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mar 18, 2012

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El retorno de los Hoosiers

El retorno de los Hoosiers

ASÍ ESTÁ EL BRACKET (CUADRO INTERACTIVO)

“Hay una gran diferencia entre la decepción y el desánimo. En nuestro programa ha habido muchas decepciones, pero nadie en ningún momento se sintió desanimado”. Tom Crean, entrenador de la universidad de Indiana, se sentía dichoso en la tarde noche del sábado. Los “Hoosiers”, tras derrotar a Virginia Commonwealth 63-61, se habían clasificado para la semifinal regional. Uno de los vértices de la iconografía deportiva estadounidense, se exhibe en la élite nuevamente. Formarán parte la próxima semana del “Sweet 16”.

Poca gente pensaba que este equipo pudiese volver a formar parte del baile de los elegidos, presenciando sus actuaciones en las dos últimas temporadas. Ver a Indiana era descorazonador. Ver las gradas del Assembly Hall repletas de aficionados en procesión, a redimir sus pecados y sufrir la penitencia de excesos pasados, era una imagen de la que Bloomington no estaba acostumbrada.

Indiana fue sancionada, enfangando así su impoluta historia, la que sobre todo Bobby Knight había ido creando a lo largo de casi tres décadas. A su manera, desde un punto de vista muy particular, en el que todo es blanco o negro, Knight coronó al programa a tres títulos, amarrando el  estandarte de un estado donde el baloncesto es religión. Devota religión.

Tras su marcha por una gota que llenó un vaso ya muy colmado entre los rectores internos del propio centro, pero sin ninguna amenaza sancionadora por motivo alguno del comité de la NCAA, tomó el relevo un chico del sur, de raza negra y sueños blindados llamado Mike Davis. Y llegó una final NCAA en 2002. Momento de gloria que quedó en eso. Años de sinsabores siguieron a aquello, que peligrosamente el aficionado pensó que fue una casualidad y para suplirlo, llegó el ambicioso Kelvin Sampson, aquel que Davis pisoteó aspiraciones, cuando  lo derrotó en la semifinal del 2002.

Sampson tenía otra escala de valores: la persecución del éxito, del temprano éxito, mirando siempre hacia delante. El gran problema de Sampson es que nunca miró atrás. Y atrás quedaban multitud de llamadas telefónicas, interminables conferencias con jugadores y familiares con el afán de reclutar lo mejor persiguiendo ese éxito a la voz de YA. Y esas facturas telefónicas tenían objetivos claros. Uno de ellos, una perla llamada Eric Gordon que finalmente fue persuadido y reclutado. Sin embargo, el comité NCAA decidió que no eran maneras. El “acoso y derribo” no debiera ir con la libertad de elección que cualquier chico debiera tener. Ese que nunca existe. Pero aquello superaba cualquier límite.

Tales ademanes a Sampson le costaron una expulsión del campus como consecuencia de una fuerte sanción al programa. Indiana estaba herida y tocaba cura. Y esa cura se llamó Tom Crean, joven, ambicioso y honesto entrenador de Marquette. Aquel que “hizo un hombre” a Dwyane Wade en una pista de baloncesto en Marquette. Quien lo pulió y lo trabajó hasta llegar a coronarse como estrella de “Final Four” en 2003.

Crean tenía nombre. Pero Indiana seguía sangrando, y los años de sanción eran decepcionantes –que nunca desalentadores para el propio Crean-. Los reclutamientos no llegaban. Las perlas del estado de Indiana emigraban: Tyler Zeller a North Carolina, Kelsey Barlow a la vecina Purdue y la mejor de los últimos años, Marquis Teague, a los embriagadores brazos de Calipari en Kentucky. Que el Mr. Indiana Basketball de 2009, Jordan Hulls, decidiera recalar en los “Hoosiers”, no era suficiente. Era una nueva versión de aquel Damon Bailey, cuya cegadora luz de high school se apagaba con el devenir de los años.

Han sido dos temporadas que mejor olvidar. O no. A la sacrosanta procesión de sus aficionados a la pista para ver perder a su equipo, no se les debiera olvidar. Para lo bueno y para lo malo. Para las ofrendas y para los estigmas. Ser de Indiana engloba eso también.

El pasado verano, un rubio de casi 7 pies, coordinado y con hambre por aprender y con la fiereza  típica del gen del estado, Cody Zeller, decide que bajo la tutela de Tom Crean, está su casa. Y en Bloomington se disiparon los nubarrones y se dispararon las ilusiones. Con él, se completa un equipo atractivo con Victor Oladipo, el mencionado Hulls, y las estrellas lacradas por los recientes años aciagos, Christian Watford y Verdell Jones, que ya no se les obliga a ser líderes.

Y aunque son inconsistentes, ganan partidos. Tal inconsistencia sabe a gloria. Y da igual perder en casa frente a Minnesota, porque días antes de ganó a Kentucky. A Kentucky, sí. Los imbatidos, los inalcanzables, de forma épica: con un triple sobre la bocina. Llegan a estar en el Top-20 nacional, pero pierden partidos imperdonables aún. Y para más INRI, Verdell Jones, el chico harto de escupir barro durante años previos, ve su rodilla estallar una semana antes de vivir por primera vez un torneo final de la NCAA. Otra piedra en el camino.

Nunca pensé que pasaran estas primeras rondas. Pues bien, ya están en semifinales regionales. Su huella en la tierra prometida ya está grabada. Y su rival, paradójicamente, es Kentucky. Es el fin de un largo y tortuoso camino. Indiana ya está entre los grandes. Tom Crean está feliz. Quizás buscase el sendero de las baldosas amarillas, hasta darse cuenta que mirando a su alrededor, es una tierra tiznada de oro lo que vislumbra lo que debía encontrar, con una ligera brisa acariciando doradas espigas hasta donde se pierde la vista. No, no es un camino. Es toda una tierra. Es Indiana, tierra de baloncesto. Baloncesto de éxito. Baloncesto de “Hoosiers”.

Antonio Rodríguez en Twitter: @tonystorygnba

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