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ene 12, 2012

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La hora de Paniagua: Made in América

La hora de Paniagua: Made in América

El pasado día 23 de diciembre, exactamente a las 00:00 am, unas zapatillas “retro”, las [Nike] Air Jordan 11 Concord, salieron a la venta en diversas tiendas a lo largo y ancho de los Estados Unidos de América. A pesar del precio –las bambas costaban 180 dólares USA- lo que en principio estaba planeado por los estrategas de marketing de la famosa firma de ropa deportiva de Oregón como un impulso a las ventas de Navidad de las mercaderías de la empresa del ala, se convirtió en una historia de histeria colectiva. Hubo revueltas en algunas ciudades de la Unión y se requirió la intervención de policías antidisturbios en varios puntos de venta.

En realidad, semejante locura no se desató solo por las zapatillas en sí: que eran una versión exacta de las bambas que calzó el gran Michael Jordan por primera vez en 1995 al fin y al cabo. La locura se desató por la mística de esas zapatillas. En aquel año del Señor de 1995, el gran MJ estaba en lo más alto de su poder, no ya como jugador de baloncesto, sino como una suerte de icono de la juventud mundial: más reconocible incluso que el propio Jesucristo.

Michael Jordan se había retirado del baloncesto hacía un año y medio y tras un periplo más pintoresco que productivo en las ligas menores de pelota, decidió retornar a la NBA. El mundo entero, claramente huérfano de su leyenda, y abiertamente extasiado por su regreso, se volvió loco ante el anuncio de su vuelta a las canchas. Mucho más cuando las gentes de Nike decidieron que, para este su segundo adviento, el mito vestiría unas zapatillas de corte futurista llamadas “Air Jordan 11 Concord”. Cuentan los más ancianos del lugar que los ejecutivos y diseñadores de Nike le enseñaron a Michael las zapatillas y parece ser que al hombre le cautivaron tanto que no pudo contener su ansia por calzárselas. Así que decidió ponérselas en su rentré, lo que le supuso una elevada multa impuesta por la oficina de disciplina de la Liga, por cierto. “El diseño de las Concord 11 no es compatible con los códigos de vestimenta de la NBA” decía aquel expediente sancionador. Así que MJ pagó la multa, que no era sino dinero de bolsillo para él. Y el resto es historia. Y en las Navidades de 2001, histeria.

Durante el pasado lockout muchos aficionados me preguntaron, sobre todo a través de las redes sociales, cómo pensaba yo que afectaría la posición del Michael Jordan propietario (del Charlotte) y su cruzada contra cualquier compromiso fácil de los dueños con los jugadores y paladín, y “poster boy”, de los propietarios más virulentos y radicales de la Liga. A pesar de que nunca hablo ex cátedra, mi contestación siempre fue la misma: “de ningún modo significativo”.

Y de ningún modo significativo le ha afectado, desde luego. En este recién comenzado año 2012, Michael Jordan sigue siendo un río de dinero. Una mina de oro para la compañía Nike, para sus otros patrocinadores, para la NBA, para bastantes de esos jugadores que supuestamente juraron que jamás volverían a calzarse unas zapatillas patrocinadas por MJ, y, ni que decir tiene, para él mismo.

Dicho de otro modo, el Michael Jordan propietario de los Bobcats –con toda su radicalidad y toda su virulencia- está protegido por el manto invisible del Michael Jordan corporativo. No hace falta haber estudiado ADE, y no hace falta ser muy ducho en mercadotecnia tampoco, para entenderlo: la marca Michael Jordan tiene un poder descomunal; seguramente incomparable en el mundo del deporte moderno. De hecho, hay un antes y un después en la mercadotecnia deportiva desde que Nike, David Falk -el brillante agente de MJ- y el propio Michael, decidieran establecer una suerte de “joint venture” para beneficiarse mutuamente. Esta unión empresarial se estudia en la Harvard Business School, por cierto.

Otra cosa distinta es hasta dónde quiso, y hasta donde quiere, utilizar Michael Jordan ese poder tan omnímodo que ostenta. MJ fue un grandioso jugador de baloncesto y abrió el camino para que la América corporativa se fijara en deportistas afroamericanos a la hora de acometer sus planes de marketing: esto es algo absolutamente incontestable. Pero, y justo es señalarlo también, Michael Jordan jamás hizo nada que pudiera herir la sensibilidad de las corporaciones que le patrocinaban, ni nada que pudiera enfadar a sus compradores potenciales.

Es archiconocida la historia que cuenta cómo MJ se negó a apoyar a un candidato afroamericano al Senado, por el Estado de Carolina del Norte, en su lucha frente al racista Senador Helms, alegando aquello tan célebre de que “los republicanos también compran zapatillas”. En otras cuestiones, Michael Jordan nunca hizo nada, tampoco, en temas particularmente sangrantes: como por ejemplo el lugar de la manufacturación de sus bambas. Nadie tiene a estas alturas duda alguna de que si él se lo hubiera pedido a Nike, ésta habría fabricado sus zapatillas en los Estados Unidos, no en cualquier país asiático usando mano de obra infantil o cuasi esclava.

Pero el Michael Jordan corporativo no estaba, no está, en este mundo para hacer obras de caridad con los niños que trabajan de sol a sol en Sri Lanka mientras fabrican cordones para las zapatillas que él anuncia. Ni, por supuesto, tampoco está para solidarizarse con los jugadores de la NBPA durante un cierre patronal. Ni siquiera está para apoyar los movimientos de ataque de sus más radicales cofrades propietarios de clubes de la Liga NBA.

Michael Jordan está en este mundo por algo que es, en el fondo, muy americano: por los beneficios. Y nada se le puede objetar por ello. Mucho menos en América.

Miguel Ángel Paniagua (publicado en Gigantes)

Miguel Ángel Paniagua en Twitter: @pantxopaniagua

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