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jun 21, 2012

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Partituras Olímpicas (III): Presumiendo de pódium olímpico

Partituras Olímpicas (III): Presumiendo de pódium olímpico

Durante el verano de 2012, Antonio Rodríguez publicará en www.tirandoafallar.com una entrega semanal relacionada con la historia de los Juegos Olímpicos, ante la inminente llegada de la esperada cita en Londres’2012. Poco a poco, nos irá acercando a personajes estelares y situaciones particulares que se dieron alrededor de esta gran cita que han llenado páginas doradas de la historia de nuestro deporte.

 

“Nos encontrábamos en el vestuario de los Lakers, acabábamos de ganar algo impensable e íbamos a jugar una final olímpica. Pero, en el fondo, nos seguíamos sintiendo un grupo de amiguetes con pantalones y camisetas ajustadas y no mucho glamour, y quizás eso hacía  que no  terminásemos de comprender lo que habíamos logrado. El pódium, las medallas, los himnos, debían  de ser para gente más importante y lustrosa. Años  después, hablando con José Manuel Calderón, me confesó que le había ocurrido lo mismo. Mucho campeones mundiales, de Europa y todo eso, pero se ponía a observar a sus compañeros y a él mismo y pensaba, “Jo, pero cómo podemos ganar si somos una banda”.

(Extracto del libro “Antes de que se me olvide” de Juan Manuel López Iturriaga).

 

España estaba preparada para un pódium. Pero no estaba acostumbrada. Mirko Novosel, seleccionador yugoslavo, confesaba que los españoles eran más veteranos y mejores que los suyos, y que la victoria de los nuestros fue inapelable. Y ahí les tenías, en los vestuarios, con miradas cómplices de “la que hemos liado”, tras ganar en semifinales y clasificarse para nada menos que una final olímpica de los coloridos Juegos Olímpicos de Los Angeles’84.

Sin embargo, antes de eso, había que ganar a Australia. Como segundos de grupo, nos tocaron los de nuestras antípodas por ser terceros de su grupo. “Estamos decididos a ganar, pero sin sustos. A ver si les ganamos por 30 puntos” un optimista Fernando Romay, previo al choque ante los “aussies”.

Y no fue así. Porque si empezamos bordando el baloncesto (39-23) a falta de 7 minutos para el descanso, los australianos remontaron hasta el empate a 77, con una exhibición de tiros y canastas, muy por encima de cualquier buena estadística. Era asombroso cómo podían anotar desde cualquier posición lanzamientos difíciles. El arreón español vino de lujo para compensar tales aciertos con los suyos y ver los minutos más acertados entre dos conjuntos de todos los Juegos, muy probablemente. O sea, que con oficio y velocidad de José Luis Llorente, se consiguió la victoria por 101-93 y el pase a todas unas semifinales. El rival, lo esperado: Yugoslavia. Lo que no esperaba Estados Unidos en la otra semifinal, es que su rival fuese su vecino Canadá, que eliminó al favorito Italia en los cuartos. Momento que el seleccionador canadiense, Jack Donohue (entrenador de instituto del mismísimo Kareem Abdul Jabbar, por aquel entonces Lewis Alcindor), aprovechó para dar rienda suelta a su vena de arrogancia: “Sólo hemos jugado un partido malo, ante España. De cien partidos, les hubiésemos ganado noventa y nueve. Y además, somos los únicos que podríamos haber ganado a los norteamericanos en una final”. Pañuelo que nuevamente volvió a recoger Antonio Díaz Miguel, consciente de las posibilidades de los nuestros: “Pues ahora tienen la oportunidad de demostrarlo. Que ganen a los americanos y nos encontrarán en la final. Estaremos allí, seguro”.

Y llegó el gran día, el gran hito. Al fin, desde España no nos tuvimos que pegar esa “pechá” a madrugar. El partido fue a las 12 de la noche y con toda la masa de aficionados que habían movido, aquella retransmisión de TVE fue de los eventos con más audiencia de los Juegos y en definitiva, de las retransmisiones deportivas en la historia de nuestro ente televisivo nacional.

Al principio, los millones de espectadores pendientes de la “caja tonta” se llevaron un desencanto mayúsculo, puesto que no salía absolutamente nada. Fueron milagrosos los 5 puntos de desventaja al descanso, con unos pírricos 35 puntos anotados (40-35), porque se jugó rematadamente mal y las desventajas fueron oscilando por los 10 durante toda la primera mitad, aproximadamente.

Sin embargo, en el descanso algo tuvo que suceder, porque España salió como una locomotora, enjugó rápidamente la diferencia y se pusieron parciales de por medio. Ante nuestra defensa zonal, increíblemente los yugoslavos fallaron todo tipo de lanzamientos exteriores, liderados por un joven descarado llamado Drazen Petrovic, que tuvo la misma fortuna que sus paisanos. Y si había balones interiores, Fernando Romay estuvo descomunal. Colocó 3 tapones y sobre todo, cogió todos los rebotes defensivos, repitiendo siempre el mismo gesto: balón a José Luis Llorente, que volaba en contragolpes finalizados por cualquiera de los nuestros. Y si tocaba estático, José María Margall tuvo el día, anotando ocho lanzamientos fallando tan solo uno.

El frenesí de contragolpes nos topó con una gran realidad a los que estábamos delante del televisor: una plateada realidad. Desde el campo, tardaron más en darse cuenta, para con la bocina final, todos se abrazaran y disfrutaran aquel hito, traducido en 74-61, que colmaba nuestros sueños.

España estaba en una final. En Los Angeles, casi el paraíso. Aquella tierra en la que los niños pedían en los parques de atracciones, fotografiar su pie al lado del de Fernando Romay (un 59 no pasaba desapercibido),  y donde se les trataba con todo el mimo.  Pascual Maragall, alcalde de Barcelona, invitó a todo el equipo en el edificio que disponían como promoción de la candidatura olímpica de Barcelona’92, a una buena paella, con una tarta sorpresa para Juan Antonio Corbalán, el “capi”, que cumplía 30 años y que anunció días antes su intención de abandonar ahí el Equipo Nacional.

Algunos salieron aquella noche a celebrarlo. Otros, más tranquilos, con familias o amigos, a cenar con calma e incluso, los había que no paraban de leer telegramas. Miles y miles de telegramas recibidos desde España, felicitando a nuestros jugadores. Como alguno recuerda, hasta de Esperanza Roy, que le hizo bastante ilusión.  Tal fue la cantidad de telegramas y las ganas de sentirse importantes que, Antonio Díaz Miguel, intentando preparar la final, explicaba en pizarra y le tuvieron que convencer que lo dejara, que “mira, Antonio. Es Estados Unidos. No tenemos nada que hacer. Así que, vamos a seguir leyendo telegramas y luego ya veremos”.

“Algunos norteamericanos han buscado en un mapa la ubicación de un pequeño país, llamado España, que juega muy bien al baloncesto”. Díaz Miguel estaba muy orgulloso de sus jugadores, como Don Raimundo Saporta, que el día de Yugoslavia, para él, a nivel deportivo,”ha sido el día más feliz de mi vida. Desde el descenso a Segunda División europea en el Europeo de Lieja ’77, se han ido dando pasos hacia delante para llegar a esto”.

Ya en el imponente Forum de Los Angeles, en el recinto donde se jugó todo el torneo y por supuesto, se celebraría la final, últimas fotos delante de las taquillas de los Worthy, Kareem y Magic, apurando tanto que, un operario tuvo que avisarles que faltaban 20 minutos para el salto inicial. No habían salido ni a calentar.

De la final, frente a aquellos Jordan, Mullin, Ewing, etc.,  mejor ni hablamos. Aquí no hubo igualdad en ningún instante. 96-65 al final, 2 puntos menos que en la fase previa. Pero sí millones de personas delante de la tele desde “ese pequeño país”, a las tres de la madrugada, hora española, que fue la hora  del inicio. Dio igual que nos arrasaran desde el primer momento. Dio igual que nunca hubiese un mínimo de emoción. Todos esperamos sin dormir a la entrega de medallas. Fue una noche de referencia para todos nosotros, en la que 28 años después, hay una complicidad de toda una generación que aún dice “yo trasnoché para ver la final olímpica”. El momento más emocionante de la historia del baloncesto español. Y todos, desde nuestras casas, conteniendo la respiración.

La llegada a Madrid, con más de 2000 personas esperando a que salieran nuestra Selección tras recoger sus equipajes en el aeropuerto de Barajas, fue definitoria y un golpe de maravillosa realidad a nuestros jugadores, que ya habían sido avisados desde el avión por el comandante del vuelo desde el aire. Claro, que aquello superó todas sus expectativas. Ellos también superaron las nuestras.

 

Antonio Rodríguez en Twitter: @tonystorygnba

Puedes leer aquí Partituras Olímpicas (I): Testigos en Greensboro”

Puedes leer aquí Partituras Olímpicas (II): Disfrutando del calor de Los Angeles”

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