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abr 18, 2012

Enviado por en Blog Resultados NBA | 1 Comentario

La Hora de Paniagua: “One-and-done”: Los jugadores que nunca existieron

La Hora de Paniagua: “One-and-done”: Los jugadores que nunca existieron

El señor Mark Emmert, que es el presidente de ese ente burocrático, y cada vez más anacrónico, denominado NCAA -el cuerpo de gobierno del deporte universitario estadounidense- respondió recientemente a una serie de preguntas de los periodistas. Mr. Jerry Tipton, uno de los reporteros más sagaces del diario Lexington Herald Leader, el periódico de la ciudad en la que reinan, como soberanos incontestados, la Universidad de Kentucky y su profeta John Calipari, inquirió a Mr. Emmet acerca de cuál era el estatus actual de los jugadores “one-and-done” (literalmente “uno-y-se-acabó”), que son esos jugadores de instituto que firman con una universidad un año y luego se van a la NBA. Particularmente, le interesaba al colega del Herald Leader saber el estado de los chicos one-and-done de los Wildcats ahora que ya ha acabado el torneo, que ya han sido cortadas las redes de los aros de la Arena de Nueva Orleans y que ha sido debidamente honrado el equipo campeón. Pues bien, Mr. Emmert respondió que “esos jugadores ya no tenían porqué volver al campus de Lexington”.

Precisamente en este tipo de respuestas del jefe máximo de la NCAA encuentran su caldo de cultivo los críticos contra Calipari y, por elevación, contra Kentucky. Anthony Davis y el resto de chavales “one-and-done” de estos Wildcats de 2012 se pueden ir a su casa una vez acabado el torneo. Es lógico. Porque, ¿para qué habrían de volver esos muchachos al campus de todos modos? Ya no tienen que preocuparse por la elegibilidad por motivos académicos puesto que van a dejar de ser estudiantes en junio. Tampoco tienen que entrenar con el equipo puesto que la temporada ya ha concluido y ellos han cumplido su parte del trato: y con creces, además.

La auténtica verdad es que estos chicos, que la NCAA denomina como “estudiantes-atletas” cuando propaga su fe amateur al mundo entero, siempre fueron atletas; y muy buenos, por cierto. Pero nunca fueron estudiantes.

Los críticos más puristas, entre ellos Bobby Knight, el legendario entrenador de Indiana, alegan que todo esto de los chicos one-and-done es un fraude. Un fraude académico, un fraude financiero y un fraude de ley. Además, con una universidad –en este caso la de Kentucky- sirviendo como pantalla de todo el presunto entramado fraudulento. No niego que en otros aspectos de la vida cotidiana, como por ejemplo en Wall Street, un posible fraude de este calado sería cuanto menos investigado por la autoridad reguladora de manera bastante concienzuda.

Pero la realidad es que ni John Calipari ni Kentucky son culpables. El Coach Calipari, en representación de Kentucky, se limita a utilizar las ventajas de un sistema obviamente perverso y probablemente pervertido. Él no ha inventado las normas relativas a los one-and-done, ni tampoco ha abrazado esa historia de los estudiantes-atletas que la NCAA utiliza como mantra. Él, simplemente, se beneficia de las reglas y logra éxitos indiscutibles manejando convenientemente esas normas para su propio beneficio y para el de la Escuela que le paga.

Tampoco John Calipari, ni la universidad de Kentucky, son los primeros, ni los únicos, en utilizar los resquicios del sistema. Seguramente poca gente lo recordará, pero el equipo de Seton Hall que jugó la final de la NCAA en 1989 -perdió ante Michigan- y que estaba dirigido por el conocido entrenador P. J. Carlesimo, se componía, en su inmensa mayoría, de jugadores one-and-done. Entre ellos estaba el conocido jugador australiano Andrew Gaze.

Gaze, un soberbio baloncestista como es bien sabido, se inscribió como estudiante-jugador en Seton Hall, una universidad ubicada en South Orange, New Jersey. Pero pisó por primera vez el campus de la escuela justo el primer día de entrenamiento del equipo y se despidió, para volverse a Oceanía en un viaje sin retorno, tan solo un par de días después de acabado el torneo de la NCAA. Cuentan que Andrew Gaze se marchó de Seton Hall diciendo adiós a sus compañeros de un modo muy australiano: “So long, dudes” (“Hasta la vista, tíos”). Por supuesto, Seton Hall no recibió sanción alguna en aquel tiempo. Kentucky, ahora, tampoco.

Es más, como bien recordó el presidente Emmert el otro día, estos chavales one-and-done ni siquiera cuentan a la hora de tabular el APR (acrónimo de Academic Progress Rate, Índice de Progreso Académico en lengua castellana) de la universidad. El APR es una entelequia estadística que se han inventado los rectores de la NCAA para medir el progreso académico de los estudiantes-atletas de las universidades que están bajo su implacable cielo protector. Si el APR de una escuela es muy bajo, es decir, si los estudiantes-atletas no sacan unas notas mínimas prestablecidas, puede llegar a haber incluso sanciones para la universidad en cuestión.

Sin embargo, la NCAA utiliza con estos chicos one-and-done la misma fórmula que con algunas universidades que hacen trampas. Verbigracia, las de Memphis y Massachusetts, que en su día dirigió, para qué hemos de ir más lejos, el propio John Calipari. Hubo fraude. Y ese fraude quedó probado. Pero no se sancionó a nadie por hacer trampas. Eso sí, la NCAA borró del palmarés todas las victorias obtenidas en postemporada por ambas escuelas durante el tiempo que estuvieron bajo el mando de Calipari. Es como si la NCAA nos dijera: “Todo aquello nunca ocurrió”.

Exactamente igual sucede con estos chavales del “un-año-y-se-acabó” que ni siquiera cuentan para el Índice de Progreso Académico de sus escuelas. Es obvio que hay una serie de muchachos superdotados para el básquet que se apuntan a una universidad durante el curso académico, pero que nunca pisan un aula. Incluso algunos de esos chicos, como los de Kentucky, ganan títulos de campeón. Luego, una vez concluido su trabajo en la cancha, estos chavales se van a sus casas en abril y desaparecen de las estadísticas académicas de la NCAA como por arte de magia.

Es como si la NCAA nos dijera: “Estos chicos, los one-and-done, nunca existieron”.

Miguel Ángel Paniagua (publicado en GIGANTES)

Miguel Ángel Paniagua en Twitter: @pantxopaniagua

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