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jul 26, 2012

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La lección de Penn State (Flashback)

La lección de Penn State (Flashback)

Hace unos meses, Miguel Ángel Paniagua publicaba en Gigantes la siguiente columna.

¿Fútbol americano en una columna dedicada al baloncesto en una revista de baloncesto? Pues sí, amigo lector. Porque, en realidad, esta terrible historia que voy a contar aquí esta semana no va de fútbol. O de hockey. O de beisbol. Ni mucho menos de lockouts o de estrategias negociadoras. Esta columna va de saber cuándo la dignidad ha de sobreponerse al amor a unos colores y a una entidad. Va de reconocer lo que está bien y lo que está mal. En realidad esta columna va de un concepto últimamente muy en desuso en la NCAA, el cuerpo de gobierno de la competición deportiva universitaria en EEUU: esta columna va de dignidad.

El equipo de fútbol de la Universidad de Penn State ha estado dirigido por el mismo entrenador, el legendario Joe Paterno, durante nada menos que 45 temporadas. No se puede poner la figura de Joe Paterno en perspectiva en el deporte europeo; es imposible. ¿La figura de Sir Alex Fergusson en el Manchester United?; me quedaría muy corto. La figura de Guy Roux –44 años en el Auxerre– me quedaría igualmente muy lejos. Por resumir: Paterno es una leyenda viva del deporte estadounidense. Un tótem que parecía, hasta ahora, intocable.

Su ayudante principal, Jerry Sandusky, es un presunto depredador sexual al que la fiscalía acusa de haber abusado de, al menos, nueve menores: alguno de ellos incluso de 8 años de edad, a los que se llevaba a instalaciones de la propia Penn State para seducirlos y posteriormente violarlos. Las autoridades académicas y deportivas de la universidad, y el propio entrenador Joe Paterno, llegaron a saberlo. Y no hicieron nada al respecto. Más allá de quitarse de en medio a ese entrenador con recompensas que confirieron al presunto pederasta un cierto aura de héroe de guerra: aceptaron su jubilación honrosa del cargo y le nombraron –en un acto que ahora se torna extremadamente repulsivo– entrenador emérito del mítico equipo de fútbol de la PSU. Por supuesto, con pleno acceso a las instalaciones de la universidad; es decir, con acceso a los mismos lugares en los que presuntamente cometió esos actos tan depravados que describe la oficina del fiscal en su aterrador informe al juez.
Como resultado de este escándalo, que fue levantado por una denuncia policial, el entrenador Paterno ha sido cesado, su carrera manchada y su figura destruida. Y es casi seguro que rodarán más cabezas en Penn State, lo cual es absolutamente necesario, claro. Pero, con todo lo morboso y terrible que resulta esta lamentable historia del programa de fútbol de Penn State, el problema no está solo en Penn State. La cuestión es que la cultura del deporte universitario estadounidense ­–ese paraíso pseudoamateur que las cabezas pensantes de la NCAA se empeñan en perpetuar– lleva tiempo sumida en una crisis profunda.

Los programas deportivos de las universidades se parecen mucho a una sociedad normal; a una nación. Todo el mundo viste los colores de la universidad, proclama su juramento con orgullo, y canta, solemne, el himno de la escuela. Todo el mundo venera el logo, la bandera, recita canciones de guerra y tiene un enemigo común: Arizona, Carolina, Princeton o Virginia.

Precisamente esto es lo que hace que el deporte universitario americano sea tan emocionante; tan maravilloso. Pero también, y lo sabemos bien los que alguna vez hemos estado dentro de él, esto es también lo que hace que resulte pavoroso en algunas ocasiones. Cuando estás dentro, cuando perteneces a una de esas escuelas, te conviertes en un creyente. Creyente en un sistema en el que los entrenadores deportivos, casi más que los decanos o los rectores, poseen una autoridad absoluta. Son responsables de sus actos solo ante ellos mismos o no son responsables en absoluto. Cualquier cosa mala que suceda se maneja internamente: a menos que sea tan mala que rebose los límites y las barreras de la escuela sin remedio.

Cuanto más tiempo está uno inmerso en ese microcosmos, más radical se hace y más se impregna de esa cultura en la que, por el bien de la universidad, a veces impera la omertá al más puro estilo siciliano. Los administradores y lo que es peor, los entrenadores, reniegan de su propia humanidad en aras a la preservación de la imagen de la institución. En esta ocasión Penn State, como antes hicieron otras muchas escuelas, ha antepuesto su mito a la dignidad. Su leyenda al dolor profundo y extremo de unas criaturas. Malditos sean.

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Miguel Ángel Paniagua (publicado en GIGANTES)

Miguel Ángel Paniagua en Twitter: @pantxopaniagua

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