Google+
mar 3, 2012

Enviado por en Blog Resultados NBA, Noticias | 2 Comentarios

La Unidad Invisible (Punto y final). Gonzalo Vázquez

La Unidad Invisible (Punto y final). Gonzalo Vázquez

Es tarde y no sé muy bien qué contar esta vez. Y así llevo dando vueltas una semana, mi última en Nueva York. Desde que supe que había llegado el final dispuse el ánimo para saborear cada paso más lentamente y endulzar así cada día. Pero igual que el insomne no sana cerrando los ojos el intento ha resultado un fracaso. No consigo deshacer este nudo en el estómago y tampoco es difícil imaginar por qué.

No encontraba el momento de sentarme porque seguramente no quería hacerlo. No enfrentarme a una última entrega como tampoco el condenado alza la vista al patíbulo. Así que echándoseme el tiempo encima he resuelto plantarme ante el blanco de la página, desahogar de una sentada cuanto tenga que decir y que la pesadumbre y este par de vinos a deshoras gobiernen unas líneas, mucho me temo, oscuras y retorcidas.

Cuando algo nos enciende no es raro escuchar el consejo de contar hasta diez, que debe ser el tiempo que se tarda en cubrir la verdad como se arropa al cadáver para que nadie lo vea y a nadie moleste. Pues es en esos primeros diez segundos donde encontrar lo que verdaderamente tiene valor, la verdad antes de ser cocinada.

Aquí va un pedacito crudo.

Una recapitulación sería una bobada. No creo que a nadie se le haga un favor reduciéndole 57 veces. Cuanto tenía que contar ahí atrás queda. Y tampoco creo conveniente empezar a estrechar manos ausentes en un anodino desfile de nombres en señal de agradecimiento por haberse incorporado a este irrepetible tramo de vida. Total, no son tantos. Daniel, Antonio y Juan Pablo. Ellos lo saben y no nos hacen falta fotos. Así que lo mejor, como un personal debe al lector, tal vez sea abrirme un poco en canal y contar a vuelapluma qué fue lo que me condujo aquí y qué lo que me larga abruptamente de manera indeseada.

Porque hoy, ya lo lamento, toca hablar de mí, sí señor, de mí, que bastante me he quitado de en medio en las docenas de capítulos anteriores. Y cuando alguna vez pudo parecer que no lo hacía no me movía otra intención que volverme, con mayor o menor suerte, los ojos del lector. En cada imagen o chascarrillo a salvo de jugadores, en cada capitulito de vida, me empleaba como coartada para delinear un par de trazos, describir un ambiente o salpicar un escueto cuadro de los innumerables que se dan únicamente en esta colosal urbe. Y si alguna vez se me fue la mano pido ahora disculpas. Pero hoy, hoy sí, hoy toca asomarme al primer plano. Es además un aviso para disuadir a quien le sobren unas simples confesiones.

Yo vine aquí a cumplir un sueño. El sueño de mi vida. Y si no lo hacía entonces no lo haría nunca. Bien. Hoy puedo decir que he podido atrapar, desbrozar y digerir ese viejo sueño hasta 162 veces con la misma indescriptible fuerza cada una de ellas. Lo mejor, de una magnitud como ni siquiera mis ensoñaciones habían concebido, cabe ahí, en una sola de esas noches, y a veces, en un fugaz instante de emoción en el transcurso de alguna de ellas.

Lo peor, no tengo por qué ocultarlo, el presupuesto de la película, la miseria, la incertidumbre y angustia por el día siguiente, lamentar cómo por debajo de la fantasía un implacable monstruo deshacía sin descanso los hilos que me sostenían, las insoportables esperas a que la cuenta recibiera a cuentagotas lo poco prometido, aquellas interminables semanas de arroz blanco, las patéticas partidas al mercado con palitos de racionamiento en una libreta y la tuberculosis, un mal que ignoraba haber contraído creyendo como un imbécil que aquel bulto en el cuello era el peaje muscular a mis muchas mojaduras ahí adentro. Así resiste la negación para evitar el hospital. Porque aquí los hospitales no sirven para sostener la vida. Sino para aprontar la muerte del suicida que carece de seguro médico. Confieso haber sido uno de ellos.

Lo peor, decía, esa sensación de abandono gradual del mundo de que procedes, como una ausencia que cada día se hace más palpable. Al principio eres noticia. Lo eres incluso para algo más que los tuyos. Pero muy pronto dejas de serlo. Desapareces gradualmente de las otras vidas. Pura ley de hábito humano.

Y sin embargo, ahora lo sé, nada más admirable que el milagro de atravesar cada día, cada jornada que dejas atrás como un pequeño triunfo que embolsarte. Nada más reconfortante que la vida vivida de verdad, sensación que curiosamente acudía con mayor fuerza en los momentos donde la seguridad se esfumaba, como en las postrimerías de tanta travesía sin red que emprender a ciegas para llegar a cualquier sitio sin reparar en que había que volver. Entonces te invadía la soledad de la noche sin saber dónde acabarías. Si de madrugada coges el metro a la salida del TD Garden y llegas perdido mucho después hasta los extremos de Alewife, si abandonas el American descendiendo Biscayne Boulevard sobreviene ese fatídico momento en que te preguntas dónde estás y qué coño haces ahí. Y si buscas un albergue más allá de las dos es muy posible que tengas que entrar a oscuras a un camastro que nadie te ha presentado y acabes tanteando una barba o unos pies para darte cuenta que no es esa tu litera y que con suerte lo será la siguiente, a la que llegas dando tumbos. En una de esas literas no puedo olvidar las primeras noches sin pegar ojo en el corazón de Harlem, en un local ahora desaparecido como el St. Nick’s. Y tampoco a ti, amigo Sami.

Cuando la necesidad aprieta eres capaz de cualquier cosa y el sentido del ridículo desaparece. Es lo que tantas veces me impulsó a deslizarme en los trenes de NJ Transit para ocultarme en el último vagón evitando así que me picaran el billete y poder conservarlo para el siguiente viaje. O que el peor temporal caído en años y las decenas de cancelled que saturaban los paneles de información no impidan intentarlo y colarse así en un tren semivacío, únicamente con personal de la compañía, y ser el único pasajero en el shuttle que te llevaría a Meadowlands mientras el conductor, visiblemente molesto por tu presencia, te salude con una velada amenaza: “Es posible que tengamos que darnos la vuelta”. Y todo ello tan sólo por llegar a un Nets-Bucks con menos de mil espectadores. Si estás aquí no puedes faltar a una sola clase. No me lo habría perdonado nunca. Porque yo no vine a Nueva York. Vine a ver el circo. Y si el circo hubiera estado en Marte allá que habría ido.

Así que nueve décimas partes de esta experiencia estaba promovida por una sola y enfermiza pasión. O de otro modo, vine porque yo quise sin apenas contar con eso que llaman cordura. Pero mentiría si no dijera que el último reverso de mi iniciativa admitía también la ilusión, la esperanza, de que tal vez mi presencia aquí motivara a algún medio a requerir mis servicios pudiendo así prolongar la aventura.

Nada más lejos de la realidad. Cuantos más días transcurrían más y más pequeño, más y más lejano, se hacía mi país. Sólo tuve dos y en gratitud las reseño. Una fue de César Nanclares la misma infernal noche de mi partida, en que hasta la hora de salir al aeropuerto anduve moviendo bártulos y dejando una maletita medio hecha, con lo que ni pude atenderle entonces ni creí conveniente hacerlo ya después, ingenuamente convencido de haber completado el cupo de trabajo. La otra de Luis Fermoso, seguramente a instrucción de Antonio Rodríguez, para echarles un cable con el Informe Robinson de Manute Bol, lo que me obligó a emplear por primera y casi única vez en mi vida dotes de networker y hacerlo en un país extraño.

No hubo más. No salvo contados intentos, tan honestos como flacos, por parte de Héctor Fernández, Vicente Azpitarte, Antonio Martín Guirado y Rubén Uría, dicho sea este último, cuando ya era demasiado tarde. Así pues despido este párrafo respirando hondo, haciendo de tripas corazón y sonriendo a estas pocas personas que en algún momento me dispensaron aún menos sentido de utilidad que calor humano. Puede que no fuera así pero así quiero recordarlo.

Muy pronto supe que la esperanza de recibir algún requerimiento de mi país era la cosa más baldía del mundo. Correos sin responder, proyectos que pasaban de largo, promesas en el aire y un sinfín de espejismos que enseguida me harían ver que nada, absolutamente nada cambiaría.

Un día me desperté con un correo. Una emisora nacional me ofrecía entrar cada mañana en los informativos con el resumen y última hora de la nutrida actualidad norteamericana, lo que viernes y fines de semana incluía hacerlo en el informativo de mediodía. A mí me gusta hacer las cosas bien, trabajarme mi trabajo. Y eso suponía un preludio diario de mínimo dos horas como entre las dos y las cuatro de la mañana. Pero aquel interlocutor no contaba con que de cumplir yo su solicitud no podría acostarme. Debería despertar recién llegado de New Jersey o de tantas de esas noches que la vuelta del Madison se complica de mil maneras. No han sido pocas las veces que mis pesadas piezas se escribían precisamente en ese tramo horario si es que tenía la suerte de haber llegado a casa. Así que para renunciar biológicamente al sueño debía aceptar como contraprestación 400 euros. Decliné amablemente la oferta que tenía la desvergüenza de referir el término ‘corresponsal’ sin que el tipo dijera adiós.

Recuerdo cómo aquel desencuentro, el enésimo en vida con los dueños de mi profesión, me rescató una de la primeras páginas del delicioso Historias de Nueva York y, en concreto, la solicitud de su autor, Enric González, de un anticipo a la administración del diario, a una tal Carmen si mal no recuerdo, de nada menos que 50 mil dólares para instalarse en un apartamento del bajo Manhattan a no menos de cuatro o cinco mil pavos el alquiler. El Nueva York que retrataba el fantástico cronista, como desplumando la ciudad desde la mismísimas agujas del Chrysler o el Empire, no ha guardado la menor relación con el que yo he podido conocer. Lo suyo era el cielo. Lo mío ras de suelo. E incluso a veces subterráneo si es que el tiempo apremiaba y desde los infames andenes de Jamaica Van Wyck te jugabas el pellejo sacando allí mismo el portátil, mi única y más fiel compañía en todo este tiempo.

No quisiera cometer la injusticia de saltarme a los tres medios, mis tres pequeños hogares, Eurosport, ACB y Revista NBA, cuyos responsables —bien sé quiénes son— me han permitido el origen y transcurso de esta aventura. Pero desgraciadamente también el desenlace.

La Revista, por ejemplo, fue secuestrada por los largos meses de cierre patronal que, ya es hora de decirlo, terminaron conmigo. Poco antes la ACB fue objeto de un golpe de estado que acabó recortando en más de la mitad lo que percibía por mi trabajo, dejando este impopular asunto de la investigación en poco más de un centenar de euros al mes después de diez años. De manera que la operativa que montaba para alguna investigación, unos archivos aquí, unas entrevistas allá, el acceso a alguna hemeroteca, triplicaba el gasto de lo que percibía por esas piezas.

A Eurosport, obligado es reseñar que multinacional francesa, debo también reconocer prácticamente todo. Pero también se me prometió algo en verano que al cabo no se cumplió. Y aquí nadie perdona los 800 dólares de habitación, los 104 de metro, los 70 de teléfono y los 150 o 200 para simplemente poder comer. Por mi parte no había más gasto y maldito el día que se entrometía alguno. Por lo que de repente el suelo que pisaba, que ya rozaba el grosor de un folio, me desapareció por completo. Y sin nada a la vista quedaba así sentenciado.

Por eso en las últimas entregas delineaba ya la caída sin hacerlo del todo. Porque en el fondo me aferraba al pecho de una esperanza que, ahora puedo decir, no llegaría.

Y no pasa nada. Una parte de mí, la misma que ahora aplasta la pena, está satisfecha. Porque uno sabe perfectamente cuando lo ha intentado y cuando ya no puede hacer más. A un par de millas del ecuador de la vida me he dado por fin cuenta de que la distancia es mi sitio, de que hay algo muy digno en las afueras de mi profesión y que tal vez encuentre allí el único lugar apacible donde poder hacer lo que a estas alturas mi experiencia me dice que es lo mejor, o tal vez lo único que sé hacer. Pero no puedo evitar situarme en el centro mismo de una paradoja: cuanto más siento progresar en lo único que creo más me esquiva la prosperidad.

Enferma mi profesión una cobardía elemental, como una epidemia de represiones que parece deberse a no sé cuáles señores feudales encerrados en la fortaleza de algún despacho. Los mismos que han pisoteado el oficio hasta reducirlo al grosor de un billete que únicamente ellos se llevan. Pese a todo lo antedicho yo tengo la inmensa suerte de no deber nada a nadie y poder así decir que todo cuanto amo el periodismo deportivo lo repudio con todas mis fuerzas en sus mayores dominios.

No tengo reproches. No culpo a nadie más que a mí por haber procedido, a lo que se ve, a espaldas de lo que parecen dictar las leyes del mundo.

A menudo recibo cumplidos de amable gente anónima que, tan sólo en mi pequeño campo, pudieran resumir la condición del escritor de prestigio. Pero cuando uno tiene que responder a las graves preguntas de un padre todo ese prestigio tiene el mismo peso que una brizna de aire. Como una última broma macabra me vi de repente una mañana en portada de una revista junto a José María García, Pedro J. Ramírez, Olga Viza y el director del diario Marca entre otros escaños de marfil. Reconozco haber sonreído al ****** que mueve los hilos por servirle yo de cómica coartada.

Y sin embargo ese mismo ****** me ha compensado con creces.

Porque como con urgencia, como si todo cambiara de signo con el desenlace cercano, todo lo que un hombre puede pedir en vida me ha sido dado en estos últimos dos meses, un tramo irreal en que hasta las privaciones me dieron tregua. Me he llegado a preguntar si distorsionaba mi percepción la cercanía del final. Y la respuesta es negativa. Esos dones estarían ahí aunque me quedara. Buena parte de ellos durante estos más de dos años ha cobrado la más hermosa forma femenina. Una a una debo hacer desfilar por mera gratitud a Imelda, a Li-Lei, a Mónica, a Marjie, a Silvia, a Nadja, a Wenkuan, a la insaciable Lizette, a la fabulosa Dawn, a la dulce Susan y hasta una repentina luz caprichosa al otro lado del océano que me trae algo confuso. Un ramillete de mujeres cada una de ellas acreedora a una novela en su nombre, mujeres que nada exigían, mujeres que harían sonrojar al más misógino de los hombres, mujeres de que el destino me hizo entrega para mi regocijo más íntimo y silencioso. No, amigos. No lo he pasado mal. Nada mal. Nada en todo aquello que me hacía olvidar el dinero. Cuanto se alejaba del bolsillo ha sido vida plena, vida en su más venal y sanguíneo sentido. En uno de aquellos momentos en que un hombre se siente tocado por un aura especial, como una energía caída del cielo, hasta estuve a punto de cruzar una línea prohibida cuando me quedé a solas en aquella habitación de hotel con Selena Gómez. Que nadie se equivoque. Únicamente cometí la torpeza de olvidar la pregunta siguiente. No era más que una entrevista, ella una niña y esto tan sólo el recuerdo de lo que peligrosamente llega a cruzar la cabeza del hombre que ha sido proyectado hacia delante dejando atrás los asideros de una vida anterior, anodina y pobre, de la vida más común, de la vida en simulacro, de lo que no es vida.

No nos engañemos. Las despedidas son tristes. Arrastran tanta más melancolía cuanto mayor la certeza de la pérdida a sufrir. Y aunque ahora mismo cueste no me voy a permitir hacerlo sin una sonrisa.

Pongámonos en situación. Era viernes, mi último día de trabajo y yo estaba sentado en mi mesa. Con dos o tres compañeros. Si alguien me llega a decir a aquella fatídica última hora del 16 de octubre de 2009 que nos cogió a todos por sorpresa la terrible, la absurda noticia de la muerte de Andrés Montes, que cuando me encontraba al alba siguiente adoquinado, dejándome los ojos en la pantalla del portátil ante el enésimo refrito NBA con que combatir ese bendito mal del insomnio que no mucho después, un par de años, me habría sumergido ahí adentro hasta el hartazgo, lo habría tildado de loco. Porque así empezó todo, como si hubiera algo de mal pie en el comienzo de una gigantesca operativa que me dejaría a solas ante una cordillera de obstáculos que sortear para, simplemente, hacerme uno más en este enorme país y entrar como un privilegiado en eso que el mundo conoce como NBA. Otro de los grandes absurdos residía cada noche en compartir vestuarios, pasillos, mesa y confidencias con quienes podáis llegar a imaginar siendo uno, y como sabiéndolo sólo él, tan poquita cosa. Porque yo luego veía taxis y limusinas mientras caminaba hasta el metro más cercano si es que lo había.

Durante años fueron muchos los amigos que, sorprendidos por que no viajara a los Estados Unidos a consumar con mis propios ojos este mundo, llegaban a la misma conclusión, resumida en algo muy parecido a esto: “No vas allí por temor a que te decepcione”. Bien, todos esos amigos, en la mejor de sus intenciones, pecaban de un doble error. Primero, como si pudiera satisfacerme una simple visita turística, como si pudiera yo venir, sorber y largarme. Y segundo, en no llegar a entender enteramente la magnitud de una pasión verdadera, como si fuera ésta lo bastante frágil como para quedar yo decepcionado. Esto sería como llevar treinta años enamorado de una misma mujer y el día que la tuviera delante fruncir el deseo por un par de arrugas en la falda. Hoy puedo decir con benevolencia que aquellas ingenuas previsiones estaban equivocadas. Vine y la pasión, lejos de remitir o quedar intacta, es ahora incluso mayor.

Por ningún otro motivo me duele más la partida, que a diferencia de mi llegada yo no he decidido.

Estoy seguro de que por estas cosas del morbo no serán pocos los que caigan a esta serie en su último capítulo, como quien llegara a la película a la hora de los créditos. Será normal que ese lector desprevenido sienta un lógico desconcierto al contenido. No le culpo. Pero ahí detrás tienen todo el novelado anterior. Y si quieren ahorrárselo pueden. Porque todo se resume en que no hay nada como haber estado aquí, de lo que por decoro, extensión o facultades habré acertado a contar no más de una milésima porción.

Y al que quiera baloncesto incluso hoy le diré que yo nunca pude cumplir el deseo de ver a Michael Jordan en vivo. Presenciarle, digo, en carne y hueso. Pero juro haber sido testigo de un fugaz esbozo de cómo habrán de ser los jugadores en los albores del siglo XXII. Y como yo cuantos miles abarrotábamos aquella tarde el pabellón cuando vimos a un proyectil de décima y cuarto de tonelada recorrer la pista a la velocidad del sonido sin que hubiera forma humana de detener lo que terminó como debía, con un atronador cañonazo que hizo retumbar el suelo sobre el que se elevaron los críos con el mismo material de los sueños. Aquella sola imagen, no más de tres o cuatro segundos, me persistirá para siempre en el más privilegiado lugar de la memoria. Ya sólo por eso merece la pena cruzar no uno sino mil océanos.

En fin, voy a añorar hasta lo indecible ese frenesí, ese nervio incontrolable, esa tensión en las fibras, ese desaforado ardor, ese simple estar ahí y formar parte del espectáculo más maravilloso del mundo. Porque habréis de creerme si digo que no hay nada igual a ese calor. Que deberíais levantaros algún día y acometer, aunque sólo fuera una vez, aquello por lo que merece la pena vivir. Y ahora, ahora es cuando puedo levantar la cabeza al cielo y decir que aunque solo, minúsculo y siempre invisible, yo estuve aquí, sí, aquí, lo que en un parpadeo habré de recordar como allí.

Por todo ello no sé muy bien a quién o a qué.

Pero gracias.

Keep going. Peace.

Gonzalo Vázquez

468 ad
Plugin from the creators of Brindes :: More at Plulz Wordpress Plugins