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jul 23, 2012

Enviado por en Blog Resultados NBA | 1 Comentario

Partituras Olímpicas (VI): El día en que la historia cambió

Partituras Olímpicas (VI): El día en que la historia cambió

Durante el verano de 2012, Antonio Rodríguez publicará en www.tirandoafallar.com una entrega semanal relacionada con la historia de los Juegos Olímpicos, ante la inminente llegada de la esperada cita en Londres’2012. Poco a poco, nos irá acercando a personajes estelares y situaciones particulares que se dieron alrededor de esta gran cita que han llenado páginas doradas de la historia de nuestro deporte.

 

Juan Antonio San Epifanio estaba de pie, cercano al túnel de vestuarios. Poco a poco se fueron incorporando el resto de compañeros. Ante el griterío y los chillidos a los que nos tenían acostumbrados los aficionados coreanos, nuestra Selección se empapaba del ambiente casi de histeria  en el Chansil Gymnasium. Jugar un decepcionante cruce ante Canadá en las semifinales del quinto al octavo puesto, tras el batacazo ante Australia en cuartos, no era plato de gusto. Lo que no podían imaginar es que en el partido anterior, cuando llegaron al recinto mediado la segunda parte, los estadounidenses estaban perdiendo ante la URSS. Era la semifinal de los Juegos de Seúl’88. La historia iba a cambiar en ese escenario, en ese momento.

Ramón Trecet me comentaba charlando sobre este partido que “cualquier revolución será siempre comparada con la revolución soviética de 1917. Y llevado al deporte y al fútbol, por ejemplo, el nexo y la comparación será con estos actuales y diremos dentro de 15 años que, el que sea, no será igual que Xavi. En baloncesto, la revolución fue aquel día”. Sí, en aquella tarde en Seúl, cuya villa olímpica estaba controladísima por la seguridad, pues “cuando llegábamos allí, nos recordaban que ellos no habían firmado la paz con Corea del Norte, sino un armisticio”. Alexander Gomelski, cuando vio la final de los Juegos de Munich’72 vio claramente que “finalmente, nosotros podíamos competir”. Por eso, 16 años después, estaba convencido que su equipo podía ganar a Estados Unidos y así se lo hizo ver a sus jugadores, a los que les hacía entrenar todos los días la salida a la presión a toda pista de los yankees, consciente que acabarían enfrentándose a ellos. Gomelski les había estudiado a la perfección. Por el contrario, John Thompson, que mostró un desconocimiento notorio del baloncesto practicado fuera de su país, lo más que supo contestar fue en la rueda de prensa “han progresado mucho”. Le vino de sorpresa.

Para un adolescente desde España como yo, resultaba curioso leer en las publicaciones nacionales que John Thompson, entrenador estadounidense en aquella ocasión,  no contaba con portentos como Sean Elliott, David Rivers, o estrellas nacionales tales como Danny Ferry, Stacey King o Rod Strickland. “¡Qué equipo estará montando!” pensaba desde mi asombro, porque por descontando pensaba que los que se iban quedando eran mejores. Aquellos Jeff Grayer, de Iowa State, Dan Majerle (absoluto desconocido para el aficionado americano) o el novato de Nevada Las Vegas, Stacey Augmon (que tuvo un claro cometido para aquellos Juegos: parar a Oscar Schmidt), debían ser la repanocha para que los anteriormente mencionados no tuvieran cabida.

John Thompson, desde sus 2.08 de estatura, nunca miró hacia abajo ni tan siquiera delante, a evaluar lo que tenía enfrente. Simplemente se daba media vuelta y observaba a los suyos, clara extensión de lo que quería imponer en la cancha. Jugadores  con talento (de aquella selección salieron cuatro all stars: Danny Manning, Dan Majerle, Mitch Richmond y David Robinson. Los tres últimos volvieron a defender los colores de su país con los futuros combinados NBA y los dos últimos repitieron en los Juegos Olímpicos de Atlanta), y luego chavales, algunos con bastante clase (Hershey Hawkins o Willie Anderson) y otros, auténticos soldados, que bajo sus órdenes, mucha disciplina y aptitudes defensivas, bastaba para llevarse el oro.

Y en Seúl, apalizaron a España en el debut (97-53), se vengaron de la afrenta de los Panamericanos del año anterior ante Brasil (102-87) y se presentaron muy rodados en semifinales ante la URSS. El partido que ellos querían, en la cita que no esperaban -parecía que afilaban los dientes de cara a una final-. Y allí, pudieron comprobar que la Unión Soviética, al margen de ser más veteranos, tuvieron junto a la disciplina, algo que John Thompson rechazó: imaginación.

A Alexander Gomelski le encantaba contar cómo rompieron la presion de los estadounidenses. Lo hizo horas más tarde a una redactora en el set de TVE y lo hizo de forma continuada en Portland, cuando se paseó por el Memorial Coliseum durante el Preolímpico de 1992 a todos los ávidos periodistas estadounidenses que le preguntaban.

La asfixiante defensa a toda pista de los exteriores yankees se rompía con sacar de fondo muy arriba, allá donde estaba Sabonis, que seguro que cogería el balón. Y en ese momento, dos jugadores, opciones de recibir el balón, salían escopetados hacia medio campo (Marchulenis y Sokk. ¡Ah! Y perdón que escriba “Marchulenis” de esta manera, que fue la que resultó oficial hasta que llegó a la NBA y se cambió por el “Marciulionis” final). La meta era llegar a medio campo y entonces, empezar a jugar.

Tuvieron una opción “B” que dejó totalmente inutilizadas las rígidas estructuras de John  Thompson: el balón lo subía Alexander Volkov. Un tipo de 2.07 que era capaz de subir el balón a gran velocidad, tirar desde fuera y sin perder la condición de jugador interior, hacer daño bajo el aro, era algo que el seleccionador estadounidense nunca concebió. Lo desarmó por completo. ¿A quien ponía para defenderle? ¿A su ala-pívot, J.R. Reid? ¿Danny Manning? Era más rápido que ambos. Nunca hubo alternativa.

Nadie en el banquillo americano daba crédito a situaciones que nunca pensaron que llegasen a darse, porque no se puede dar tanto tiempo la espalda al baloncesto europeo: Marchulenis superaba en uno contra uno a todo un portento físico y un enorme defensor, como Mitch Richmond. ¿Cómo era posible? Pues porque Sarunas tenía más potencia en las piernas que ninguno. Y aunque en el anterior -y primer- Open McDonald´s mostró todas sus capacidades en Milwaukee, tampoco nadie responsable de esta joven selección USA se encargó de echar un vistazo a aquello y ver, que entrando a canasta, fue imparable.

Arvidas Sabonis estaba muy mermado físicamente. Fueron 13 meses de una tortuosa rehabilitación a su doblemente roto y cosido talon de Aquiles. Debutó en estos Juegos. Más lento, más pesado. Más ambicioso, más interior, más duro. Ese día era fundamental: jugó 35 minutos. Su uno contra uno era casi inexistente y se dedicó a dar asistencias a sus compañeros, una tras otra, organizando el juego desde el poste bajo. Colosal.

Lo más increíble de todo es que un tipo con muchas carencias físicas como Rimas Kurtinaitis, consiguiera 28 puntos. Situándose en el lado débil, recibió muchos balones claros para anotar triples. Y es que, John Thompson en “su” teorema, creía que había que cargar mucho la defensa en el lado-balón como si los soviéticos, malos pasadores ellos, no supieran invertirlo. Así les fue. Porque en “su teorema”, cuando el defensor de Rimas se quedaba pegado en el bloqueo de Sabonis y hacían cambio automático de asignación, el jugador interior nunca salía a defender aquellos tiros – total, aquella distancia era muy larga como para anotar triples-. Pues cuatro fueron los triples e infinidad de fintas, para que un jugador de forma desesperada, cayera sobre él y sumara faltas…y tiros libres (8/9).

Siempre fueron a remolque (10 puntos al descanso: 46-36) y sí que hubo atisbos de poder ganar en la segunda parte. Pero cuando más cerca estaban, cuando murieron creyendo su sistema y rozaban el éxito, siempre llegaba una respuesta soviética. Los estadounidenses se dejaron la vida sobre el parquet, pero también acabaron desquiciandos ante tantos cambios (y David Robinson, que debió ser fundamental, jugó 25 minutos tan sólo). La URSS cada vez daba más espacio a los tiradores rivales y protegía más la canasta para conseguir rebotes defensivos. Y todo fueron páginas, una tras otra, de una historia que acabó en epopeya y supuso un cambio de ciclo: 82-74. Alexander Gomelski, el hombre que creyó ciegamente que aquello se podía ganar, tras la bocina final, no se lo creía.

El regreso de las “tropas USA” a casa fue, como en la guerra del Vietnam tras la derrota, amargo. A Thompson le cayeron muchos, muchos palos sobre el desconocimiento del baloncesto que se jugaba fuera de su país. A nadie consoló eso de “ellos han progresado mucho”, porque no era justificable el factor sorpresa en toda una semifinal olímpica. Y lo hubo. Los jugadores fueron mejor tratados, porque a pesar de la baja de Hawkins en semifinales, a pesar de no tener un base imaginativo que liderara (ni Charles Smith, el base de Thompson en Georgetown, ni Vernell “Bimbo” Coles tenían tal carisma), a pesar de un ala-pívot como Charles Smith, máximo encestador USA en el Mundial de España, totalmente descentrado en los Juegos, siempre fueron aplaudidos, entre otras cosas porque su casta adolecía de lo fundamental: experiencia.

En Estados Unidos, los jugadores experimentados, los que tienen ese temple que les faltó en momentos decisivos, lo tienen los jugadores de la NBA. “Ellos son profesionales” se decía en los medios de comunicación. “¿Por qué no mandar a jugadores de la NBA? Primer paso dado. Todas aquellas mareas acabaron en Munich, un abril de 1989, durante una Final Four que sabe a ricino al F.C. Barcelona, cuando la FIBA decidió aceptar que los jugadores profesionales podían defender los colores de sus selecciones nacionales.

Aquello quedó en el recuerdo como una jornada histórica. Como días antes, con el positivo en el control antidoping de Ben Johnson, se era consciente que algo iba a cambiar en el mundo del deporte, todos pudimos ver que algo muy gordo sucedería a partir de aquella tarde en el mundo de la canasta. “Lo mejor que le ha podido pasar al baloncesto”. Razón tenía Gomelski. Si por un casual hubiese ganado Estados Unidos y muy probablemente lo hubiesen hecho también en Barcelona’92 con sus jugadores universitarios (tuvieron la fortuna de una generación histórica, con Shaquille O’Neal, Alonzo Mourning, Latrell Sprewell, Robert Horry, Jamal Mashburn, Allan Houston, Chris Webber…), todo se hubiese retrasado y posiblemente, cambiado. Pero llegó así. Quizás porque tenía que ser así. Quizás porque todo estaba escrito y llegó la hora. Desde la astucia del “zorro plateado” Gomelski y de la soberbia del señor de la toalla al hombro de forma perenne, John Thompson. Desde un conjunto, el soviético, que todos juntos dieron esa campanada. Que más bien fue una llamada a un timbre de una bonita casa americana: “¿Quien es? Somos la URSS y sabemos jugar al baloncesto”. Como vosotros.

 

Antonio Rodríguez en Twitter: @tonystorygnba

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