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jun 14, 2012

Enviado por en Blog Resultados NBA | 4 Comentarios

Partituras Olímpicas (II): Disfrutando del calor de Los Angeles

Partituras Olímpicas (II): Disfrutando del calor de Los Angeles

Durante el verano de 2012, Antonio Rodríguez publicará en www.tirandoafallar.com una entrega semanal relacionada con la historia de los Juegos Olímpicos, ante la inminente llegada de la esperada cita en Londres’2012. Poco a poco, nos irá acercando a personajes estelares y situaciones particulares que se dieron alrededor de esta gran cita que han llenado páginas doradas de la historia de nuestro deporte.

-“¿Y no estabais ya muy quemados y lo único en lo que pensábais era en volver a casa?”.

- “¡Qué va! Lo pasamos muy bien. Era Los Angeles. Allí había luz, calor, alegría…Nada comparado con Moscú cuatro años antes. Lo pasamos allí todos muy bien. Además, ganábamos, con lo que salió todo muy bien”.

Juan Antonio San Epifanio me explicaba que aquello de los Juegos Olímpicos de Los Angeles fue un éxito a todos los niveles. Y la experiencia española fue maravillosa. Todo aquello se remató con la delegación española regresando a Barajas…Mientras dos mil aficionados esperaban en la terminal para felicitarles. Tal marabunta de público, tenía una explicación: una medalla de plata olímpica.

Hay que reconocer que los jugadores estaban ya muy pasados. Una competición doméstica que se inició allá por Septiembre de 1983, la más competida y con mayor nivel conocida hasta ese momento, con la inclusión del segundo extranjero en los equipos y finalizada en Mayo, se vio unida por la disputa de un Preolímpico en Francia, que dio la clasificación para los Juegos. Una pírrica semana de descanso para disputar amistosos en Trieste y en tierras mexicanas, antes de embarcarse en la propia competición, en aquello tan pomposo llamado Juegos Olímpicos de Los Angeles’84.

Está bien redundar en que los nuestros llegaron extremadamente cansados, hasta el punto que en aquellos Juegos, los tres jugadores más destacados, no fueron ninguno de los que deslumbraron en París dos meses antes. Corbalán, Epi y Fernando Martín, junto a Nikos Gallis y Arvidas Sabonis, fueron los componentes del mejor quinteto de aquel torneo que se cerró en el Omnisport de París-Bercy. En Los Angeles, José Luis Llorente, José María Margall y sobre todo, Andrés Jiménez, brillaron sobre el resto. Entre otras razones, porque Fernando Martín tenía una lesión muy seria en la espalda, que le impidió entrenar las seis semanas previas al inicio de la competición olímpica.

Eso sí, Los Angeles proporcionaba distracciones y cuidados a los deportistas que se entremezclaban en la villa, y que, para abaratar costes, no se construyó ninguna. Todos los atletas fueron acogidos en el campus de la universidad de Southern California (USC), tan amplia como atractiva. La comida era abundante y de muy buena calidad, y además se contaba con “buenos vecinos”. En el mismo pabellón-residencia que el nuestro, hospedaron al equipo italiano de baloncesto. Y éstos, entre no perder costumbres y no fiarse de la alimentación de una ciudad americana (en este caso fueron temores infundados. No sucedió lo mismo en los posteriores Juegos en tierras USA, los de Atlanta’96, donde las quejas por una dieta repleta de grasas y “fritangas” fueron constantes entre todos los competidores), se trajeron un cocinero propio y allí tenían cabida nuestros representantes del equipo de baloncesto, invitados por tipos como Dino Meneghin, que todo lo que era marrullería sobre una pista de baloncesto, se transformaba en dulzura y camaradería fuera de ella. La buena pasta circulaba en aquellos platos por doquier.

No fueron las únicas atenciones que tuvieron los nuestros. El Banco Exterior de España, por aquel entonces patrocinador de la Selección, organizó un acto en Pasadena en honor a nuestros doce magníficos e incluso, en una Olimpiada cultural paralela que se celebraba en la interminable ciudad angelina, Julio Iglesias ofrecía un concierto en el que los nuestros ocuparon las primeras filas, todo ello por obra y gracia de Toncho Nava, representante del cantante español y antiguo jugador del equipo de baloncesto del Real Madrid. En el fondo, el baloncesto es una gran familia.

Los Juegos Olímpicos son una competición en la que se tiene más tiempo libre que en otros eventos, puesto que entre partido y partido, por regla general, se descansa un día, debido a que las féminas también ocupan el mismo hueco en el calendario. Y así se visitaron los tres parques temáticos más atractivos (Disneyland, Magic Mountain y Knott’s&Berryfarm). Y cuando se quedaban en la villa, Romay recuerda que “casi todos los días teníamos actuaciones y fiestecillas en la Villa Olímpica. Acudieron muchos grupos musicales, a los que escuchábamos en un café con terraza al aire libre”. Un día aparecieron por allí unos maquilladores hollywoodienses y comenzaron a hacer un trabajo sobre unos voluntarios, disfrazándoles de zombies, llenos de heridas que supuraban y moratones por todo el cuerpo. Incluso alguno se le ocurrió ir a las atenciones sanitarias para ver su reacción. El respingo que dieron inicialmente, fue importante.

En la ceremonia de inauguración, dicen que estuvieron tres horas esperando su salida cercanos al túnel, porque claro, “Spain”, era de las últimas por orden alfabético. Y desde aquel túnel, ni vaqueros con sus carruajes pasando por el estadio, ni el “Rocket man”, ni el olvidadizo juramento olímpico de Edwing Moses…ni nada de nada. Con el sopor de la espera y el calor, bastante tuvieron. Eso sí, la sonrisa en el desfile, de órdago.

El torneo comenzó fuerte, porque el rival el primer día fue Canadá. La mejor Canadá de su historia. Con pívots más altos que los españoles, con un base veterano y un alero que a José Manuel Calderón le debe sonar de algo: Jay Triano. Llegaban como los rivales más duros para ocupar la segunda plaza del grupo. Aunque ya se les conocía del Mundial de Colombia de 2 años antes, incluyendo la baja de Leo Rautins (padre de Andy, jugador del Lucentum Alicante).  Se les ganó por 83-82, y el final no fue tan apurado como indica el marcador. Simplemente que cuando no tenían nada que hacer por ganar y con décimas para la finalización de partido (las dichosas décimas de segundo, que por aquel entonces, era de las primeras ocasiones en que se veían), forzaron falta, lanzaron el balón contra el tablero en el último tiro libre, jugada que debía ser claramente invalidada y anotaron sobre la bocina. Fernando Martín estuvo estelar, con 27 puntos, a pesar de su mes y medio de inactividad. Cargó rápidamente de faltas a Bill Wennington y trató como a un guiñapo a un inexperto todavía Greg Wiltjer (pívot que un año después ingresara en las filas del Barcelona, y cuyo hijo ha sido campeón este Abril con la universidad de Kentucky).

El siguiente partido fue una tortura. Rival: Uruguay. ¿Creéis que los griegos protestan? Pues son unas hermanitas de la caridad comparadas con aquellos uruguayos: marrulleros, sucios, protestones…Lo protestaban todo. ¡Todo! Incluso las jugadas claras. Y su entrenador, Ramón Echamendi, uno de los mayores broncas que ha dado los banquillos en la historia de nuestro deporte. Si los árbitros no tenían bastante “via crucis” con los jugadores, ahí estaba él. Sus pupilos, por cada decisión, se arremolinaban en torno al colegiado como el que protesta un penalti al final de un partido, y al fondo tenías vociferando a Echamendi. Un cuadro. Para que quede constancia que no exagero un ápice, decir que la primera mitad del partido –que a todo esto, ganamos como es lógico, sin problemas, por 107-90-, tuvo una duración real de ¡una hora y siete minutos! De los nervios ya. Menos mal que aflojaron el pistón en los siguientes 20 minutos y a otra cosa, porque por regla general, a España le tocaba el último  partido de la jornada. Como en los de la NBA, si uno madrugaba en aquellas matinales veraniegas, podía ver el final del mismo. Y es que, sí, en estos Juegos se creó el mito de trasnochar para ver a los nuestros. Porque si pasásemos lista, en la fase previa hubo poquitos. En cuartos, algunos se apuntaron. En semifinales, ya fue multitud. Y en la final olímpica, se pasó lista y allí no faltaba nadie. Aquello sí que creó época –y tanto. Nos duró unos cuantos años-.

Obviando a Francia a los que apalizamos (97-82), con el único atractivo para el público local de ver las evoluciones de un tirador francés, llamado Hervé Dibuisson, que decían que interesaba a Los Angeles Lakers (cuando le vieron defender, se les quitaron las ganas así, de repente) y a China (102-83. El gigante más que estar dormido aún, digamos que sus ronquidos se oían en Occidente), llegó el enfrentamiento a los temidos estadounidenses para cerrar la primera fase. Aquellos que Díaz Miguel avisaba y Aíto García Renesesver capítulo anterior- admiraba.

Michael Jordan, Pat Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Alvin Robertson…¡Qué queréis que os diga! El Fórum de Inglewood (sí, sí, el de los mismísmos Lakers. De hecho, a las alturas de ese partido, todos los jugadores de la selección nacional tenían fotos posando al lado de la taquillas de Magic Johnson y Abdul Jabbar), por fin estaba hasta la bandera. Sus 17.505 asientos, repletos para animar a los suyos.

Y si empezamos fríos, con un golpe en la cara a Romay que enfrió más nuestra salida si cabe, pronto se le cogió el tono y llegamos a enmudecer tan sacrosanto lugar cuando nos pusimos por delante (20-21) y se mantuvo toda la primera parte igualada. Al descanso se llegó con 5 puntos por debajo, si no fuese porque tras un tapón de Romay, el balón salió despedido a 9 metros del aro, Michael Jordan corrió por él para no perderse por el centro de la pista y a la media vuelta desde tal distancia, se marcó una suspensión –aún no había triples. Fue el último torneo con tal formato- que hizo estallar el Forum, dejando en 7 la desventaja.

Lo de la segunda mitad fue como una comedia de Stan Laurel y Oliver Hardy, donde les persiguen cinco bulldogs. Reconozco que no había visto una defensa así de presionante en mi vida. Aquellos jugadores, con aquellas condiciones atléticas, con ese orden, donde ya sacar de fondo era un problema, y más que pasar el balón al compañero, los nuestros se lo quitaban de encima, me mostró que había otro mundo. Si descubrimos la NBA hacía muy poco, ahora resulta que existía otro maná donde salían estos jugadores. Había que investigar. Se llamaba NCAA. Amor que perdura hasta estos días.

Decir que se acabó con un 101-68 para los yankees, que estaban totalmente crecidos. Tanto, que en la rueda de prensa posterior al choque, a Díaz Miguel lo echaron de malas maneras, porque llegaban los USA -guys exultantes, y Bob Knight, a pesar de ser amigo de Antonio, exigía sitio en la mesa junto a más de media plantilla, dispuestos a contestar a la multitud de periodistas que allí se congregaron.

Díaz Miguel montó en cólera y dijo que se negaba a hablar a partir de ese momento, con cualquier medio que no fuese español tras el trato recibido. “Ya nos buscaréis para la final, ya” les amenazó. Y a bien que el bueno de Antonio tenía razón. Aunque la prensa local ignorase quienes eran los que jugasen la final frente a los suyos (Los Angeles Times imprimió que el bronce lo jugaban España y Canadá), aquella frase enfurecida, llena de odio y orgullo, guardaba una verdad. La verdad más maravillosa hasta ese momento de la historia del baloncesto español.

(Continuará).

Antonio Rodríguez en Twitter: @tonystorygnba

Puedes leer aquí Partituras Olímpicas (I): Testigos en Greensboro”

 

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