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feb 22, 2012

Enviado por en Blog Resultados NBA | 3 Comentarios

La hora de Paniagua: The good old times

La hora de Paniagua: The good old times

The ‘good old times… all times when old are good.(“Los buenos tiempos de antaño… todos los tiempos son buenos cuando son antiguos”). Lord Byron, poeta inglés.

Paul Silas (Prescott, Arizona, 1943) es el entrenador de los Bobcats de Charlotte, un equipo que presenta un paupérrimo record de 3 victorias y 26 derrotas a la hora de escribir estas líneas. Los Bobcats son este año un conjunto rematadamente malo cuya única esperanza para lo que resta de temporada es que ésta pase lo más rápido posible.

A los 68 años de edad, camino ya de los 69, el Coach Silas es eso que en los Estados Unidos denominan un “old timer”, un tipo de toda la vida, para entendernos. Tras haber jugado en la Liga durante 17 temporadas, obteniendo tres campeonatos -dos con Boston (1974,1976), y uno con Seattle (1979)- y tras haber entrenado, con relativamente buenos resultados, también en la NBA, caben pocas dudas de que el hombre conoce bien el oficio del baloncesto.

Y sin embargo su legado, el elemento vital tal vez más importante para un hombre que se acerca al séptimo decenio de su vida, puede quedar mancillado por la lamentable exhibición que está haciendo su equipo esta temporada. Un equipo que muestra en la cancha unos valores –aunque realmente habría que decir una falta de valores- absolutamente contrarios a los que ha sostenido Paul Silas a lo largo de su brillante carrera en la Liga Profesional.

El compromiso, la ética de trabajo, el sincero aprecio por todo lo bueno que conlleva el rentable oficio de jugador profesional de baloncesto; esos son los valores que sostuvieron en otros tiempos a equipos campeones: los Celtics de los años sesenta y setena, los Knicks de principios de los setenta, los Lakers del Showtime; incluso los Bulls de los noventa. Valores del juego que el equipo pisotea una noche sí y otra también en esta temporada.

El otro día, evidentemente amargado por la enésima derrota del equipo, pude ver cómo Paul Silas se preguntaba en la rueda de prensa postpartido por qué esos valores esenciales del juego parecen haberse perdido en la cultura del deporte moderno. Confieso que al escucharle tuve la impresión de que el tiempo le ha ganado la batalla a este buen hombre. Porque no se trata, a mi juicio, de enfrentar las culturas deportivas del pasado con el presente; nunca he creído en eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

A mi juicio, el mal del Charlotte, y el de no pocos equipos de la NBA actual, es la falta de respeto. El respeto que se deben los jugadores profesionales a sí mismos; y el respeto que esos mismos jugadores le deben a su entrenador y a la institución que les paga.

Contaré un ejemplo reciente que es muy ilustrativo de hasta qué punto el barco del Charlotte se hunde sin remedio. Cansado, tal vez avergonzado, de la enésima paliza recibida por su equipo, el Coach Silas decretó un entrenamiento obligatorio a la mañana siguiente de otra nueva masacre. En ese entreno, obviamente de carácter punitivo, el técnico, un tipo habitualmente tranquilo y sereno, estuvo particularmente agresivo con sus jugadores y trató de motivarlos apelando a su profesionalidad y a su dignidad como hombres. Pues bien, uno de sus jugadores más destacados, si es que ese adjetivo es aplicable a alguien de este ensemble de los horrores en que se ha convertido el Charlotte este año, filosofó después en el vestuario durante una charla a corazón abierto que propuso el propio Paul Silas. Y la figura en cuestión le recordó a su técnico que, en la inmensa mayoría de los casos, los entrenadores de la NBA mantienen sus empleos gracias a los jugadores. Tal cual.

Ni que decir tiene que cuando un barco se hunde no es solo un problema del capitán y de su tripulación. El armador del barco, en este caso Michael Jordan, el actual dueño del Charlotte, es seguramente el gran culpable de toda esta ópera bufa. Aparte de ejercer como propietario “in absentia”, y de diseñar la estrategia del club desde el hoyo 16 de su prestigioso club de golf, Jordan no ha hecho esfuerzo alguno por presentar siquiera un equipo de calidad mínima esta temporada. Su logro estratégico más rotundo ha sido conseguir que las entradas de gallinero para ver al equipo hayan bajado hasta el módico precio de 5 dólares. Pero al margen de esta rotunda epopeya, a Michael Jordan le importa muy poco que el equipo pierda partidos esta temporada: solo piensa en el próximo draft de novatos del mes de julio y en la manera de vender, otra vez, futuro a sus sufridos abonados.

Mientras tanto, sumidos en el oprobio y la vergüenza, los Bobcats de Charlotte del año 2012 vegetan en una Liga que, evidentemente, permite estos atropellos a la salud de su propia competición y sobre todo a la paciencia de los buenos aficionados.

En lo que concierne a Paul Silas, urge que el buen hombre abrace su jubilación lo antes posible; y que no la suelte ya nunca jamás. El técnico se merece recordar sus días gloriosos en la NBA sentado en la mecedora de su casa o enseñando a su nieto a pescar con mosca. Porque, para él, solo los tiempos antiguos son los buenos.

 

Miguel Ángel Paniagua (publicado en Gigantes)

Miguel Ángel Paniagua en Twitter: @pantxopaniagua

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