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abr 5, 2012

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La hora de Paniagua: El Rey Lear en el sur de California (y 6ª parte)

La hora de Paniagua: El Rey Lear en el sur de California (y 6ª parte)

“El tiempo revelará los pliegues donde la astucia se esconde”. (“El Rey Lear”, de William Shakespeare).

ACTO V.- EL CHICO DIFERENTE

JIM.- Jim Buss, también conocido como Jimmy, o como Jimbo, sobre todo en su años más salvajes, es el sucesor del Dr. Jerry Buss, su padre, al frente de los Lakers. Hace tan solo cinco años cualquiera que se hubiera atrevido a pronosticar esta ruta sucesoria en los Lakers habría sido tomado por un auténtico demente. Pero, como contábamos en el capítulo anterior, la heredera nominal, su hija Jeanie, quedó apartada del puesto debido a su noviazgo con Phil Jackson y a la mala relación de Jackson con el padre y patrón.

Desde su ascensión al puesto más importante en el organigrama de los Lakers, Jim Buss ha dejado muy claro cual es su principal motivación, el objetivo que le mueve a la hora de desarrollar su nuevo cargo. Lo dijo cuando fue presentado en sociedad como nuevo príncipe heredero de la Casa Lakers. y lo que dijo posee un toque, indudablemente, muy shakesperiano. Cito, en ingles, su frase de aquel día: “My job is to please my daddy“. (“Mi trabajo [como ejecutivo principal de los Lakers] es complacer a mi padre”). Ya sé que el amigo lector me dirá que “daddy” se traduciría mejor en castellano por la palabra “papaíto” antes que por la muy noble y solemne palabra “padre”. Pero en los Estados Unidos, “daddy” se usa en un contexto muy familiar y no se considera tan extremadamente cursi como “papaíto” en lengua castellana. Sin embargo, esa frase que pronunció Jimmy el día de su proclamación como nuevo sumo sacerdote de la fe amarilla y púrpura ya nos indicó a todos por dónde iban a ir los tiros.

Lo cierto es que antes de asumir la hercúlea tarea de ser el más alto responsable de un club de tanto prestigio como los Lakers de Los Ángeles, y de suceder a un hombre tan carismático como su padre, la experiencia de Jimmy en el mundo del deporte fue más bien corta. Y se limitó a un campo que no tiene mucho que ver con el baloncesto: fue entrenador de caballos purasangre. Además, en aquellos años, aparte de estudiar el balance estructural de los potros a su cargo, el hombre caminó por el lado más salvaje de la vida y se hizo drogadicto y alcohólico.

En 1998, una vez rehabilitado de su adicción a las drogas y al alcohol, el Doctor Buss decidió que su hijo Jim debía familiarizarse con el día a día de los Lakers. Y, al igual que hizo con sus hijos Joey y Jesse, le fue pidiendo a gentes del baloncesto del club, como Jerry West, Phil Jackson, Mitch Kupchack, Ronnie Lester, Fran Hamblen, e incluso al mismísimo Tex Winter, que fueran sus mentores y que le enseñaran al muchacho los secretos del oficio. La idea original del Doctor Buss era que su hija Jeanie asumiera el control ejecutivo de la franquicia -en los aspectos de negocio e institucional- y que Jimmy fuera el responsable directo del baloncesto.

Desgraciadamente, casi ninguno de los mentores que tuvo el ahora heredero a lo largo de los años le puso buenas notas al final de curso. Phil Jackson, de hecho, le ninguneó hasta extremos casi humillantes pues consideraba que su futuro cuñado no tenía ni la preparación, ni la formación, ni tan siquiera credibilidad para asumir un puesto de tanta responsabilidad en una franquicia NBA; mucho menos en una de tanta tradición y prestigio como los Lakers de Los Ángeles. Algo más condescendiente con el chaval fue el mítico entrenador asistente Tex Winter, un venerable anciano que, además de reinventar el triángulo ofensivo, no ha dicho una palabra malsonante sobre nadie en su vida. Tan solo en una ocasión, que se sepa, el gran Tex comentó que Jeanie le había impresionado “por su inteligencia y su preparación”, al tiempo que definió a Jim con un solo vocablo: “diferente”.

Así que cuando el Doctor Buss decidió cambiar de rumbo y apartar a su hija Jeanie, y a su prestigioso novio Phil, del puesto de mayor responsabilidad en el club, fue ese chico diferente quien asumió el mando.

Y rápidamente implantó una estrategia en la franquicia que tiene dos vertientes. Una de ellas, muy shakesperiana también, es de vendetta. Una venganzanada sutil que consiste en ir limpiando el club –literalmente- de todo aquello que tuviera que ver con, o que complaciera a, Phil Jackson. El concepto de “aquello” es bastante amplio, por supuesto, e incluye a entrenadores ayudantes, a ojeadores y a jugadores favoritos: como por ejemplo a un tal Gasol.

Esa estrategia, digamos, anti-Jackson consiste también en dar muchísima luz a sus hermanos y medio hermanos varones que en su día fueron, todos ellos, ninguneados de manera casi sistemática por su hermano político y, hasta el año pasado, entrenador jefe del club. Más aún; esa estrategia también trata de favorecer, a toda costa, el crecimiento del jugador curiosamente más cuestionado por Phil Jackson: el pívot Andrew Bynum.

Jim Buss ha colocado también a gente muy afín en en las oficinas del club. Aunque los currículum vitae de estos compañeros suyos de juergas en aquellos años oscuros de drogas, sexo y alcohol no tengan una especial brillantez, ni tengan mucho que ver con la línea de negocio principal de los Lakers, el baloncesto. Por ejemplo, en la División de Scouting, ha fichado a un ya célebre –y hasta cierto punto misterioso- ojeador llamado, simplemente, “Chaz”.

La segunda ramificación de la estrategia de Jimmy Buss tiene mucho que ver con su deseo de complacer a su “daddy”: el control financiero. Control que consiste en recortar gastos en todos los frentes, empezando por la nómina de la plantilla, y en implantar una política de austeridad y de recortes en el club. Es muy probable que estos recortes signifiquen, a corto-medio plazo, cambios estructurales importantes en el “roster” de los Lakers.

El legendario Magic Johnson dijo no hace mucho que es Jim Buss, y no Mitch Kupchack, el Manager General, quien toma las decisiones deportivas en los Lakers ahora mismo. Lo cual, no es del todo cierto. Pero Mitch Kupchack, seguramente el personaje más coherente que queda en pie en la Casa Lakers, reporta directamente a Jim; así que ciertas decisiones de personal tomadas recientemente son decisiones cuya única responsabilidad recae en el heredero. Por ejemplo, enviar a un furioso Lamar Odom a los Mavericks de Dallas a cambio de una bolsa de chucherías. Jimmy fue incapaz de reaccionar con templanza ante una situación tan explosiva –Odom se fue, literalmente, a por Kupchack en aquel día de autos- y cedió ante el tremendo número que montó Mister Kardashian cuando se enteró de que había sido pieza de cambio, junto a Gasol, en el fallido traspaso a tres bandas que los Lakers habían acordado con los Rockets de Houston y con los Hornets de Nueva Orleans y que hubiera traído al sensacional base Chris Paul a los Lakers: justo hasta que el Comisionado Stern echó todo aquel operativo para atrás.

El equipo está, a la hora de escribir estas líneas, líder en la División Pacífico y Andrew Bynum, el niño mimado de Jim Buss, está demostrando una mejoría en su juego francamente excepcional. Es cierto que hay un sospechoso ambiente de revuelta contra el técnico Mike Brown en el vestuario, pero la sangre no ha llegado al río; al menos de momento. En cualquier caso, los Lakers están, sobre todo a efectos de clasificación, donde casi nadie pronosticaba que podrían estar al inicio de esta temporada.

Sin embargo, la sensación general de los “insiders” no es buena. Argumentan, y probablemente con razón, que un club que históricamente ha tenido a alguna de las cabezas más privilegiadas de este negocio en los puestos de mando, está ahora en manos de un patrón que no ofrece mucha fiabilidad. Al menos, no todavía.

Puesto en perspectiva puede que esos insiders tengan razón. Los Lakers, que un día fueron guiados por mentes del baloncesto tan preclaras como Bill Sharman, Jerry West, Phil Jackson, o Tex Winter, están ahora dirigidos y representados por Jim Buss. Jimmy. Jimbo.

El chico diferente.

 

¡Revive aquí el serial completo!

5ª Parte del serial

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2ª Parte del serial

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