer Haywood, recordando su título olímpico en México’68. Era una sensación común de todos los jugadores que representaron a Estados Unidos en las siete competiciones olímpicas previas en las que hubo torneo de baloncesto. Muchos dicen que no eran conscientes de su valor por su juventud, de la magnitud que tenía el hecho de subir al pódium y escuchar el himno bajo la sombra de las barras y estrellas. Sí coinciden, sin embargo, que la sensación era de tocar el cielo.

Pues en  los Juegos Olímpicos de Munich’72, apareció un equipo yankee que se toparía con una cruda e inesperada realidad: el ascenso del baloncesto del resto del mundo. Aquello que quedó minimizado en Tokio’64 por una gran e infravalorada selección USA y diezmado también por la calidad del protagonista  cuyas declaraciones sirven de prólogo en este artículo cuatro años después, se mostró en el Sportshalle de Munich en toda su magnificencia. Algunos “scouters” hablan del escaso calado de sus advertencias a los oídos de Henry Iba, seleccionador del combinado americano. Esto junto con alguna otra circunstancia que aquí explicaremos, tuvieron su punto de encuentro para que  la noche del 9 de Septiembre de 1972, diera lugar al partido más polémico de la historia de nuestro deporte.

Conveniente sería situarnos en el baloncesto estadounidense del momento. Encontrando paralelismo a los tiempos de hoy en día y con la gestación de aquella liga paralela, la ABA, muchos de los talentos universitarios del momento emigraban al profesionalismo, por lo que se les excluía de poder defender a la selección de su país. Y hubo casos que hicieron mucho daño al combinado que se formó para estos Juegos Olímpicos. El que pívots como Jim Chones o Artis Gilmore diesen el salto de forma prematura, hería a estos combinados que con ellos a buen seguro, nunca dejarían escapar el oro. También los libros hablan del gran “Doctor J”, que Julius Erving, fuera otro de los integrantes de esa lista de deseados. A decir verdad, Erving, desde la pequeña universidad de Massachussets, no salió del anonimato hasta sus primeros mates en la ABA y extraña me parecería su inclusión.

Otros en cambio, como David Thompson o sobre todo Bill Walton, declinaron la invitación olímpica. Walton era el jugador más determinante de la NCAA y ese  rechazo sí que escoció especialmente,  porque se contaba con él. El que tuviera algún pequeño problema con la ley, siendo uno de los protagonistas en una manifestación en contra de la guerra del Vietnam, pareció marcarle. Pero como confesó en su autobiografía, no tenía ninguna intención de ser concentrado por Henry Iba, tras la pésima experiencia sufrida con la selección de Estados Unidos en el Mundobasket de Ljubljana’70, donde siendo aún jugador de instituto, al margen de jugar muy pocos minutos, sufrió por parte del entrenador Hal Fischer todo tipo de insultos, vejaciones y un sobreentrenamiento del que sus piernas y sus pies tendrían futuras secuelas en su carrera. Y algo de razón en su previsión tenía, puesto que los trials de la preselección tuvieron tintes de campo de concentración a nivel deportivo.

“Fueron los 21 días más duros de mi vida” recordaba Doug Collins 30 años después. Hawaii fue elegida como la residencia para la preparación. Y lo que suena a sol, playa, distracciones…nada más lejos de la realidad. Estuvieron recluidos sin el más mínimo atisbo de relajación, envueltos en una disciplina militar. Tenían tres agotadoras sesiones de entrenamientos diarias. Y tan estricto régimen, se llevó víctimas de por medio. Swen Nater, el pívot reserva de Bill Walton en UCLA, tras la baja de éste, fue uno de los elegidos, porque gustaba de sus notables aptitudes ofensivas. La planificación diaria hacía que los jugadores debían comer media hora después de cada entrenamiento. “Yo pedí a Iba si podía comer más tarde. Para mí, era imposible ingerir comida con tan poco tiempo tras el esfuerzo. Me contestó que no podía hacer nada por mí, que mantendría ese sistema para todos”. Nater tuvo que abandonar la concentración días después, tras perder ¡más de 8 kilos en 5 días!  

Con ese altísimo umbral de sacrificio e intensidad que Henry Iba impuso en sus jugadores, se aseguraba que ninguna otra selección  les pudiese seguir en tal ritmo, porque finalmente convocó grandes atletas. (La lista finalmente estuvo compuesta por: Mike Bantom, Jim Brewer, Tom Burleson, Doug Collins, Kenny Davis, James Forbes, Tom Henderson, Bobby Jones, Dwight Jones, Kevin Joyce, Tom McMillen y Ed Ratleff. Todos, excepto Davis, jugaron en la NBA. Pero a excepción de la brillante carrera de Collins, los demás estuvieron un puñado de años sin cuajar en la gran liga). De hecho, su promedio de puntos encajados no llegó a 44 puntos en el torneo olímpico.

El estilo de juego de este equipo USA quedó reflejado, tanto en el debut (Checoslovaquia anotó 3 canastas en la primera mitad, para un 66-35 definitivo) como en las semifinales frente a Italia, donde los azzurri se quedaron en 16 puntos al descanso para llegar al final con 68-38, anotando sus últimos 8, casi de maquillaje, en los momentos finales. Henry Iba impuso una defensa muy agresiva, cargando mucho el rebote con tres hombres interiores de forma permanente. Sin embargo, tuvo muchas críticas ya por su elección en el cargo. En 1972 contaba con 70 años y llevaba 2 retirado de su universidad de siempre, Oklahoma A&M (la actual Oklahoma State). Haber aupado a su país al oro en Tokio’64 y Mexico’68 le dio credenciales como para ofrecerle esta tercera oportunidad. Esa intensidad tan sólo la pudieron aguantar Brasil (61-54), que contaba en sus pívots con Marquinho, un 2.14 de extremada habilidad, como el mítico e incansable Ubiratán. Aunque no se puede negar el mérito que tuvo nuestra Selección Española, que sin contar ese día ni con Luyk ni Brabender, nuestros dos mejores hombres -deferencia para no enfrentarse a su nación de origen-, se disputó un excelente choque en el que  los nuestros se fueron por 8 puntos en la primera parte para ir igualados al descanso (31-31) y remontar los 10 puntos que los estadounidenses tomaron en la 2ª mitad (46-36), para mantener una igualdad a 50 a falta de 6 minutos. Con la máquina USA a pleno rendimiento, fueron derrotados finalmente  por 72-56. Tanto Santillana como Rullán (14 puntos cada uno) jugaron un partido extraordinario ante los pívots rivales.

La URSS, que llegaba imbatida, tras derrotar en su grupo tanto a Italia (79-66) como a Yugoslavia (74-67), encarando las semifinales ante Cuba (67-61), se presentaba en una final extremadamente extraña desde su inicio. Y no solamente por el impacto que supuso entre los atletas el atentado terrorista del comando palestino “Septiembre negro” cuatro días antes, cuando secuestraron a 11 atletas israelitas que posteriormente fallecieron, junto a cuatro de los terroristas y un policía alemán, en la fracasada operación de rescate, sino que la cadena estadounidense ABC había pagado 12.5 millones de dólares por los derechos de emisión de estos Juegos. El avance tecnológico de los satélites en los años precedentes, les aseguraba que la cobertura nacional llegara a todos los hogares, enlazando unos con otros a los niveles más locales. De hecho, los rectores de la ABC tuvieron muchos problemas previos con la organización alemana, puesto que ellos querían tener su propia realización televisiva, enviando sus propias cámaras y ubicándolas a su antojo. El dólar tiene su peso y finalmente el comité organizador accedió. De tal pesquisa, que la final de baloncesto se disputó el ya mencionado 9 de Septiembre, a la curiosa hora de las 23:45 hora local en Munich, para que tuviera la máxima difusión entre la población yankee.

                Esta final casi de medianoche, se inició con el dominio de los soviéticos en el marcador, que mantuvieron tal delantera hasta a falta de 3 segundos. Los últimos y fatídicos tres segundos de la polémica. Una de las mayores críticas que tuvo el seleccionador estadounidense Henry Iba fue el no utilizar la velocidad en sus jugadores. Iba no creía en los contragolpes, sino en el juego estático de 5 contra cinco. Y la mayor experiencia soviética les sumergió en un juego denso, con numerosas pérdidas de balón en la primera mitad. Algo que ya, desde un medio español, adelantaba el ex seleccionador español Fernando Font, posteriormente publicado en la revista “Rebote”:

Otra de las facetas en que no convenció a gran parte de los que fuimos allí a ver baloncesto, fue el juego de ataque de los americanos. Sumamente estáticos los tres hombres grandes (…) No nos gustó el “sistema Iba” porque no le vimos que diese resultado a lo largo del campeonato (…) ¿Será todo esto una distracción para los contrarios y saldrán con algo inesperado en la final? Pero no era distracción. No era engaño. Eso era todo: altura, rebote y sobre todo, poder defensivo”.

                Los soviéticos flotaban a los tiradores USA, que apenas se atrevían a lanzar desde media distancia. Sin embargo, una de las sorpresas con la que los americanos se encontraron en la final, fue algo con lo que jamás tuvieron que negociar durante el torneo olímpico: la disputa del rebote. Su superioridad bajo tableros fue tal, que estaban absolutamente convencidos que a más posesiones, victoria segura. Los soviéticos contaban con los pívots Alzhan Zharmukhamedov (2.07) y el joven de 21 años Alexander Belov (2.04), que representaban la nueva savia del baloncesto soviético. Enterrados mastodontes históricos como el gigante Krumins u hombres de brazos interminables, pero livianos y poco físicos como Vladimir Andreev, a pesar de tener 2.14, los pívots eran atléticos, intensos (Belov era una versión adelantada de Rodman, saltando una y otra vez por el rebote hasta lograrlo) y aunque técnicamente limitados, no sólo aseguraban su propio tablero, sino que palmeaban y tocaban en infinidad de ocasiones rechaces ofensivos.

Y el remate de la superioridad soviética, lo daba la dirección y el conocimiento del juego del base Zurab Zakandelidze y el enorme talento de uno de los reyes de Europa: el alero Sergei Belov. Belov era la estrella que los estadounidenses conocían, e incluso sacaban pecho viendo sus acciones, puesto que las giras invernales de la selección de la URSS por tierras americanas les hacían aprender y tener oportunidad de ver a las estrellas NBA, como Jerry West. A los analistas estadounidenses les llamaba poderosamente la atención que los gestos de Belov, sobre todo su suave y elegante mecánica de tiro, eran calcados a los de West. Ese ramalazo vanidoso de “los soviéticos aprenden de los mejores” se les atragantó cuando Belov anotó 10 puntos consecutivos en la final, en cinco suspensiones, llegando un momento en el que lo vieron imparable. Todo ello tuvo como resultado el 26-21 a favor de la URSS al descanso.

El que la URSS llevara cientos de partidos jugando juntos, era un arma tan anhelada como valorada por los americanos, que  veían cómo sus jóvenes habían disputado apenas 12 partidos como equipo. Cuando se vieron por debajo  en el marcador por 10 puntos mediada la segunda parte, presionaron mucho más fuerte en defensa, se les permitió -al fin- correr y el signo del partido cambió por completo. A los soviéticos les entraron los nervios, el miedo a ganar (las 62 victorias consecutivas de USA en Juegos Olímpicos, pesaron mucho más que la veteranía de la URSS), y vieron menguar su diferencia hasta un 44-40 a falta de 4 minutos, con tensión incluida, como el conato de enfrentamiento entre Mikhail Korkhia y Dwight Jones tras la lucha  por un rebote, siendo ambos expulsados, algo que dolió especialmente a la escuadra de Iba, puesto que los rebotes de Jones estaban siendo uno de sus revulsivos. También Alexander Belov, en un intento de tapón, se golpeó la cabeza contra el tablero, sangrando abundantemente, aunque pudo volver posteriormente  -obvio-, a jugar.  Kevin Joyce con más libertad de movimientos, anotó 6 puntos consecutivos que deja la diferencia  en 1 punto (47-46) a falta de 1:47. Con una suspensión de Forbes (49-48), seguido por un tapón de McMillen a Alexander Belov, que pudo recuperar y sacar el balón fuera hacia su base a falta de 8 segundos, comenzó la mayor locura dentro de una pista de baloncesto jamás vivida. Los segundos que más discordia han sembrado en la historia de nuestro deporte.

La trayectoria de ese pase largo la cortaría Doug Collins en medio campo, encaminándose a la carrera hacia la canasta rival en busca del milagro y la gloria. Sakandelidze, en acción desesperada, le hizo una peligrosa falta en la entrada, dando con el bueno de Doug, posterior entrenador NBA, contra el soporte de la canasta en un aparatoso golpe, teniendo que ser atendido. Pero no había conseguido la canasta. Restaban 3 segundos.

Mientras recuperan a Doug Collins, que por carácter, sabían que era el hombre perfecto para anotar los dos tiros libres, la mesa de anotadores, parte fundamental en esta historia, pregunta al banquillo soviético si quiere pedir el tiempo muerto que les restaba. Kondrashin, el seleccionador de la URSS, les hizo con gestos un “por supuesto que no”. Las normas de la FIBA en aquellos tiempos, dictaban que podías solicitar tiempo muerto antes del primer tiro libre o del segundo. Nunca más tarde. Los soviéticos querían solicitarlo previo al segundo lanzamiento, planificando mejor la siguiente jugada con acierto o no del tiro. Collins se recupera, y anota el primer tiro libre, ante el estallido de todo el pabellón. Empataba el partido a 49. En ese momento, el asistente de Kondrashin, corre a la mesa pidiendo el tiempo muerto, dejando algo perplejos a los operarios de la mesa, que no entendían mucho la petición, la misma que le preguntaron momentos antes. El caso es que, tras segundos de duda, pulsan la sirena…en el momento en que el árbitro había ya dado el balón a Doug Collins y estaba en la acción de tiro de su segundo libre, obviando la sirena. El reglamento dice que no se puede parar el juego una vez dado el balón al jugador que se dispone a lanzar.

Del bocinazo no se enteró nadie, porque Collins anotó el segundo tiro libre y los soviéticos pusieron el balón en juego a falta de esos 3 segundos, debiendo pararse, viendo que el asistente soviético, vociferando y dando saltos delante de la mesa, ya estaba dentro del terreno de juego, reclamando de forma desesperada que se parase el juego. Ni los jugadores ni el banquillo estadounidense entendían nada, mientras que la URSS reclamaba el tiempo muerto pedido tras el primer tiro libre. Los americanos se amparaban en que la bocina nunca sonó antes de recibir Collins, con lo que el juego nunca se debió parar, como así anunció uno de los árbitros en pista, que pidió que siguiera el juego. Para volver la situación más caótica y en el intento de aclarar, William Jones, secretario general de la FIBA, baja del palco e intercede entre la mesa y los colegiados (el brasileño Righetto y el búlgaro Arabagdjan), diciendo que deben sacar los soviéticos, dando por buenos los dos tiros libres de Collins (49-50) y señalando con los dedos de forma permanente 3, que eran los segundos que restaban tras la falta, para que volvieran a reflejarse en el marcador.

Algunos analistas estadounidenses ven la acción de Jones como algo bizarro y ridículo. “Es como si en un partido NBA, David Stern bajase del palco y ordenara lo que se debe hacer en un partido, imponiendo su criterio sobre mesa y árbitros. ¡Es absurdo!”. El caos continúa y aumenta cuando los árbitros otorgan el balón a los soviéticos y el electrónico aún no se había puesto en tres segundos y un operario de la mesa intentando avisarles, sin ningún éxito. Los soviéticos sacan de fondo a Paulaskas, que antes de recibir incluso, suena la bocina. En ese momento, la explosión y el júbilo estadounidense. El partido había concluido y los abrazos parecían haber otorgado un ganador. Los soviéticos miran al marcador, que refleja que restaban 50 segundos. De locos.

Los árbitros y operarios de la mesa, mezclándose entre los abrazos de los yankees, les aplacan en su entusiasmo, explicándoles que aún restan tres segundos, que la anterior acción había sido anulada. Bajan el crono hasta los tres segundos, mientras que entre los americanos se da el deseo de retirarse de la pista. John Bach, el mítico asistente de Phil Jackson en los Bulls, también asistente de Henry Iba en estos Juegos Olímpicos, le hace esa pregunta. Iba responde que no, que se mantengan, que ellos jamás perderán ese partido.

Intentando volver a la normalidad, entre todo ese caos y confusión, los estadounidenses cometen dos graves errores. Por un lado, Henry Iba no saca a la pista a su techo, el pívot de 2.24 Tom Burleson, para un posible pase bombeado. No sabemos si por olvido o por convencimiento, ya que con Burleson tuvo una confrontación al enfrentarse a un rival en las semifinales ante Italia. Y cuando dan el balón a Ivan Edeskho para que saque de fondo desde la otra canasta, Tom McMillen, jugador encargado de presionar el saque, inconscientemente se echa hacia atrás, temiendo una sanción y luego buscando a alguien a quien marcar, dando todas las facilidades de saque.  Edeskho dio un pase medido hacia la otra canasta para su compatriota Alexander Belov, el mejor dotado atléticamente de los soviéticos, que saltó muy por encima de Joyce y Forbes, cayendo ambos al suelo, mientras Belov, solo bajo el aro, anotó la canasta que sentenciaba esta final: 51-50 y los estadounidenses devastados.


Por supuesto que Estados  Unidos reclamó ese partido. Como se inició casi a media noche, los jugadores esperaron dentro del recinto a que un comité dictase un veredicto más allá de las cuatro de la madrugada, sentados en las gradas vacías. Tal comité no varió el resultado: la victoria era para la Unión Soviética. Debió estar compuesto por cinco autoridades deportivas de Puerto Rico, Cuba, Italia, Polonia y Egipto. Sin embargo, Abdel Moenim Wahby, el representante del último país citado, se ausentó junto a su delegación cuando fueron eliminados, siendo nombrado un húngaro, Ferenc Hepp. Los estadounidenses echaron el grito en el cielo cuando vieron que había 3 países liderados por regímenes comunistas (Polonia, Cuba y Hungría) en el comité que dictó el veredicto. Sin embargo, las irregularidades continuaron. Ferenc Hepp nunca desveló su voto, pero no estaría tan claro a favor de los soviéticos, cuando él se doctoró en la universidad de Iowa, haciendo grandes amigos allí, y tenía mucha repulsa por la URSS, puesto que muchos de sus familiares sufrieron agresiones durante la revuelta del país soviético a Hungría en 1956. El árbitro brasileño Riguetto no firmó el acta por disconformidad y para rematar, un periodista español preguntó al representante italiano tras la votación, que medio resignado, medio irónico, le respondió: “Yo he votado en blanco y han salido tres a dos a favor de los soviéticos. Ninguna papeleta en blanco”.

El equipo estadounidense viajó de vuelta a la mañana siguiente y por supuesto, no se presentaron a la ceremonia de entrega de medallas. Medallas que siguen estando a cargo de la FIBA y mandando cada ciertos años una carta a la Federación Estadounidense para que las acepten. Lo que antes eran muchas negativas, en 2003 se volvió a realizar una encuesta entre los jugadores para que las acepten y tan sólo eran 3 los componentes que seguían rechazándola. Kevin Joyce afirma que “yo siempre seguiré diciendo que no, que nuestra medalla es la de oro. Y como se necesita unanimidad en la decisión…”.

Mike Bantom recuerda que uno de los asistentes del equipo, Don Haskins, entrenador de Texas-El Paso, de la misma universidad que Jim Forbes, el jugador que no pudo recoger el balón hacia Alexander Belov, le rogó “mandar una carta o llamar por teléfono a Forbes. Él lo estaba pasando mal a su vuelta. Se sentía responsable. Es increíble ver cómo alguien lo pudo pasar tan mal”.

Y Estados Unidos ganó el oro en los Juegos Olímpicos de Los Angeles’84. Y Bob Knight, íntimo amigo de Henry Iba, pidió a sus jugadores (Jordan, Ewing, Mullin…), que le levantasen y lo alzaran, para que fuese partícipe de aquel oro en compensación al de Munich. Aquel oro que sigue creando polémica. Aquel partido cuyas heridas, aún siguen vivas.

Antonio Rodríguez en Twitter: @tonystorygnba

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