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feb 17, 2012

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La hora de Paniagua: La flor de Mike D’Antoni

La hora de Paniagua: La flor de Mike D’Antoni

Cuando todo parecía indicar que las horas de Mike D’Antoni en el banquillo de los Knicks de Nueva York estaban contadas, cuando los gritos que pedían su dimisión se podían oír incluso por encima de los de la muchedumbre enloquecida que apoyaba a los que serían luego campeones de la NFL, los Giants, apareció un héroe inesperado. Y lo hizo para salvar no solo el pellejo a su técnico, sino seguramente para salvar el alma de su propio equipo también.

En realidad, esta historia del chaval Jeremy Lin es muy americana. El base más que suplente de los New York Knicks; el empollón licenciado en Harvard; el chino-americano que se vestía con el uniforme de los Knicks en los partidos, pero que, con el pitido inicial, se sentaba en el extremo más lejano del banquillo y ya no se volvía saber nada más de él.

Los tumultos recientes, acaecidos dentro y fuera de la cancha y debidamente aireados por la prensa más dura e inquisitiva de la Unión, llevan tiempo ayudando a crear una imagen del club neoyorquino francamente muy mala. Los Knicks ya no son –solo- el equipo “feo” de una ciudad con clubes tradicionalmente ganadores (Yankees, Giants, e incluso Mets) sino que ya llevan algún tiempo siendo el brazo tonto de la Liga NBA.

Justo hasta la aparición de Jeremy Lin. Con un contrato –que hasta hace pocos días ni siquiera estaba garantizado- de 800.000 dólares USA y viviendo en un apartamento de una sola habitación en el populoso Lower East Side, Lin era jugador de los Knicks casi por ósmosis. En realidad, lo era porque D’Antoni siempre quiere tener 15 jugadores disponibles en su plantilla por si sobrevienen lesiones no previstas o infortunios inesperados. Pero D’Antoni no creía en el jugador. Y, ni mucho menos, esperaba que fuera a ser su salvador en su propia Hora 11.

A pesar de que estos Knicks de 2012 tienen unas carencias muy evidentes en el puesto de base, Lin jugaba algunos minutos de algún cuarto de manera muy esporádica. Y siempre lo hacía cumpliendo un guion previamente marcado por D’Antoni: evitar cometer errores no forzados. O dicho de una manera más castiza: no pifiarla. Ni que decir tiene que ni el técnico, ni nadie del club, ni probablemente el propio Lin, pudieron presagiar lo que iba a venir después.

Jeremy Lin aniquiló a los Nets en el partido en el que los ejecutivos de los Knicks tenían ya preparada la carta de despido para Mike D’Antoni. Un par de días después, el chaval volvió a realizar otro partidazo ante los Jazz de Utah. Surgió así el héroe inesperado; el segundón a quien el Madison Square Garden aclama ahora como a una suerte de guerrero vencedor entre gritos de “¡MVP, MVP!”.

Y por todo Nueva York ha estallado la “Linsanity”, “La locura por Lin”. Un estado de demencia transitoria que afecta tanto a los fans como al propio club. Un ejemplo: los Knicks han prescindido de sus estrellas nominales, es decir de Carmelo Anthony y de Amare Stoudemire, y están lanzando nuevas campañas de venta de entradas utilizando la imagen de Jeremy Lin.

Algunos medios de aquí, y de allá, aseguran que Mike D’Antoni tiene esa flor en el trasero que dicen que adorna a las gentes que tienen mucha o muchísima suerte en la vida. Yo, francamente, ignoro si D’Antoni tiene una flor o un parterre en su parte posterior. Es más, ni siquiera me parece un discurso relevante. Todas esas historias nunca lo son.

Lo que sí sé que tiene Mike D’Antoni es a Jeremy Lynn en su plantilla. Y Lin es un soberbio jugador de baloncesto. Por encima de su brillantez intelectual, de su licenciatura con honores en Harvard, por encima de su modesto contrato, y por encima de su ascética vivienda.

Lo que posee Jeremy Lin es una gran visión de juego y una lectura muy inteligente de las situaciones de partido. En otras palabras: el chaval tiene más inteligencia baloncestística que cualquier otro jugador de los Knicks; incluidas sus figuras, por supuesto.

Así que me parece que esa, y no otra, es la flor que algunos dicen que tiene el Entrenador Mike D’Antoni en el trasero.

 

Miguel Ángel Paniagua (publicado en Gigantes)

Miguel Ángel Paniagua en Twitter: @pantxopaniagua

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