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dic 28, 2011

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La hora de Paniagua: The Outsiders

La hora de Paniagua: The Outsiders

Es de sobra conocido que Los Ángeles es una metrópolis muy grande, si bien no es necesariamente una gran ciudad, aunque todo es opinable, por supuesto. L. A. tiene un punto de ciudad de cartón piedra que no se le escapa a nadie, visitante, turista, viajero o residente habitual. Precisamente por eso no es casualidad que Hollywood, la meca del cine, con todo su glamour y con todo su pastiche, esté ubicada allí en la colina que domina la ciudad.

Los Lakers, uno de los clubes de la Liga NBA más reconocibles en el mundo entero, representan todo aquello que representa la ciudad Los Ángeles: diversión, dinero, belleza exterior, el curioso concepto de “ser visto” por encima de “ver”, el showtime. La superficie por encima de la sustancia como concepto vital.

Uno pensaría entonces que los Clippers son el otro equipo de la ciudad de Los Ángeles. Craso error. Los Clippers no son “el otro equipo de la ciudad”, ni nunca lo han sido. Ni nunca lo serán. Me explico. Un lector de esta columna puede tener la idea de lo que puede significar ser “el otro equipo de la ciudad” si piensa en el Estudiantes de Madrid; o, si piensa, en el Atlético de Madrid, en el Español, en el Betis, en la Roma, en el Manchester City…Estos equipos sí responden a la definición de ese “otro equipo de la ciudad”. Cada historia de esos clubes tiene sus propios matices y su propia idiosincrasia, por supuesto.

Pero afirmo –y creo que con un bien ganado conocimiento de causa- que los Clippers no caen en esa misma categoría de “otro equipo de la ciudad”. Veamos.

Mucho antes de que los expertos en mercadotecnia nos hablaran del concepto de héroe y de antihéroe como vías para vender determinados productos, los Clippers ya habían pisado ese territorio. Quizás sin saberlo. Los Clippers van, incluso, más allá del antihéroe: son un hijo no deseado, un descastado, una alienación de la realidad. Y sus aficionados más incondicionales siempre vieron a los Clippers como a los “outsiders”, los anacrónicos, los marginales, los desviados. Supongo que la gradación dependía de la plantilla -muy disfuncional o mucho más disfuncional- que les tocara sufrir a los fans a lo largo de estas últimas tres décadas.

Creo que no es la primera vez que hablo o escribo sobre esto. Pero sigo sosteniendo que el mejor modo de entender esta idea de los Clippers como outsiders es echar un vistazo a los asientos de pista, a los llamados “courtside seats”. Para empezar, las diferencias ya quedan marcadas en el precio de los mejores billetes en el campo. Así, un asiento a pie de pista para ver a los Lakers durante esta temporada 2011-2012, cuesta unos 85.000 dólares. Cuando los empleados discontinuos del Staples Center –la casa compartida por Lakers y Clippers- cambian las sillas amarillas con el logotipo de los Lakers y ponen otras azules, o rojas, con el emblema de los Clippers, el precio baja hasta los 36.000 dólares.

Y luego está la esencia de todo. La gente que se sienta en esas sillas. En el courtside de los Lakers, aprecen habitualmente actores y actrices, cantantes y productores musicales, mucha gente guapa que suma innumerables premios Oscar, Emmy, Grammys, Tony y demás laureles conocidos en el mundo del Showbusiness. En el courtside de los Clippers no hay premios Oscar. De hecho, lo más ortodoxo que se deja ver por allá son gentes como el cómico Billy Cristal, la actriz Jessica Alba, el actor Frankie Muñiz…y poco más. La beautiful people de los Clippers suma incontables premios AVN –los llamados Oscars del cine porno- pero ninguno de los que Dios manda. Y el elenco habitual de seguidores conocidos de los Clippers parece un reparto de actores de una película de ese género los italianos denominan eufemísticamente “de luces rojas”. Empezando por la ya retirada actriz Sasha Grey, y siguiendo por toda suerte de actrices, madames, dominatrices, y señoras de moral, digamos, distraída. Como las que habitualmente lleva al campo el propio dueño de los Clippers, el genuino Don Sterling, sin ir más lejos.

Sospecho que siquiera Chris Paul, con toda su bonhomía y con todo su carisma, y que ni siquiera la mejor versión de ese chaval procedente de la espartana América profunda llamado Blake Griffin, pueden salvar a los Clippers de ser… los Clippers.

Ganen o pierdan –y sospecho que este equipo liderado por CP3 y por la bestia Griffin va a ganar muchos partidos en el futuro inmediato- los Clippers serán siempre los eternos outsiders. Los marginados.

 

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