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mar 17, 2012

Enviado por en Blog Resultados NBA, Noticias, Portada | 2 Comentarios

Una noche para el recuerdo

Una noche para el recuerdo

ASÍ ESTÁ EL BRACKET (CUADRO)

Billy Owens, la estrella de Syracuse, se marchaba hundido al vestuario. Un novato llamado Steve Nash señalaba con su dedo índice que eran los número 1 dando saltos en el parqué. Ron “Fang” Mitchell sacaba pecho desde la oscuridad de su conferencia, pregonando a los cuatro vientos que los suyos podían encarar a cualquiera y Jamaal Tinsley tenía la mirada perdida tras la entrada que acababa de fallar. Syracuse perdió ante Richmond en 1991, Santa Clara derrotó a Arizona en 1993, Coppin State hizo lo propio ante South Carolina en 1997 y Iowa State vio sus esperanzas al traste ante Hampton en 2001.

Desde 1985, desde que se implantaran los 64 equipos en el torneo final, solamente en 4 ocasiones se había dado la circunstancia en la que un número 15 de su región vencía a un número 2. Algo casi ilógico. Algo impensable. Algo que volvió a darse nuevamente anoche…dos veces.

North Carolina se deshizo fácilmente de Vermont. Ya lo tenían claro desde el momento de saltar a la cancha. Eran superiores y las gradas estaban tiznadas en todos sus rincones del “carolina blue”. Era Greensboro el escenario. Jugaban en casa, en una de las ciudades más importantes del estado. 77-58 y a otra cosa.

A continuación saltaban los Blue Devils de Duke. Ahora las gradas se manchaban de otro tipo de azul. Otros a los que la victoria  se les ponían en bandeja. No recuerdo nunca, desde que el torneo se disputó con el actual formato, que dos equipos tan punteros jugasen tan cercanos a casa. Sin embargo, había alguien que no tenía esa victoria tan clara. Brett Reed, entrenador de Lehigh, sus rivales, había sido asistente de North Carolina Greesboro en sus inicios. Él también jugaba en casa y eso casi nadie lo sabía. Y sus jugadores aguantaron los primeros envites de los chicos de Krzyzewski, la intimidación de Mason Plumlee o la tranquilidad de los exteriores. Y ganaron confianza. Y apareció un tal C.J. McCollum, un escolta que se fue hasta los 30 puntos. Y de repente en la grada, el azul se tiñe poco a poco de tonos marrones, los colores de Lehigh y revitaliza a los “carolina blues”, acérrimos enemigos de Duke. Encantados de ver la afrenta a sus vecinos, ven que acabaron perdiendo de forma increíble por 70-75. La noche ya se había convertido en histórica. Pura magia.

Y todo, porque dos horas antes, Missouri, equipo al que particularmente lo hubiese etiquetado como número uno de su región tras vencer a Baylor en la final de su conferencia, en uno de los mejores partidos de este torneo en la última década, cayó derrotado ante Norfolk State (84-86), a pesar de tener el último tiro para ganar en las manos de Phil Pressey. El base fue incapaz de alzar a los suyos en un guión de reglones torcidos hacía muchos minutos.  Kyle O’Quinn, 26 puntos y 14 rebotes fue el héroe de unos chicos que no eran capaces de asimilar tan siquiera su victoria. “Creo que la hemos liado en algunos brackets.  Creo que sí. De hecho, uno de ellos, es el mío”, confesaba de forma hilarante el bueno de O’Quinn, que a la hora del juego, lo tomaba con tal seriedad que no daba ganador a su equipo.

El día antes, North Carolina Ashville estuvo rozando durante muchos minutos la sorpresa ante Syracuse. Lo que faltaba. Un número 16 subiéndose a las barbas de un número 1, sorpresa que aún no se ha dado en la historia del torneo. ¿Y por qué toda esta revolución? Confianza, ambición, reivindicación.

Virginia Commonwealth sobre Wichita State (62-59), St. Louis sobre Memphis (61-54), Ohio sobre Michigan (65-60), Creighton sobre Alabama (58-57). En esta primera ronda, los equipos de conferencias pequeñas, hartos, orgullosos, dolidos, incluso vanidosos, aparecen en este torneo como un ejército de servidores a un gran banquete. Servidores a la grandeza de un North Carolina, de un Ohio State, de un …Duke, de un Missouri. Ya no estamos en los tiempos en los que los grandes mantienen a sus estrellas por cuatro años. Estamos en los que tienen estrellas…sin experiencia ni bagaje. Estrellas sin más. Los grados de aprendizaje lo tienen estos serviles hombres de sus pequeñas conferencias, de “la otra América”, esa que no se ve en televisión a nivel nacional, pero que representan la verdadera esencia del baloncesto estadounidense, y el más poblado. Gregarios que aprenden, que compiten en pequeños gimnasios y  los que aparecen en este torneo por regla general, suelen tener una dinámica ganadora como los grandes. Y en la banda tienen líderes anónimos con apellidos extraños como Jerry Wainwright, o desheredados del éxito que llegaron a conocer como Rick Majerus, o emergentes estrellas en sus primeros devaneos como Shaka Smart. Y enseñan como los más grandes, porque lo son. Y lo hacen durante 4 años a los mismos pupilos. Virtud de muchos, lujo para los elegidos. Pueden perder por un rebote en el que Terrence Jones salta más alto que nadie, o porque al “alley-oop” de Anthony Davis no se puede llegar, o porque la calidad de Harrison Barnes no se puede combatir en uno contra uno, o porque el pase mortal de Jared Sullinger es preciso y perfecto. Pero por suerte, el baloncesto es algo más que estrellas.

Con todos estos ingredientes, busquen ahora la lógica que no hay. ¿O sí? Hemos dado razones para que la irracionalidad tan pregonada en este torneo, no sea tanta. ¿Estos jugadores de segunda fila triunfarán? ¡Qué va! Veremos alguno desfilar en breve por las pistas de la Adecco Oro. Habrá, eso sí, alguna excepción que confirme la regla. Pero como equipos, esos son los reyes estos días. Reyes por un día. No preguntes quienes son. Pregunten de dónde vienen, quienes les entrena. Descubriremos muchas cosas.

A la segunda ronda con ningún bracket acertado. Ni los seis millones y medio de brackets hechos a ESPN.com ni los infinitos enviados a NCAA.com hay un solo acertante ya. Necrológica de unos, querido diario para otros. March Madness se llama a esto.

Antonio Rodríguez en Twitter: @tonystorygnba

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