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mar 31, 2012

Enviado por en Blog Resultados NBA, Noticias | 2 Comentarios

Best game… Ever?

Best game… Ever?

“¿Dónde? ¿Consigues verla?”  Grito estridente, mitad reprimenda, mitad desahogo. Brian Davis se dirigía al árbitro de no muy buenos modos. Mientras en una lucha por el rebote en el  que los protagonistas tuvieron que saltar hasta en cuatro ocasiones y el legendario colegiado Tim Higgins había decretado interferencia del balón en el círculo superior del aro, el alero titular de Duke, en mitad del fragor, había perdido una lentilla. Y tras la cómica imagen de verse él junto a su compañero Tony Lang tumbados boca abajo en el parquet, intentando buscar la lentilla desaparecida a ras del suelo, fue expedito con ese grito que nunca pudo ser ahogado.

Mostraba tensión, furia, intensidad y un enfado enorme ante un enfrentamiento que no lograban ganar. Un partido de locura, soñado,  inolvidable. En un escenario mítico, de leyendas y batallas en la NBA, el Spectrum de Philadelphia, el viejo pabellón de los Sixers, el mismo que vio desfilar en su vestuario local a Wilt Chamberlain, Billy Cunningham o Julius Erving, se estaba escenografiando sobre su parquet  uno de los mejores partidos de la historia de este deporte. Kentucky frente a Duke, que traducido, significa fascinarse por jeroglíficos egipcios y  últimas tecnologías de la factoría Apple, todo entrelazado en una  ventisca de dos horas.

Se mezclaron tragedias y epopeyas para llegar a ese cisma. De las de cielos e infiernos. De las de hacer volar a todo un campus y hacer llorar de vergüenza a todo un estado.

Duke era el vigente campeón, los que se veían incapaces de perder hasta la Final Four como mínimo. En este recordatorio, estamos hablando de Finales Regionales, el paso previo. Estatus que conocía bien Mike Krzyzewski, su entrenador. A la decepción en su primer viaje al torneo final de la NCAA, dejando de soñar en la 1ª ronda de 1984, le siguió un camino de bienaventuranzas. Apunten: Final Four en 1986, 1988, 1989 y 1990. Llegar allí es de privilegiados. Caminar en ellas, se convertía en moverse entre lodos intransitables…hasta 1991. Llegó el título al fin, cuando se enfrentaron al equipo más imbatible posible, curiosamente. Y  aquello no había ya quien lo parase. No al menos Kentucky. Y menos en Final Regional.

Kentucky  hizo llorar a todo un estado y avergonzarse a toda la nación. Estrella en el uniforme del baloncesto USA, sus desmanes a la hora de transgredir las normas NCAA y su falta absoluta de discreción, les hicieron caer en una de las sanciones más duras jamás impuestas tras un escándalo sin precedentes de exámenes “arreglados” y bolsas repletas de dinero descubiertas y destinadas a futuros reclutamientos. Dos años con la prohibición de jugar el torneo final, un año sin que se pudiesen televisar sus partidos en directo y restringir a 4 los reclutamientos para los siguientes 4 años,  fue su castigo y sus llamas.

Y fue Rick Pitino el Moisés elegido que guiara a todo un pueblo por tal desierto, que como rezan las Santas Escrituras, parecieron 40 años para muchos. De sus dos años como entrenador en los Knicks consiguió atraer a un neyorquino, hijo de boxeador profesional que llegó a enfrentarse a Larry Holmes, y que fascinó en los playgrounds de la Gran Manzana junto a otra joya llamada Kenny Anderson.  Su nombre, Jamal Mashburn. Y él, junto a cuatro jugadores de último año y un enjuto pívot de apellido hispano, Gimel Martínez, estaban realizando el partido de sus vidas: estaban plantando cara a Duke.

50-45 perdían tan sólo al descanso, a pesar del 72% de acierto en tiros de campo de los “dukies”. Sin apenas rotaciones, Pitino mandó defender todo el partido en zona. Y sus chicos se cargaron irremediablemente de faltas. Problemas que suplía con unas manos mágicas robando balones y anotando tiros, sean exteriores de John Pelphrey (aquel alero que pasó por Ferrol de forma discreta), como en las penetraciones de su base Sean Woods, envuelto en pura magia.

Para llegar a un final igualado, Mashburn tuvo que anotar 8 puntos en poco menos de 20 segundos, Bobby Hurley tener más cordura y acierto en sus tiros, o que Grant Hill siguiera volando como lo estaba haciendo (viendo aquello, encajaría hoy día perfectamente en los sistemas de Calipari).  Kentucky levitaba, Duke se crispaba. Christian Laettner llegó a pisar a un rival en el suelo. Los últimos minutos fueron una locura encestadora tal, que incluso los árbitros persistieron en dar las últimas 8 décimas en una última jugada para Kentucky, por si se obraba el milagro que redondeara un choque para la historia.

Pero aquel empate a 93 dio paso a una prórroga de película. Y ahí, Christian Laettner, el jugador perfecto en el momento perfecto (anotó 30 puntos con 10/10 en tiros de campo y 10/10 en tiros libres), anotó una canasta imposible y forzó una falta para anotar dos tiros libres, eso que jamás falló en minutos calientes.

La última posesión de Kentucky –y parecía del partido-  acabó con una canasta de esas imposibles de Sean Woods por elevación ante Laettner a falta de 2.9 segundos que  daba a Kentucky (102-103) la delantera en el marcador y elevando a Pitino a la categoría de semi Dios.

Y llegó la última jugada. La de los highlights, la de la cabecera de la CBS, la de “así se escribe la historia de nuestro deporte” que adorna libros. Grant Hill dio un pase de 30 metros a petición de Krzyzewski. Su padre fue jugador de la NFL. Estaba familiarizado con pases así. Y Pitino eligió una estrategia, que a toro pasado, es muy sencilla rebatir y criticar: no situó a ningún jugador suyo a defender ni entorpecer tal saque. Desde mi perspectiva personal, decisión correcta. Sin un hombre  alto, eliminados por faltas hacía minutos, situó a los dos más grandes de los que disponía en pista, Felhouse y Pelphrey, a marcar a Laettner, la opción de recepción más sensata junto al base Bobby Hurley. Además, Grant Hill, para zafarse de un defensor, podría retrasar su posición o moverse por la línea de fondo sin que eso sea penalizado con pasos (no en la NCAA).

Increíblemente el pase llega a las manos de Laettner a la altura de la bombilla, con el alero rival Felhouse sobre él…y  el grave error de Pelphrey,  que tras chocar ligeramente en el aire con su rival, se queda helado y estático, estremecido por el miedo a ser sancionado con falta. No reaccionó. Tampoco el silbato sonó. Y Laettner, tras caer en el suelo algo desequilibrado y de espaldas a canasta, con pivote y bote previo, lanza a la media vuelta en suspensión sobre la bocina final.

PUEDES VER AQUÍ EL VÍDEO RESUMEN DEL PARTIDO

Los comentaristas televisivos estuvieron en silencio –como debe ser- más de 30 segundos tras gritar la canasta, deleitándose en aquel ambiente. 104-103. Duke a la Final Four. Best game…ever?

Duke ganó una semifinal frente a Indiana, que si hubiese durado 2 minutos más, posiblemente hubiesen ganado los hombres de un Bobby Knight que se retiró a los vestuarios sin felicitar a su pupilo Krzyzewski  (primer conflicto entre ambos y que “Coach K” nunca preguntó la causa. La cautela es una gran virtud). Y avasalló hasta humillar a unos “Fabulous Five” de Michigan que querían cambiar todos los guiones, logrando así un segundo título consecutivo que se resistía desde 1973, con la UCLA de Wooden. Kentucky también tuvo su premio. La primera piedra estaba puesta, e incluso antes de lo esperado. La Final Four del año siguiente fue el premio y el preámbulo al título de 1996 de un equipo legendario, donde Pitino mostró su creación más perfecta.

28 de Marzo de 1992. Ayer se cumplieron 20 años. Reconozco que fue ayer precisamente cuando vi el partido por primera vez. Y les aseguro que hay cosas por el que el tiempo parece no pasar. No puede pasar.

Antonio Rodríguez en Twitter: @tonystorygnba

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